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Apuntes sobre dispositivos para varones que ejercieron violencia de género

En lo que va del año, según un relevamiento realizado por el Observatorio Lucía Pérez, se han registrado 191 femicidios y travesticidios. Cada 28 horas se produce un nuevo femicidio y en el 60 por ciento de los casos el asesinato es cometido por la pareja o ex pareja de las víctimas.

¿Cómo se desarma la violencia machista? ¿Qué configuraciones entran en tensión? ¿Es consciente un varón cis de sus privilegios? ¿Es posible que puedan llegar a cuestionar la violencia que ejercen? ¿Cómo es ese proceso? ¿Qué se está haciendo en materia preventiva? En esta nota, se recuperan las voces de diferentes especialistas que están detrás de los dispositivos para varones que ejercen o ejercieron violencia de género en la provincia de Buenos Aires.

Por Agustín Bártoli y Anabela Morales


Florencia Bazo es trabajadora social y magíster en Derechos Humanos por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Integra, además, forma parte de la Asociación Civil Femmia donde funciona un dispositivo de tratamiento para varones con conductas violentas. Entrevistada por Feminacida indica que como la modalidad de trabajo se basa en las conductas aprendidas, es un proceso que lleva tiempo: “En general son espacios psicosocioeducativos, en los que se trabaja en profundidad la historia que trae cada varón con conducta violenta, porque sabemos que la violencia viene de generación en generación. Entonces, hay que romper por ahí y para eso nos valemos de muchas técnicas. Se trabajan dinámicas grupales acompañadas de recursos audiovisuales, gráficos, escritos. También se utiliza el psicodrama”.

Quienes asisten a los dispositivos son, en su mayoría, personas socializadas como varones, derivados de instituciones judiciales. En algunos casos, llegan luego de haberse comunicado con distintas líneas de ayuda, como la línea de masculinidad. Y en un porcentaje mucho menor asisten varones cis de manera voluntaria, que se repiensan o se asumen con conductas violentas.

“Si bien los juzgados no obligan a los varones, los abogados o las abogadas de parte privados les dicen: ‘Che, va a mejorar en tu causa que vos hagas un proceso en un dispositivo de asistencia’. No sabemos la buena voluntad que tienen esos abogados, sin embargo, esos factores han aumentado mucho y hoy tenemos un 50 por ciento de varones judicializados, y el resto, derivados por pedido de psicologues y presión de vínculos de pareja”, amplia Santiago Mastroianni, psicólogo social e integrante del colectivo Varones Desobedientes. Además, es co-coordinador de grupos de asistencia para varones que ejercen o ejercieron violencia de género en la Asociación Civil Decidir.  

Para Ro Ferrer, ilustradora y artivista feminista que suele abordar esta problemática, las realidades son muy diferentes y generalmente los varones se acercan a esos espacios desde lugares también muy distintos.



“No sé si a todos les sirve lo mismo, como tampoco nos serviría a nosotras, a nosotres. Tenemos que entender que no todos van a querer hacer uso de estos espacios, porque en algún punto la sensación de privilegio y poder la conocen y no todos quieren soltarla. Al mismo tiempo juegan con el estereotipo de la masculinidad de la fortaleza, del aguante, son mandatos y roles que se aprenden”, reflexiona sobre las complejidades y continúa: “El miedo a hablar es la raíz desde lo cultural. Si vos juntas a un grupo de varones cis normalmente hablan de lo que hacen y no de lo que sienten. Ahora, sabiendo que tienen unas gafas violetas gigantes haciendo de reflejo y que no te dejan pasar una, los varones cis empiezan a sentirlo fuerte, porque nunca se habían cuestionado nada”.


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¿Todos los varones tienen posibilidad de repensarse? 

Esteban Vaccher es periodista egresado de TEA, licenciado en Trabajo Social (UBA) y Magister en DD.HH y Democracia para América Latina y el Caribe. Actualmente se desempeña en el Espacio de Psicoeducación en Conductas Violentas (EPECOVI) de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad.

“Nosotres tratamos de salir del encuadre terapéutico, de la patologización, sino quedamos en que son ‘enfermos’. Si bien son espacios psicosocioeducativos, son otros los tiempos. Una cosa es un sujeto que atraviesa un proceso judicial y otra cosa es aquel varón que decide cuestionar su masculinidad. ¿Probablemente los temas sean los mismos? Seguro que sí. El tema son los sujetos. Trabajamos la masculinidad hegemónica en el encuadre de la violencia. Es un camino que va de la mano: varones cis, hegemonía, heterosexualidad. Todo termina en mostrar poder y cómo ese poder deriva en el ejercicio de varios tipos de violencia”, comenta Vaccher, quien también es autor de la tesis de posgrado Masculinidades (In)estables.

