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Alexandra Kollontai: el feminismo, el amor y la op...

Alexandra Kollontai: el feminismo, el amor y la opresión

“La moral es la gramática del deseo”

Alejandra Pizarnik

Alexandra Kollontai es la radiografía de una feminista revolucionaria en momentos donde la palabra revolución tenía horizontes impensados. Su nacimiento se produjo el 31 de marzo de 1872 en Rusia, un país que estaría atravesado por los temblores de la historia de la segunda mitad del siglo XIX. Falleció el 9 de marzo de 1952 a sus 79 años. Su precedencia era aristocrática, pero la conciencia política que poco a poco iría desarrollando la colocó, con el correr del tiempo, en un lugar completamente disruptivo para la época. Kollontai fracturó varios estigmas con su aparición en ese escenario de conflicto: de clase y de género. El feminismo ya daba sus primeras batallas sociales en Estados Unidos y Europa cuando ella llegó al mundo. Su discurso y pensamiento no tardarían en resonar más allá de las fronteras.

Las mujeres, bajo la completa tutela de sus padres, maridos y empleadores, habían sido relegadas a la maternidad y a las tareas del hogar como único lugar posible. Estaban lejos de ser el foco de la luchas sociales hasta que las huelgas obreras las pusieron en el centro de atención. La misma Kollontai fue quien, según cuenta la historia, tomaría registro de la situación que atravesaban las trabajadoras en una visita que realizó en 1895 a una fábrica de San Petersburgo. Allí, vio cómo operaban en condiciones de explotación. Tiempo después, esto la llevaría a formar parte del Comité Central Bolchevique, a ser la primera comisaria (ministra) elegida después de la Revolución de Octubre de 1917 y a identificarse como una ferviente comunista.

Dentro de sus reivindicaciones, la relación entre el capitalismo y la opresión de las feminidades ocupó un lugar central: sostuvo fuertemente que la clase obrera siempre estaba más cerca de la liberación de las mujeres debido a su “compañerismo” y “solidaridad esencial”. Además, contraatacó a la institución matrimonial desde una perspectiva política, económica y psicosocial. Aportó a los feminismos populares de la actualidad una mirada que ayuda a pensar que “el enigma del amor” no es una cuestión individual, sino que obliga a la mujer a renunciar de si misma. Y señaló que reproduce efectos disciplinadores bajo el manto del romanticismo. Su crítica no centró en promover el “amor libre”, ya que este era un discurso más asociado al anarquismo, sino en potenciar las construcciones de las relaciones sociales y los lazos vinculares.

Sus palabras aún tienen sentido a pesar del tiempo, pero sobre todo muestran las bases de un movimiento que arrastra las mismas luchas. Así la recordamos:

El comunismo y la familia (1918)

“El Estado de los trabajadores tiene necesidad de una nueva forma de relación entre los sexos (géneros). El cariño estrecho y exclusivista de la madre por sus hijos tiene que ampliarse hasta dar cabida a todos los niños de la gran familia proletaria.

En vez del matrimonio indisoluble, basado en la servidumbre de la mujer, veremos nacer la unión libre fortificada por el amor y el respeto mutuo de dos miembros del estado obrero, iguales en sus derechos y en sus obligaciones. En vez de la familia tipo individual y egoista, se levantará una gran familia universalde trabajadores, en la cual todos los trabajadores, hombres y mujeres, será ante todo obreros y camaradas. Estas serán las relaciones entre hombres y mujeres en la sociedad comunista del mañana. Estas nuevas relaciones asegurarán a la humanidad todos los goces del llamado amor libre, ennoblecido por una verdadera igualdad social entre compañeros, goces que son desconocidos en la sociedad comercial del régimen capitalista. ¡Abrir paso a la existencia de una infancia robusta y sana; abrir paso a una juventud vigorosa que ame la vida con todas sus alegrías, una juventud libre en sus sentimientos y sus efectos!

Esta es la consigna de la sociedad comunista. En nombre de la igualdad, la libertad y del amor, hacemos un llamamiento a todas las mujeres trabajadoras, a todos los hombres trabajadores, mujeres campesinas y campesinos para que resueltamente y llenos de fe se entreguen al trabajo de la reconstrucción de la sociedad humana para hacerla más perfecta, más justa y capaz de asegurar al individuo la felicidad a la que tiene derecho.

La bandera roja de la revolución social que ondeará después de Rusia en otros países del mundo proclama que no está lejos el momento en el que podamos gozar del cielo en la tierra, a lo que la humanidad aspira desde hace siglos”.

Treinta millones de mujeres soportan una doble carga

“Como el salario del hombre, sostén de la familia, resultaba insuficiente para cubrir las necesidades de la misma, la mujer se vio obligada a su vez a buscar trabajo remunerado; la madre tuvo que llamar también a la puerta de la fábrica. Año por año, día tras día, fue creciendo el número de mujeres pertenecientes a la clase trabajadora que abandonaban sus casas para ir a nutrir las filas de las fábricas, para trabajar como obreras, dependientes, oficinistas, lavanderas o criadas. Según cálculos de antes de la Gran Guerra, en los países de Europa y América ascendían a sesenta millones las mujeres que se ganaban la vida con su trabajo. Durante la guerra ese número aumentó considerablemente.

La inmensa mayoría de estas mujeres estaban casadas; fácil es imaginarnos la vida familiar que podrían disfrutar. ¡Qué vida familiar puede existir donde la esposa y madre se va de casa durante ocho horas diarias, diez mejor dicho! (Contando viaje ida y vuelta). La mujer casada, la madre que es obrera suda sangre para cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el trabajo, lo mismo que hace con el marido, en alguna industria o establecimiento comercial; consagrarse después, lo mejor posible, a los quehaceres domésticos y por último cuidar de sus hijos.

El capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora el peso que la aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de casa y madre. Por tanto, nos encontramos con una mujer que se agota como consecuencia de esta triple e insoportable carga, que con frecuencia expresa con gritos de dolor y hace asomar lágrimas a sus ojos.

Los cuidados y las preocupaciones han sido en todo tiempo destino de la mujer; pero nunca ha sido su vida más desgraciada, más desesperada que en estos tiempos bajo el régimen capitalista, precisamente cuando la industria atraviesa por período la máxima expansión”.

 

Fragmentos del libro El amor y la mujer nueva, de Editorial Cienflores.

 

 


Co-Directora de FemiNACIDA. Nació en julio de 1992. Es periodista egresada de ETER Escuela de Comunicación y fotógrafa de la Escuela Nacional de Fotografía. Colaboró con Revista Sudestada y distintos portales web.

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