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Ana Cacopardo: “El sentido del periodismo es...

Ana Cacopardo: “El sentido del periodismo es que sea transformador”

Hacer periodismo desde la ternura y la empatía es una posición política y transformadora. Implica darle lugar a la palabra ajena, diversa, única. Abrir lo colectivo desde la ventana de lo singular. Así lo ejerce Ana Cacopardo, una periodista honesta y sensible, militante por los derechos humanos, feminista y con una gran trayectoria. Su programa del Canal Encuentro, Historias debidas, actualmente nominado a los Premios Democracia, le brinda un lugar a las vidas y luchas que merecen ser contadas en palabras propias. A través de las entrevistas que allí se emiten, se crea un espacio de diálogo y escucha, en el que lxs entrevistadxs pueden revelar sus verdades, sus territorios y cómo construyen sus propios sentidos. “A mí la mirada que me interesa es la de conectar luchas. No sólo en la genealogía de una memoria, sino también en el vínculo con otros sistemas de opresión”, sostiene en diálogo con Feminacida.

Tenés una forma mágica de darle voz a las otras personas y generar un espacio cuidado para que puedan contar su historia. ¿Qué es lo que más te importa a la hora de armar las entrevistas?

Cuando pensamos en lo que yo llamo un “mapa de entrevista”, que son los lugares de entrada a una persona, personaje o trayectoria, a mí me gusta hablar de tres ejes: situar, historizar y territorializar. La búsqueda o indagación que me interesa es la de un personaje que abre la puerta a un mundo y a un proceso que es colectivo. En todo caso es una estrategia para pensarlo de ese modo, que es interesante por dos razones. Primero porque cuando vos entrás desde la ventana de un personaje no perdés la condición humana, que a mí me parece central. Es decir, no perder la subjetividad, los microrrelatos que forman parte del gran relato y que muchas veces son únicos porque cada trayectoria lo es. Y lo segundo que para mí es importante es que lo que haga tenga una mirada política: colocar una narrativa en el espacio público para abrir y ensanchar ciertos sentidos comunes. Me interesa instalar o ayudar a instalar (más humildemente) determinadas miradas, preguntas y asuntos. Y entrar desde la ventana de un personaje es más efectivo políticamente, también. Se genera una empatía desde la identificación con un otro, que a veces es un otro muy otro. Sin embargo, hay un puente que se teje desde lo humano, desde la vulnerabilidad de lo humano. Esto es muy efectivo porque permite que te acerques y que permitas que te interpelen mundos diferentes a los propios, experiencias distintas. Esto tiene que ver con una búsqueda política. En un contexto como el actual hay un borramiento profundo de lo humano cuando se habla de las violencias de la globalización neoliberal: se presenta a las víctimas como víctimas arrasadas. Y si son arrasadas, no tienen voz, no tienen elaboración, porque otros hablan por ellas. Para mí la voz propia tiene la posibilidad de trazar este camino y la ventana es entrar por el personaje. Pero insisto: siempre de la mano de un proceso colectivo que nos importa comprender e iluminar. Por eso esa tríada de situar, historizar y territorializar. Cuando vos lográs situarte, comprender las lógicas de un territorio, cuando lográs medianamente historizarlo, yo diría que hiciste el trabajo más importante y las preguntas son casi lo de menos. Cuando estás bien situado, seguro vas a tener una buena brújula para la conversación.

En la entrevista que le hacés a Silvia Rivera Cusicanqui ella compartía: “Al sentir que me enseñaban, cambió la relación de sumisión”, refiriéndose a la dialéctica de la enseñanza y el aprendizaje. Hay algo en la pedagogía y en esta forma de diálogo que compartís que abre el espacio para que se geste algo nuevo.

Sí. También es importante decir que yo no le doy la voz a nadie: la gente tiene la suya. Políticamente, epistémicamente, no me gusta decir “le doy voz”. Lo que hacemos es generar la posibilidad de que las que ya están adquieran una dimensión política al hacerse públicas. Lo que sí puede hacer nuestro laburo es ponerlas en valor y convertirlas en una herramienta para otres, abriendo procesos que son muy lindos. También construís un vínculo que afirma a ese otre: cuando pone sus palabras, cuando cuenta su historia, cuando la comparte con vos también hace un proceso de elaboración. Sos un bastoncito para que se abra un espacio donde el otro no solamente narra sino que elabora. Lo lindo de una entrevista es que es una experiencia transformadora para ambas partes. 

