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¿Por qué amamos a la Scaloneta? Una explicación desde la ciencia

Amamos a la Selección Argentina porque trajo la copa. La amamos por sus valores y por la alegría. Pero, ¿cómo explica la ciencia ese amor? Hay conexiones químicas que justifican esta pasión. Para descubrir eso que ahora un poco sí lo podemos explicar, llega esta entrega del newsletter mensual de Sole Gori, nuestra columnista de Ciencia y Feminismo.


“No puedo más, me duele el pecho”, dice una adolescente en el minuto 90 de la final Argentina – Francia, mientras las lágrimas se mezclan con la ilusión. En el alargue las hormonas van y vienen. El cortisol no tiene quién lo pare y la adrenalina se dispara. El partido sigue y la intensidad es cada vez más fuerte. El 3 a 3 anuncia los penales y el final ya lo saben. Magia.

La pasión por el fútbol tendría una razón de ser. Una explicación plausible. O al menos así pudo demostrarlo un grupo de investigadores neurocientíficos de la Universidad de Coimbra, Portugal.

Desde allí se hacían la misma pregunta que muches. ¿Qué nos pasa cuando vemos jugar al equipo que nos apasiona?  ¿Qué se activa en nuestro cerebro cuando imágenes cargadas de emoción desfilan frente a nuestros ojos? ¿Lo que nos pasa puede llamarse amor? 

Te llevamos en el ¿corazón?

Para responder esas preguntas diseñaron un experimento. Reclutaron a 56 aficionades del fútbol portugués de 34 años promedio y los clasificaron según su nivel de fanatismo mediante algunas preguntas. Nota: la ciencia no está exenta de androcentrismo. Sólo dos aficionadas se encontraban entre les 56 participantes. Una pena.

Luego, mientras les hacían una resonancia magnética funcional del cerebro, les mostraban diferentes videos de situaciones de gol: de sus propios equipos, de sus rivales clásicos y de equipos neutrales; ya sea ganando o perdiendo. En la resonancia se generan imágenes del interior del cerebro que pueden determinar la actividad del mismo al medir la cantidad de sangre que fluye a las distintas zonas que lo componen. Después de ver los videos, debían asignarles puntajes de acuerdo a cuánto les gustaba lo que veían. Lo que buscaban con estos videos era despertar reacciones fuertes. 

Así, mientras no observaron diferencias entre los puntajes otorgados por los participantes al ver a su equipo ganar frente a su rival clásico o frente a un equipo random, sí cambiaba mucho la cosa cuando lo que mostraban los videos eran imágenes de su equipo perdiendo frente a su clásico rival o a un equipo random. En el primer caso, y no así en el segundo, el puntaje se acercaba al máximo desacuerdo.

Pero pará pará pará, ¿y el resonador para qué corno lo querían? A la vez que miraban los videos, iban evaluando todo lo que ocurría dentro de sus cerebros. Por un lado, observaron que se activaban las zonas de la amígdala y el núcleo accumbens, dos regiones del cerebro que suelen activarse -cazate esta- cuando nos enamoramos, activación que se hacía más intensa cuánto más fanático era el participante. Cuando estas zonas están involucradas, se encuentra activo el sistema de recompensas. Básicamente, este sistema funciona así: cuando comemos, tenemos sexo, consumimos drogas adictivas (¡o redes sociales!), el cerebro libera dopamina, una sustancia química natural que nos hace sentir bien y nos sirve como refuerzo (es decir, queremos más). En este caso puntual, los videos que consideraron positivos se perciben como estímulos que generan excitación emocional y que luego son interpretados como un patrón “para repetir” (o reforzar), involucrando al sistema de recompensas. Es decir, cuántos más videos positivos, más dopamina liberada o, lo que es lo mismo, más placer. Esto incita a ver más videos (algo así como lo que nos pasa cuando arrancamos a ver reels de la Scaloneta).

