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Que la vejez no sea un castigo

En el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, algunas reflexiones sobre qué representaciones, prejuicios y estereotipos formamos con respecto a las personas mayores. ¿Cuáles son las violencias que atraviesan? ¿Qué derechos tienen arrasados? ¿En qué pensamos cuando hablamos de la vejez? ¿Es un tiempo al que anhelamos llegar? ¿O es una población que no encuentra lugar?

Foto de portada: Victoria Eger


Vivir en una sociedad capitalista prescribe la fecha de caducidad de nuestra esperada y obligada “productividad”. Si tenemos suerte, conseguimos trabajo más o menos precarizado, formal o informal y vamos preparándonos para cuando ya no podamos trabajar. El fanatismo por pertenecer a la elite de la juventud hace que operen ciertas categorías cuando una persona mayor “invade” el terreno de lo que parece ser exclusivamente para jóvenes y otras categorías cuando quedan por fuera de la máquina productiva, el mercado de la moda y el mandato de que “el trabajo dignifica”. ¿O acaso nunca escuchamos la palabra “pendevieje”?

¿Pero qué pasa cuando la vejez aparece como síntesis de una prolongada cadena de vulneración de derechos? Cuando a la inequidad en el acceso a la educación, la salud, la alimentación, la vivienda y un trabajo digno, se le suma no poder acceder a una jubilación (por no haber tenido los aportes correspondientes a un trabajo formal), el resultado es una pensión miserable que representa el 80 por ciento de la jubilación mínima e intenta hacerle frente a una inflación galopante. Hoy la jubilación mínima es de aproximadamente $37 mil, pero la canasta básica para jubilades es tres veces ese valor. Esta es la base del maltrato estructural hacia personas mayores: el envejecimiento no es solo biológico, sino que está multideterminado por motivos sociales, históricos, culturales y de género.

Si vamos camino a esa realidad, parece inevitable la gerascofobia (o gerontofobia), es decir, el miedo irracional y persistente a envejecer. ¿Tememos el desamparo afectivo, el dolor, la dependencia, la soledad? ¿Tememos la falta de autonomía en una sociedad tan tenaz? ¿O estamos construyendo imágenes de la vejez en aislamiento y en la pobreza como si fuera el único destino posible?


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El envejecimiento de la población es una realidad que muestran los estudios demográficos y que permiten estimar que en 25 años habrá, en América Latina y el Caribe, el doble de adultes mayores. Además, la esperanza de vida continúa creciendo, gracias a los avances en materia científica y médica: las cifras sobre expectativa de vida son de aproximadamente 80 años en las mujeres y de 73 años en los varones.

La expectativa de vida de las personas trans es una problemática urgente aparte. Según estadísticas oficiales, esta población no supera los 40 años. Cada vez hay más personas mayores y peores condiciones económicas. Esto obliga a los estados a rever las condiciones de vida de una franja etaria que se encuentra desatendida, maltratada y discriminada, y que tiene necesidades básicas insatisfechas. No solo somos testigos de una creciente desigualdad distributiva y en el acceso a los derechos humanos, sino que deberíamos pensar hasta qué punto la exclusión social de las personas mayores no es una negación de su existencia.

“La vejez en Argentina se viene brava. Salvo en CABA, no hay equipos que trabajen situaciones de maltrato a personas mayores: esto es significativo”, advierte Carla de Luca, docente, psicóloga e integrante del área de Tercera Edad en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, en diálogo con Feminacida. Porque además, la discriminación que sufre una persona por ser considerada “vieja” (u obsoleta para los valores del capitalismo feroz en el que estamos inmerses), pueden sumársele otros factores de discriminación que se solapan y generan “peores condiciones para el envejecimiento”. Por ejemplo, empeora el escenario para una persona si sufre discriminación por ser mayor y, además, es discriminada por su género, clase social, nivel educativo, salud, entre otros.

En términos de género: ¿cómo impacta en envejecimiento en mujeres y varones? Más allá de que la de edad mínima para jubilarse es diferente en ambos géneros, solo acceden a la jubilación quienes cumplan con el requisito de tener suficientes años de aportes. Por ejemplo, el trabajo en el hogar no es reconocido, así como el resto de los trabajos informales.


Crédito: Victoria Eger

Si 7 de cada 10 personas pobres son mujeres y si las mujeres viven más años en promedio que los hombres, entonces no solo hay una feminización de la pobreza, sino que se es más pobre como mujer durante más años. En el caso de los varones, la vejez atenta contra los pilares del mandato machista de ser fuertes, viriles y proveedores. También podemos reflexionar qué lugar queda para una sexualidad no reproductiva (que ya no tiene la capacidad de reproducir la futura fuerza de trabajo que mueva la maquinaria capitalista) después de la menopausia: ¿qué pasa con la sexualidad en las personas mayores? ¿Por qué no hay ESI (teniendo en cuenta sus 5 ejes) para las personas que ya no se encuentran en una etapa (re)productiva?


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Las violencias son múltiples y simultáneas

A la violencia hay que reconocerla para poder enfrentarla. Por eso, se hablará de tres tipos: la estructural, la institucional y la interpersonal (física, sexual, psicológica, económica/patrimonial). Es estructural porque faltan políticas transversales y presupuesto que apunten a integrar a los grupos oprimidos. En este caso, a las personas mayores. Además, existe una gran discriminación por motivos de edad: el edaismo o viejismo es el conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminaciones que aparecen en los discursos políticos, mediáticos y cotidianos, y que se aplican a “les adultes mayores” simplemente en función de su edad. Particularmente, pasa inadvertido y está totalmente naturalizado, a diferencia de otros motivos de discriminación donde aparece un odio explícito (por motivos religiosos, racistas, machistas). En general prima una aceptación social de la visión negativa del otro: “el viejo”.

