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Marilina es poderosa

Marilina Bertoldi llenó el Luna Park. El mismo público que la sigue hace años, al que se arrojó en el final de espectáculos anteriores, esta vez la vio montar a caballo, tocar con una invitada de lujo, interpretar una canción de Shakira y morir en el escenario. ¿Qué importa si el rock vive o se murió, mientras la Jefa siga teniendo los micrófonos prendidos? 


“Es martes pero yo sigo viviendo en el domingo”, dijo Lula Bertoldi en la descripción de un carrusel con fotos del tremendo recital de Marilina Bertoldi en el Luna Park. Ella seguramente no sea la única todavía conmovida por la energía estruendosa que sacudió al teatro días atrás. Es imposible que así sea, porque de hecho ninguna persona mínimamente sensible pudo haber presenciado semejante ritual sin ser atravesada por esa vibración. 

“Lo que hizo Marilina recién en el Luna quedará para siempre como un hito tanto en su historia como en la de todxs lxs que la admiramos”, afirmó su hermana terminado el recital y con gran razón, aunque tal vez se haya quedado corta, porque Bertoldi llenó un estadio de feministas y dio luz verde a un pogo de lesbianas listas para adueñarse del rock. 

Desde antes del lanzamiento de Mojigata, su último disco publicado recientemente, el mundo entero estaba avisado. “¿Querían rock? Bueno acá lo tienen”,  dijo y parió una obra maestra. A pesar de que siempre confiesa no ser una gran estratega para difundir su trabajo, el público de la artista ratificó su fidelidad y una vez más dejó claro que el rock es de las pibas. El domingo 19 de junio se escribieron nuevas páginas en el libro de la música argentina y latinoamericana, la diferencia es que son otras las manos que escriben y esta vez las firma una de las lesbianas más disruptivas de los últimos años. 


Ninguna mojigata  

Aunque es innegable que este recital torció aún más el rumbo de la historia de la música, no es la primera vez que Marilina Bertoldi se despoja de la mojigata que, así como ella, más de una lesbiana adoptó para sobrevivir en un mundo donde existir está mal visto. De hecho, en el 2022 se cumplieron tres años desde que la artista estalló el Teatro Flores, aquel 14 de junio del 2019 temblaron las paredes del templo del rock y cayeron los cuadros de unos cuantos históricos con más prontuario que talento. 

Del mismo modo vibraron el domingo las butacas del Luna, tanto cuando se encendieron las guitarras de La Cena, como cuando la Jefa —como fue bautizada por quienes la siguen— anunció: “Ahora voy a hacer una canción de una artista que hizo historia en la música de Latinoamérica”, y tocó Inevitable de Shakira mientras desde el techo llovía nieve. 

El frío húmedo de la Capital Federal fue el mismo que el de hace tres años, pero el calor que enciende a esta escena musical que viene desde más abajo que cualquier sótano, es cada vez más intenso. Y, como si no fuera suficiente, la rockstar a la que Marilina libera cada vez que pisa un escenario prende fuego todo lo que alcanza. 

Romper una guitarra y cagarse en una idea

Si el show hubiera sido una película o una obra de teatro en lugar de un recital único, cualquier detalle revelado sería un spoiler imperdonable. Por el contrario, el carácter irrepetible de semejante montaje lo convierte en un relato obligatorio en tanto histórico. 

Marilina ya había adelantado que este no sería un espectáculo más, con todo el despliegue que la obra merece y un final épico. Aunque nadie imaginó que a mitad del espectáculo montaría una escena por la imaginación de todo el público: cantó Rastro sobre en un caballo blanco de carrousel. ¿El corcel más codiciado del mundo lesbiano? Tal vez. La pregunta es ¿qué puede ser más increíble que Marilina Bertoldi cabalgando entre el humo del escenario, con el viento en la cara y la voz encendida?

Este recorte casi psicodélico del recital pareció quedar en segundo plano cuando Lula Bertoldi se subió a las tablas para tocar con su hermana “¿O no?” e “Y deshacer”. El personaje que Marilina mantuvo durante la mayor parte del show, esa mujer poderosa y explosiva que da vida a sus canciones, se retiró unos segundos cuando al final de la participación de Lula terminaron ambas arrodilladas sobre el escenario, atadas en un abrazo tierno. Antes, la cantante y guitarrista de Eruca Sativa había acariciado con su guitarra en un gesto como de bendición la de las otras dos músicas que acompañaron a la estrella de esa noche. 


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Afilando cuchillos

Mientras la artista realizaba todo el despliegue de su obra el público hizo lo suyo. Ni el metalero más encuerado le movería ni un pelo a una masa que, con las banderas del orgullo en el aire, se ocupó de configurar otro pogo: uno seguro pero no menos explosivo. No pasaron muchos temas hasta que la propia Marilina tuvo que parar de tocar para que la seguridad pudiera sacar a algunas personas de ese enredo. Hacia el final del recital esa marea no hizo más que crecer. 

Así como en el Flores de 2019 MDMA fue la canción que abrió la noche, en esta ocasión cerró el espectáculo y fue el último suspiro de la artista sobre el escenario. Justo antes de que la música se cortara, Marilina arrancó una guitarra atascada en una piedra al costado del escenario, como si fuese la elegida para cargar la espada. Con los últimos acordes de esta canción estalló el instrumento contra el piso y segundos más tarde, con el cuerpo cubierto de sangre, cayó desvanecida. Así la sacaron del escenario, el resto fueron aplausos eternos.  

Fotos: Julieta García

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Nació en La Plata en 1992. Estudia Periodismo y Comunicación Social en la Universidad de La Plata. Casi jugadora de fútbol y activista lesbiana.

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