Eso que llaman pasión es lealtad por lo propio

He aquí que lo más curioso del experimento es que en algunos participantes, casualmente los más fanáticos, se registraba un nivel de actividad superior en estas zonas vinculadas al sistema de recompensas que la que se suele disparar con el amor romántico. Entonces,  ¿la pasión futbolera es o no es amor?

Bueno, hay diferentes tipos de amor. El apego o amor (mal llamado) maternal, y el romántico. Ambos tienen reconocida relevancia evolutiva y se presentan como una relación dual entre dos individuos para formar un vínculo. Ambos tipos de amor están relacionados también con el sistema de recompensas. 

Pero lo que se vive con el fútbol sería un amor distinto. El amor tribal. El tribalismo es un concepto antropológico que se desprende de la palabra “tribu”, que hace referencia a un fenómeno cultural por el cual los individuos crean grupos u organizaciones de naturaleza social con los que identificarse y reafirmarse como parte de “un algo” más grande. Es el que presentan individuos de una misma etnia o de la misma afiliación política. Es decir, representa la identificación grupal, la lealtad y el sentido de pertenencia. Este último (tan conocido por nosotros en este presente agrietado) puede considerarse un tipo de necesidad básica humana arraigada a un contexto evolutivo. Este tipo de amor presenta actitudes de empatía, de altruismo y ayuda entre los grupos sociales. 



Siendo un fenómeno cultural, el tribalismo tiende a expandirse abarcando todos los ámbitos de la vida y ejerce una influencia bidireccional: la persona intenta dejar una huella en la organización y la propia organización deja una huella en la persona. Mientras algunas especies animales son individualistas, el ser humano tiene este lado social que le ha permitido sobrevivir hasta ahora, haciendo uso del amor y la lealtad al colectivo para protestar contra amenazas exteriores (cualquier parecido a la actualidad, es mera coincidencia).

Olvidate y pega la vuelta: evolución “optimista”

Por otro lado, este estudio reveló que nuestro cerebro está mejor preparado para darle un mayor peso a los hechos positivos que a los negativos. El hipocampo, zona del cerebro relacionada con la memoria emocional (y que se llama así porque se parece a un caballito de mar), se activó mucho más con los videos de grandes triunfos de sus clubes que con los de grandes derrotas. Esto tiene un sentido evolutivo según los autores. Para seguir adelante, qué mejor que olvidar rápidamente las experiencias negativas. No le conviene ni al individuo ni al grupo vivir alterado. Tiene sentido limitar el odio a nivel evolutivo, ya que una tribu que está siempre en pie de guerra, tiene más probabilidades de ser eliminada. Sin embargo el ser humano es complejo: esto no fue tan así para los que clasificaban como más fanáticos. Esos sí que podían volverse bien rencorosos.

Como ya lo decía el zoólogo británico Desmond Morris en los 80’s, los equipos de fútbol podrían ser el equivalente moderno a las tribus ancestrales. Los investigadores a partir de este estudio apuestan más fuerte. Consideran que les aficionades presentan sensaciones ancestrales muy ligadas al belicismo, las cuales fueron fundamentales para nuestra evolución como especie. 

Ahora bien, el tribalismo lo que sí puede explicar, es lo que no van a entender: 

“La final con Alemania, 8 años la lloré 
Pero eso se terminó porque este año en Qatar
La final con los franceses la volvió a ganar papa”


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Bióloga y doctora de la Universidad de Buenos Aires. En su doctorado y postdoctorado se especializó en Inmunología. Es Investigadora Asistente de CONICET y docente del Departamento de Química Biológica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Miembro del Comité Docente de la Sociedad Argentina de Inmunología y de la Comisión de Género del Departamento de Química Biológica, FCEN, UBA. Pertenece a la agrupación CienciaNuestra y de trabajadoras en CyT “Las Curie”. Fue parte de la Red Federal de Afectados de CONICET, creada frente al ajuste en CyT desde 2015 a 2019.

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