Bazo agrega que se hace un proceso de admisión y no cualquier varón con conducta violenta puede concurrir. “Una persona psicópata no puede participar porque ahí no hay posibilidad de remisión”, ejemplifica la trabajadora social y aclara que la mayoría de los dispositivos funcionan así. “El proceso de selección lleva unas tres entrevistas en donde se van trabajando diferentes cuestiones y se evalúa si esta persona es agrupable o no. A veces, a algunos perfiles se los ingresa en forma condicional, en tanto ver cómo se van desempeñando. Una vez que ya está dentro del dispositivo, el proceso es muy interesante, cuando los varones se comprometen hacen muy buenos laburos, por eso falta instalar el tema”, aporta la integrante de la Asociación Civil Femmia.

En relación a las dinámicas de trabajo, ningún proceso es lineal: pueden sufrir distintas transformaciones según el desempeño de los varones cis dentro de esos espacios.

“En mi caso, trabajamos de manera híbrida: virtual y presencial. Llevamos adelante cuatro encuentros mensuales: uno presencial y los otros tres virtuales. El presencial lo hacemos en la Ex ESMA. Los grupos que tenemos ahora son abiertos, entran y salen varones de acuerdo a un año o dos. Sin embargo, que termine el proceso no implica que se cumplan todos los objetivos”, explica Vaccher.

En el caso de los grupos de asistencia de la Asociación Civil Decidir, las admisiones se realizan mediante entrevistas. “Si hay alguien que tiene muchos consumos, lo derivamos a un espacio de salud mental y lo aceptamos. Pero creemos que una persona que está en relación de consumo es difícil que pueda reflexionar en el dispositivo”, evidencia Mastroianni.


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Mucha demanda, pocos espacios

La Ley N° 26.485 de Protección Integral a las Mujeres, para prevenir, sancionar y erradicar la violencia de género establece que deben crearse programas de reeducación destinados a varones que ejercen o ejercieron violencia. Actualmente existen 267 espacios para ellos en el territorio argentino, según el relevamiento realizado en noviembre del 2020 por el Mapa Federal de Experiencias con Varones y Masculinidades en Argentina (MEVyM). El organismo funciona en articulación con el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades de La Nación junto al Instituto de Masculinidades y Cambio Social y a la iniciativa Spotlight.

“En ese sentido, el Ministerio hizo un relevamiento y hay alrededor de 60 dispositivos, un 75 por ciento englobado en el AMBA. En dos meses teníamos en lista de espera 80 varones derivados de la justicia, hoy tenemos cupo porque hicimos un trabajo rápido y entran quienes cumplen ciertos requisitos”, enfatiza Vaccher y aclara que, al igual que la Asociación Civil Femmia, el Espacio de Psicoeducación en Conductas Violentas de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad no trabaja con perfiles psicopáticos, homicidas, femicidas y abusadores sexuales.

Les profesionales coinciden en que la cantidad de espacios es insuficiente en relación a la demanda y hay un bajísimo nivel de asistencia voluntaria. Aunque el contexto de pandemia recrudeció la violencia, con algunos varones cis se logró sostener un trabajo remoto.


Un proceso inacabado

Tanto Esteban Vaccher como Santiago Mastroianni sostienen que al haber una alta demanda en los espacios, circulan muchos varones que llegan de distintos lugares. En esos encuentros las dinámicas suelen ser distintas y las predisposiciones para trabajar, también: “A veces no vemos avances en la coordinación y decimos que hasta ahí llegó, le damos el informe a la Justicia y se derivan a otros espacios individuales porque se nota que el grupo no le está sirviendo”, asegura el trabajador social.

Es importante aclarar que los encuentros no son garantía para no reincidir en el ejercicio de la violencia. En palabras de Esteban Vaccher: “Al terminar el proceso de manera satisfactoria, no es que le damos un pase libre de circulación. Que ya no tengan más denuncias no significa que no ejerzan más violencia”. Para el licenciado, la clave es apostar por una mirada colectiva en permanente transformación sin caer en cuestiones punitivas.

Cuando un varón violento se retira del espacio psicosocioeducativo, los nombramientos en torno a los protagonistas deben ser cuidadosos para no entrar en un terreno estigmatizante ni patologizante. Pero, ¿cómo apalabrar adecuadamente? Esteban Vaccher y sus colegas utilizan la palabra “egresar” para referirse al retiro de un varón cis violento, porque se supone que egresa de un espacio.