El cambio tiene que ser colectivo y la toma de conciencia, intergeneracional. Porque esta es una mirada que tenemos y perpetuamos todes con respecto a las personas mayores. Es una manera de vincularnos (o no) y de (no) conmocionarnos por la insatisfacción de sus necesidades básicas: la falta de acceso a las prestaciones de salud, la precarización de las obras sociales y prepagas, las jubilaciones indignas, la violencia institucional perpetrada por los hospitales, geriátricos e instituciones estatales.

Si hablamos de PAMI hoy, tenemos que mencionar la dificultad para conseguir medicación, turnos y que se cortaron las prestaciones para internaciones domiciliarias. El subsidio que ofrece PAMI para cuidadoras y enfermeras es de $8 mil, entonces, hay tareas de las que une no se jubila nunca: el cuidado de les otres, sigue recayendo en las mujeres (muchas veces también mayores) de la familia.

Con respecto a los trámites, hay que pensar en la demora y la burocracia en la atención a adultes mayores en bancos, supermercados e instituciones del Estado: no hay respeto, no se les ayuda. ¿Qué pensar sobre la atención deshumanizada, sin paciencia y sin comprensión de las necesidades? Además, actualmente el analfabetismo digital y la falta de acceso a un celular deja afuera a mucha gente: no todes tienen computadora, celular o internet, y no todes dominan la virtualidad. Es otra forma de maltrato: quien no sabe manejar la tecnología, no puede hacer trámites, reclamos, sacar turnos. Quedan automáticamente supeditades a una tercera persona que pueda ayudarles.

Por otro lado, en muchos geriátricos hay una gran despersonalización (se desatienden las particularidades de cada caso), infantilización (se trata a les adultes como niñes y se les despoja de su intimidad y capacidad de decisión), y daño físico y psicológico (se les ata y polimedica para que estén tranquiles).

Finalmente, la violencia interpersonal tiene varias formas: obligar a la persona a ingresar a un hogar, administrar sus bienes sin su consentimiento, y ejercer violencia física y psicológica. El maltrato en la vejez se da en un 90 por ciento de la mano de familiares cercanos. ¿Por qué se perpetúa el maltrato hacia los adultos mayores en el ámbito doméstico? Por un lado, existe una dependencia física y emocional de la persona mayor, sumada a sentimientos de culpa y vergüenza. Por otro, el temor a represalias y a la ruptura de relaciones afectivas, y la consecuente institucionalización (en caso de denunciar o romper el vínculo).

También hay una naturalización del maltrato bajo creencias tradicionales como sostener que “los trapitos sucios se lavan en casa”, que tiene que ver con una indefensión aprendida. Algunos indicadores de violencia son: heridas sin explicación, calvas en el cuero cabelludo, viejos y nuevos hematomas en simultáneo, etc. Pero hay otro tipo de maltrato, por omisión: el abandono o negligencia por parte de les encargades de acompañar a la persona mayor y se manifiesta en un estado de higiene personal deficiente, mal estado de conservación de sus prótesis (anteojos, audífonos, dentaduras), desnutrición, enfermedades no tratadas, ropas inadecuadas. Nadie quiere llegar así a la vejez.  


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Envejecer con otres es posible

Aunque Argentina ratificó la Convención Interamericana sobre derechos de las Personas Adultas Mayores, este escenario de maltrato vulnera diferentes derechos: a la igualdad y a la no discriminación por edad, a la vida y la dignidad en la vejez, a la independencia y autonomía, a la participación e integración comunitaria. Pero sobre todo: los derechos a la seguridad y a una vida libre de violencias: a no ser sometide a tortura ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Son derechos básicos, pero que se encuentran invisibilizados en el caso de les adultes mayores. Hay un concepto que es el de “derechos cancelados” que aparece cuando pensamos en una vejez sin aspiración de futuro, que no puede valerse por sí misma: como si ya no fueran personas.

Hacen falta redes de contención y acompañamiento. En las grandes ciudades hay muchas personas solas, sin familia y sin red. No hay programas de seguimiento sobre cómo están. ¿Qué herramientas hay para acompañar ese tipo de situaciones? Una estrategia es el co-housing: un programa de inclusión que se les sugiere a los Estados para integrar a les adultes mayores. Un modelo de vivienda colaborativa pensada para adultes de la tercera edad por fuera de las instalaciones tipo geriátrico, para envejecer comunitariamente. Vivir con otres, cuidarnos entre todes. En términos de cuidado y tal como concuye la psicóloga Carla de Luca, quien también participa de la Asociación Civil Años – Espacio Gerontovida: “Hay diferencias regionales en las necesidades, las comunidades y los lazos. En un lugar chiquitito por ahí una persona está más atendida y acompañada. Un vecino avisa si pasa algo: hay otras redes armadas como para aprender”.


Recursos de asesoramiento y contención

Línea 144 – Línea del Gobierno Nacional para la atención, asesoramiento y contención en situaciones de violencia de género. Es gratuita, funciona las 24 horas, todos los días y en todo el país. También es posible comunicarse por WhatsApp al 1127716463, por mail a linea144@mingeneros.gob.ar o descargando la app.

Programa Proteger – Un dispositivo de la Secretaría de Bienestar Integral del Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires brinda contención psicosocial, apoyo emocional, asesoramiento legal, acceso a justicia y un lugar de resguardo en situaciones de riesgo de vida.

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Filósofa egresada de la UBA, feminista, militante por los derechos humanos y especialista en Políticas Públicas y Justicia de Género. Trabaja como docente.

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