Los distintos personajes que aparecen en Historias debidas le dan lugar a la vulnerabilidad y al dolor. Pareciera que, al reconocer que existe, al dejarse afectar, al contar las historias, se lograra una reparación y algo se transformara, porque es una forma de reapropiarse del dolor.

A mí me parece que sí. Es importante el reconocimiento social del dolor. Cuando recorrés la historia de las travas, aparecen infancias en las que fueron expulsadas de sus familias tempranamente y de todos los espacios de institucionalización. Además, lo que significó, por supuesto, la represión policial, la cárcel. Estas son trayectorias atravesadas por todas las violencias de las que somos capaces, en todas sus modalidades. Que haya una escucha para esas violencias significa que hay un reconocimiento social y eso es reparador. Eso no te victimiza. Otra cosa es cuando proponés una mirada victimizante. Quienes han padecido atropellos a los derechos humanos o violencia institucional, sí, claro, son víctimas. Y ese reconocimiento social del dolor es muy significativo, pero no es lo único, porque además de víctimas, son activistas y han promovido transformaciones gigantes. Esa es una dimensión relevante. Por supuesto que ese reconocimiento es un paso fundamental, difícil. En cada caso implica ver cómo te parás frente a ese dolor, cómo respetás lo que no puede y lo que no quiere ser nombrado. ¿Se entiende? Hablemos de las violencias de la dictadura. El ejemplo de Macarena Gelman, hija de desaparecidos y militante, es claro. Ella tardó un tiempo largo en sentir que podía poner su voz en el espacio público. Nos reunimos muchas veces hasta que sintió que tenía un sentido y la acompañé en ese proceso. 

Con respecto al abordaje de la dictadura, ¿alguna vez te pareció que te estabas metiendo en algún terreno peligroso a la hora de contar ciertas historias? Cuando hiciste la entrevista a  Mariana Dopazo, cuyo progenitor es el represor Miguel Etchecolatz, por ejemplo, ¿sentiste algún tipo de temor?

En el caso del capítulo que hicimos con Mariana, no. Te diría que sentí cierta perplejidad. Había vivido tan de cerca el juicio que se le había hecho a su ex padre en 2006 que veía la escena, me veía a mí misma conversando con Mariana sobre su historia y viendo el álbum de fotos, y me producía perplejidad. Una sensación que dejó de ser cuando revisé qué pasó en la Argentina en estos años y entendí que dejó una marca única en el continente. Mirá lo fuerte que fue esa marca y  esa semilla que sembraron los procesos de justicia que creció hasta en el campo de los perpetradores. Esa es la historia de Mariana. Así que no ligué para nada esa historia ni el vínculo con ella con el miedo. Sí sentí miedo cuando desapareció Julio López porque hubo amenazas a jueces, periodistas y referentes de organismos de derechos humanos. Yo en ese momento hacía periodismo (nunca dejé de hacerlo), pero además era directora ejecutiva de la Comisión Provincial por la Memoria, o sea que tenía una responsabilidad por la gestión de ese organismo. Las amenazas se produjeron cuando estábamos con otros compañeros haciendo un documental en el que mostramos el juicio a Echecolatz para emitirlo en la Televisión Pública… soñábamos con que fuera una herramienta para encontrar a Julio López.

¿Qué lugar o responsabilidad tienen los medios para romper con la  cadena de complicidades que hace que se sigan perpetrando crímenes sistemáticos de violencia institucional?

Vos usaste la palabra “responsabilidad” y yo la tomo. Hay un conjunto de discursos mediáticos y sociales que vienen a decirnos que no todas las vidas valen lo mismo. Si estamos hablando de Facundo Castro o de Luciano Arruga, estamos hablando de pibes humildes, de barrio. Hay una serie de prácticas sistemáticas de las fuerzas de seguridad, como el hostigamiento y acoso, que están legitimadas por los medios de comunicación y por la mirada social. Y me parece que hay algo más: no podemos dejar de pensarlo sin un clivaje racista. Los medios tienen mucha responsabilidad en generar  condiciones sociales para que estas prácticas gocen de buena salud y de buena prensa. 

En el caso de las violencias de género, ¿cómo se hace para exigirle justicia al Estado?