Por otro lado, Santiago Mastroianni aclara que elles no usan la palabra “egreso”, sino “fin de un proceso”, porque esto tiene que continuar de por vida y es una lucha constante. “Hay que mantener procesos y dispositivos que sean continuos. En una charla de tres horas no vas a salvar el mundo ni tirar el patriarcado”, advierte el integrante del colectivo Varones Desobedientes y agrega: “Un dispositivo tiene un encuadre, un proceso, y para que un varón, tenga la edad que tenga, pueda cuestionar su masculinidad, tiene que sostener un proceso mínimo de un par de encuentros. Además, quienes nos emprendemos en el viaje de cuestionar algo, tenemos que ser coherentes con lo que trabajamos y lo que militamos, es un proceso tanto para los varones judicializados y para quienes estamos del otro lado”.


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Varones por fuera de los dispositivos: puntos de ruptura y continuidades

Los varones cis que finalizan su asistencia a los dispositivos tienen como desafío por delante promover otras masculinidades por fuera de la hegemónica dentro de sus círculos. También son invitados a seguir participando en los encuentros de militancia para fomentar y construir nuevas subjetividades. De ahí radica la importancia de interpelar a las masculinidades para generar instancias críticas y seguir reflexionando en torno a sus conductas.

Vaccher dice que las políticas públicas en torno a la prevención y promoción de nuevas subjetividades para los varones cis violentos deben ser incluidas en los abordajes para prevenir la violencia. “Esto tiene que ir acompañado del fortalecimiento de la ESI, porque a nosotros nos llega directamente la denuncia. Tenemos que trabajar fuertemente en la prevención”, afirma.


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Una de las formas para prevenir estas instancias es fomentar las discusiones en torno a las reconfiguraciones de masculinidades. La responsabilidad de los varones no es un tema aparte. Las claves patriarcales que se dan en sus círculos deben ser repensadas. Pero también vale preguntarse: ¿Qué rol ocupan los organismos del Estado y las instituciones en esto?

Vaccher considera que uno de los principales problemas es que el trabajo con varones se encuentra desanclado para una política de inclusión integral: “Entendemos que la violencia es una cuestión estructural, que va más allá de las subjetividades. No podemos negar que el Estado, la Justicia y las instituciones avalan que aún, en muchos sectores, convivamos en un sistema patriarcal donde los varones son activos en ello”. Al respecto, Mastroianni, de la Asociación Civil Decidir, sostiene: “Para interpelar a las masculinidades hegemónicas tiene que intervenir el Estado, tiene que haber promoción de la salud, pero hay poca”.


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Para Florencia Bazo, magíster en Derechos Humanos por la UNSAM, el foco principal está en prevenir femicidios. “Un varón cis a lo largo de su vida puede violentar a un número muy alto de mujeres, y siempre ponemos el foco en las víctimas, que está perfecto que así sea, pero también hay que responsabilizar a los victimarios”, expone la trabajadora social y advierte: “Es fundamental, que los varones cis comprendan que si no se comprometen con el tema la problemática no se termina más. Las instituciones y la Justicia también hacen lo suyo, no obligan a los varones y como hay una lista de espera para los espacios gratuitos, los dispositivos están colapsados”.

Sobre el rol del poder judicial, Bazo indica y cuestiona: “Debería obligar a los varones a tratar su violencia, pero hay cuestiones de camaradería. La justicia es patriarcal, entonces ¿por qué debería un varón trabajar su violencia? ¿para que pierda los beneficios?”


Si hay una reforma judicial, que sea feminista y popular

Al respecto, la ilustradora feminista tensiona: “Una cosa es lo que pasa ahí, en esos mecanismos, y otra cosa es si realmente pueden llevar a cabo las herramientas adquiridas en su vida diaria, porque ahí aparecen los ‘fiscalizadores’. Para Ro Ferrer, un varón que estuvo en una situación de poder tal, tiene que haber trabajado mucho para correrse de esa situación de control

“Si fuiste socializado como varón, no tener ese control sobre otras personas probablemente te haga sentir débil. Y si de chico te dijeron que no podes ser débil, es decir, que no podes demostrar lo que te pasa, no podes mostrarte vulnerable, no podes tener sentimientos más que la fuerza, el odio, la bronca y el control, ¿cómo haces? Eso es lo que a mí muchas veces me hace preguntarme si hay que querer estar ahí para poder modificarlo o si cualquier varón que se acerque a esos espacios va a llegar al mismo puerto”, indaga la artivista.

“Necesitamos que el varón empiece a reconocerse a través de lo que estamos hablando”, contrapone Florencia Bazo y concluye: “Que sepa a donde ir, que hay tratamientos especializados para esto, que puede tener buenos resultados y que su vida y la del resto de las personas va a cambiar un montón”.

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