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¿Qué pasa con las pibas jóvenes que quieren trabaj...

¿Qué pasa con las pibas jóvenes que quieren trabajar?

Francesca tiene 17 años y es amante de la danza contemporánea. Terminó la secundaria el año pasado y se anotó para estudiar Ciencia Política en la Universidad Nacional de Rosario, pero en sus tiempos libres le gusta tomar sus clases de baile. A comienzo de año su profesora de toda la vida le ofreció una “changuita”. Es decir, que la “ayude” en la administración de la escuela de danza “un par de horitas al día”. Francesca iba a ganarse unos “pesitos” para salir el fin de semana. Sin embargo, esa “changuita” se convirtió en llamadas a cualquier horario, pagos atrasados, malos tratos y un ninguneo constante que le recordaba quién estaba en qué posición ante esa situación laboral.

Azul tiene 20 años, es estudiante y trabaja en el local de ropa de unes conocides cuando la llaman “de prepo” para reemplazar a algune empleade. Un trabajo donde no le pagan las horas de empleo como deberían, donde le avisan de un día para el otro si van a necesitarla, donde le piden quedarse más horas de las acordadas y donde, tras el discurso de ser amiga de les dueñes, Azul no encuentra las palabras para frenar esta situación de abuso de poder.

Emilia tiene 21 años y es niñera desde los 16. Ella afirma haber vivido violencia laboral de tipo simbólica y económica, pero no en un caso particular sino como un patrón que se repite en todas las familias con las que trabajó. “Me ha pasado que me avisen media hora antes que no vaya a trabajar y me dejan clavada, me dejan sin la plata, me dejan sin el trabajo, entonces yo ya estoy en la calle yendo a la casa y me tengo que pegar la vuelta”, asevera la joven.

No son situaciones aisladas

Un estudio realizado por el portal de empleos Bumeran en colaboración con la organización especialista en género GROW – Género y Trabajo, el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), la consultora NODOS y la Fundación AVON demostró que el 73 por ciento de las personas encuestadas en Latinoamérica sufren o sufrieron alguna situación de violencia y/o acoso dentro de su lugar de trabajo en el último año.  En Argentina, el 69 por ciento de las mujeres afirma haber vivido personalmente una experiencia de esta índole durante el último año.

La Ley 26.485 define la violencia contra las mujeres como toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal. 

La violencia laboral es el ejercicio abusivo de poder que tiene por finalidad someter o excluir a une trabajadore de su lugar de trabajo. “Es aquella que discrimina a las mujeres en los ámbitos de trabajo públicos o privados y que obstaculiza su acceso al empleo, contratación, ascenso, estabilidad o permanencia en el mismo, exigiendo requisitos sobre estado civil, maternidad, edad, apariencia física o la realización de test de embarazo”, dice la ley.

Además, quebrantar el derecho de igual remuneración por igual tarea o función y hostigar psicológicamente en forma sistemática sobre una determinada trabajadora con el fin de lograr su exclusión laboral son acciones que se enmarcan dentro de este tipo de violencia.


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Empleadas, ¿pero a qué costo?

Entre empleador y trabajadores existe una relación jerárquica consensuada por la cultura de trabajo. Pero, ¿cuáles son los límites en esa asimetría de poder?

“Nadie discute que la violencia física puede ser fácilmente reconocida por su carácter visible. Pero no sucede lo mismo con la agresión psicológica. Si la víctima no tiene información, experimenta confusión hasta que, recién cuando el comportamiento agresivo del acosador se hace explícito, podrá advertir que está siendo víctima de un proceso de acoso”, afirmó en una entrevista de la Oficina de Asesoramiento sobre Violencia Laboral (OAVL) la doctora Patricia Barbado, ex Jueza Federal y experta en la violencia psicológica en las relaciones laborales.

De acuerdo a lo que sostuvo la magistrada, las conductas implicadas pueden ser más o menos sutiles y detectables por terceras personas, ajenas a la víctima, que no la entienden y pretenden convencerla de que es culpable de la situación y que debe acatarla.

Si a las pibas les enseñan desde jóvenes que “el trabajo es trabajo”, que “no podes perder el laburo”, que “es tu jefe, no podes hacer nada”, ¿va a ser fácil identificar si está siendo víctima de una situación de violencia laboral? Si las situaciones de abuso de poder se esconden tras el discurso de una ayuda para la persona que está trabajando, ¿va a ser fácil tomar la decisión de renunciar ante una “ayuda”? ¿Quién se beneficia?


Rosina tiene 21 años e ingresó en una pasantía de la Facultad de Relaciones Públicas de la Universidad Abierta Interamericana de la ciudad de Rosario y, tras haber vivido una situación de violencia psicológica por parte de la encargada del área de recursos humanos de la empresa, expresa: “La situación era en una oficina chiquita, ella sentada en un escritorio desparramada y yo parada en un rincón, marcando quién es quién. Me sentí muy frágil en ese momento, me quedé en shock y no respondí de la manera que me hubiese gustado. Internamente yo pensaba que esto era algo de la facultad y no quería tener problemas con mi directora de carrera”.

Un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) menciona que el mercado laboral es el escenario donde se producen las principales desigualdades e inequidades. Sin embargo, se registró una recuperación en los niveles de empleo durante el año 2021.

Sobre esto, la ex directora nacional de Economía, Igualdad y Género, Mercedes D’Alessandro, afirmó que las mujeres en Argentina presentaron “niveles récord” de empleo y actividad económica: disminuyeron sus tasas de desempleo de 11,9 por ciento a 7,7 por ciento; y en el caso de las mujeres jóvenes, esta mejora fue de casi 10 puntos.

Si bien D’Alessandro consideró a estas cifras como la prueba más concreta de que funcionaron las herramientas forjadas en estos dos años, también se puede aseverar que en las mujeres se profundizaron notablemente las tasas de informalidad laboral, mientras que en los varones se vieron recortadas. ¿En qué condiciones están aceptando trabajar tantas mujeres jóvenes para que el nivel de desempleo haya bajado a un porcentaje récord?

Reconocer la violencia y actuar en consecuencia

La abogada Melisa García, fundadora y presidenta de la Asociación de Abogadas Feministas Abofem Argentina, explica que lo primero que hay que hacer es recurrir al área de Recursos Humanos de la empresa. En caso de no conseguir respuesta, se debe mandar un telegrama laboral. “Hay que estar bien asesorada porque es importante lo que se coloque allí, es una forma de comunicar, de hacer lo que se denomina una comunicación de un modo fehaciente, de dilucidar una situación que está pasando”, asegura.


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Si ante esto no se identifica ninguna solución, existe oficina específica dentro del Ministerio de Trabajo, justamente para denunciar la violencia laboral del ámbito privado y público. En el país existe el Convenio 190 de la Organización Internacional de Trabajo contra la Violencia y el Acoso Laboral y la Ley 26.485 de Protección Integral para la Prevención, Sanción y Erradicación de las Violencias contras las Mujeres en los ámbitos interpersonales en que desarrollen su vida.

Si bien está claro que existe cierto marco normativo respecto a la violencia en el ámbito del trabajo, los testimonios son verdaderos, las vivencias de las personas son reales y pasan todos los días. “Es muy radical la solución y el problema está ahí: en crear mecanismos reales para sostener el vínculo laboral, pero a la vez cesar la situación de violencia interna”, finaliza la abogada García.


Este artículo fue producido en el Taller de Periodismo Feminista de la Escuela Feminacida.
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Tiene 21 años y es de Rosario. Estudia Comunicación Social y Profesorado de Actuación. Cree firmente que en la posibilidad de expresión hay posibilidad de revolución.

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