Me parece que el Estado es un campo de disputa y es una discusión que hay que dar. Porque está claro que no es lo mismo que el gobierno esté gestionado por un proyecto político que por otro. En la construcción de los feminismos hay que apostar al fortalecimiento de la organización de base, a las lógicas de cuidado comunitario, a otros mecanismos. Pero el Estado es un espacio que no hay que abandonar. Parte de la disputa la vamos perdiendo: la de políticas de seguridad que dejen de lado la demagogia punitiva, los discursos del miedo, del odio. Estos últimos hoy son imperantes a nivel global. Porque naturalmente el miedo disciplina y es una herramienta de control. Me parece que esa es una de las dimensiones más complejas con las que tenemos que confrontar. 

Sos una referente de un tipo de periodismo noble, honesto y contrahegemónico. ¿Qué sentís con respecto a la nominación a los Premios Democracia?

Como todo lo que ocurre en nuestras vidas, hay una mezcla de causas y azares. Uno va haciendo lo que puede, lo que lo empuja. La Televisión Pública fue un escenario fundamental para nosotros. Canal Encuentro fue una plataforma para nuestras búsquedas, que implican otras agendas y formas de contar. Nuestra exploración es genuina y del otro lado, la gente así lo siente y valora. Para mí el sentido de nuestro trabajo es que sea transformador, que sea una herramienta. Ahí todo cierra. Que se use en escuelas, que se use para discutir en un centro de estudiantes. Un día la conocí a Quimey Ramos, una piba trans de La Plata, que es activista y ganó cierto perfil público porque es muy formada. Ahora está en el Mocha Celis. Quimey me contaba lo que significó para ella escuchar mi entrevista a Lohana Berkins: flasheó. Y fue con esa entrevista al centro de estudiantes, los sentó a sus compañeros y generó un debate. Cuando me transmitió eso me dio mucha alegría. Pensé, “es esto”: construir herramientas emancipadoras. Ese es un poco el sentido. Agradezco tener la oportunidad de hacerlo porque a veces uno puede tener la voluntad, las ganas y que el escenario no lo permita. Nosotros hemos tenido esa fortuna, Canal Encuentro acompañó todos estos años esta mirada y eso lo valoro muchísimo. Además, es una muy linda terna así que la valoré especialmente. Me parece que es un pequeño mimo y una afirmación. Los premios a veces sirven  para eso, para afirmar una determinada búsqueda. Así que, si es así, bienvenido sea

Por último, Ana, en la entrevista que le hacés a Rita Segato ella menciona lo difícil que es llegar a destino, o procesarlo, porque los sueños son indispensables para vivir. ¿Qué es lo que te gustaría de ahora en más comunicar? ¿Por dónde está pasando tu horizonte de intereses?

Es muy linda esa frase de Rita porque ella volvía a Tilcara finalmente, después de tantos años de exilio. Y ese es el lugar donde para ella empezó todo: el amor, la antropología y esa mirada decolonial. Me acuerdo que lo conversamos frente a los cerros. ¿De qué tengo ganas? Tengo ganas de seguir hablando y visibilizando experiencias de resistencia al orden neoliberal: hay muchas en América Latina y muchas de ellas son pequeñas. Digo pequeñas pero son gigantes. A veces tienen escala local pero en ellas se juega la semilla de algo nuevo. Me interesa contarlas porque son muy creativas y nacen en los lugares más adversos, entre las peores espinas. Muchas de estas articulaciones resistentes las encuentro en las cosmogonías indígenas y las encuentro en los feminismos y en las disidencias. Cuando pienso qué me interpeló de los feminismos, te diría que me interpelaron fuertemente los relatos del movimiento LGBT. Particularmente el relato de las personas trans y travestis. Porque me parece que esos cuerpos desobedientes lo desafían todo. Y si pensamos cómo está configurado el orden en el que vivimos, está absolutamente heteronormativizado. Entonces, desafiar eso es como desafiar los fundamentos mismos de ese orden que normalizamos. Eso es coraje. Hay que ser muy osado. Lo dijo de manera tan linda Lohana Berkins cuando dijo “hay que ser mariposa en este mundo de gusanos capitalistas”. Y es eso. A mí me interesa seguir contando estas historias porque son las que nos devuelven la esperanza de que hay otro mundo posible. Caminar por ahí y fuertemente por América Latina que es el gran territorio de la esperanza.

– Esta nota fue producida en el marco del Taller de Periodismo Feminista de Feminacida –


Filósofa egresada de la UBA, feminista, militante por los derechos humanos y especialista en Políticas Públicas y Justicia de Género. Trabaja como docente.

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