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María Esther Correa, sin memoria no hay Ni una men...

María Esther Correa, sin memoria no hay Ni una menos

“Cuando mi mamá falleció tenía tres nietitas. La hija de mi hermana más grande, después mi nena, que iba a cumplir cinco años, y la más chiquita. Y siempre nos jodía diciendo ‘¡ay, me dan todas nenitas! ¡Quiero un varón!’ Era su sueño”.

Verónica Cárdenas es una de les cuatro hijes de María Esther Correa. Su mamá tenía 45 años cuando fue víctima de un femicidio a manos de su ex pareja, Ariel Acevedo, en 2018. Estaban separados hacía un mes, pero él la manipuló diciéndole que estaba enfermo para que fuera a ayudarlo a su casa, la mató y luego se suicidó.

Dos meses después, su hija más chica tuvo a Ramiro, que hoy tiene casi cuatro años. “Es igual a ella. Alegre, compañero, habla hasta por los codos. Es todo lo que era mi mamá”, recuerda Verónica. A pesar de haber logrado la cadena perpetua, para su familia la lucha continúa.


Una semana antes del crimen, María Esther se había mudado a la casa de Verónica, en el partido de Ituzaingó, provincia de Buenos Aires. Su hija se enteró del motivo a través de su madrina: Ariel Acevedo la había amenazado de muerte. Le dijo que si quería, la mataba a ella, se mataba él y “se acababa todo”. Aunque se habían separado hacía un mes, la mujer no solía dar detalles sobre la violencia que sufría, o prefería mentir, porque tenía miedo de que su familia hiciera la denuncia.

Verónica repasa las primeras señales que encendieron las alarmas entre sus hermanes e identifica un patrón. En un principio, su mamá dejó de usar jeans y botas porque a él no le gustaba su forma de vestirse. “Mostró la hilacha”, dice. Después, empezó a ausentarse del baile con sus amigues y cada vez les hablaba menos. Ya inmersa en su manipulación, un día no volvió a salir sola a la calle.

“En un momento casi no se veía con ninguno de nosotros. Me la aisló totalmente —recuerda su hija—. A mi casa venía porque la traía él y yo la recibía igual, pero a mis hermanos ya les molestaba. Ella se ponía mal porque decía que todos le dábamos la espalda, que quería tener una pareja normal y que él no era malo. Te soy sincera, con una mano en el corazón, yo hacía todo porque ella me dijera ‘bueno, voy a visitarte’”.

Hubo dos episodios en los que se animó a confrontar a su mamá abiertamente: una mañana, cuando María Esther volvió del baile con un ojo golpeado y se excusó con que le había pegado una mujer, y un día en el que Acevedo la salpicó con el agua del mate y le quemó las piernas. Verónica le dijo que tenía que denunciarlo, pero la respuesta que obtuvo fue que él no la iba a lastimar.

“La realidad es que mi mamá lo quería y pensaba que ella iba a poder cambiar sus actitudes violentas con amor. Todo lo que le pasó y padeció fue por buena, por querer hacer un acto de ayuda”.


Después de muchas idas y vueltas, María Esther logró separarse en julio del 2018. Para entonces, Acevedo ya la había hostigado, amenazado y perseguido con el auto en distintas oportunidades. Pasó tres semanas viviendo en su casa de toda la vida, y finalmente se refugió con Verónica, donde por unos días no tuvo más señales de él.

Pero el viernes siguiente decidió volver a su hogar, donde estaba viviendo con su hijo, y el sábado 18 de agosto su ex pareja volvió a contactarla para “pedirle ayuda”. Le aseguró que estaba engripado y que, aunque vivía con sus dos hijas, necesitaba que le llevara ibuprofeno hasta su casa, en Tortuguitas.

María Esther no estaba convencida de ir. “Como sospechaba, le preguntó a la hermana de él, que vivía en la casa de enfrente, y ella la convenció de que fuera. Fue cómplice, al igual que toda su familia. A mi mamá le terminó ganando lo generosa y buena que era y se acercó”, explica Verónica.

Acevedo la esperaba con una intención clara. Cuando llegó, la mató e intentó suicidarse. Pero fue su propia hija de 9 años, que estaba presente, la que llamó al 911 haciéndose pasar por una vecina y denunció que “el vecino estaba matando a su mujer a puñaladas”. Aunque la mujer falleció casi al instante, su agresor quedó internado en terapia intensiva y sobrevivió.

“Seguramente mi mamá fue a hacerle ese té que él quería que le hiciera, o a llevarle la pastilla que quería que le comprara. Por más miedo y con todo lo que había vivido, no hizo más que querer ayudarlo. Y le jugó una mala pasada porque él tenía todo preparado. Como quien dice, Dios es justo y lo dejó pagando en carne propia”, sostiene su hija hoy, casi cuatro años después. 



Ariel Acevedo fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua hace apenas un mes. Hasta ese momento, la familia de María Esther fue sometida a un proceso largo, desgastante y cargado de impedimentos para acceder a la justicia. De hecho, estuvieron representades únicamente por la fiscal Amalia Belauzarán, de la Unidad Funcional de Instrucción (UFI) 18 de San Martín, con quien están profundamente agradecides.

Originalmente, la fecha estipulada para el juicio era en el mes de noviembre del 2019, pero la misma se pospuso por falta de jurados. Antes de que pudieran volver a fijarla, la pandemia por COVID-19 impactó en nuestro país y dejó el caso en pausa.

“Nosotros nunca habíamos perdido a ningún ser querido y nos encontramos con que no entendíamos nada”, detalla Verónica y agrega: “No sabíamos de qué se trataba un juicio, cómo iba a ser, si lo íbamos a ver. Sufrimos un montón con el tema”. Si bien la espera se hizo “eterna”, según describe la propia familia, Belauzarán les acompañó durante todo el camino, “trabajó con el corazón” e “hizo valer a su mamá”.

El otro gran soporte fueron las agrupaciones de la sociedad civil que se les acercaron para ofrecerles su ayuda. Desde Fortalecidos por el Dolor y Atravesados por el Femicidio, dos colectivos de familiares de víctimas fatales, les explicaron a dónde tenían que ir, qué tenían que hacer y a qué estrategias podían recurrir para lograr visibilidad en los medios de comunicación.

“No sabíamos que ni podíamos pegar un afiche, no sabíamos nada. Lo único que se nos había ocurrido para pedir justicia era hacer una página de Facebook. Y ellos nos orientaron muchísimo”, cuenta Verónica. “No solo te apoyan todo el tiempo en lo emocional, sino que te acercan información que una persona que no está todo el tiempo ahí no tiene. Muchos nos apoyaron el día del juicio, estuvieron ahí con nosotros. Yo sé que es difícil, hasta a mí se me hace difícil hacerme un lugar para estar ahí. Se ponen la camiseta con vos”.


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Después de años de lucha, la condena de Acevedo es una “tranquilidad” para la familia de la víctima. “Aunque nadie nos devuelve a nuestra mamá”, advierte su hija. Pero también coinciden en que su historia “no termina acá”.

“Sentimos tanto apoyo con esas asociaciones que nuestra forma de agradecer es estar para acompañar a otras personas que pasan por lo mismo, devolver todo lo que nos apoyaron”, concluye Verónica. “Uno quiere que ella descanse en paz, pero también seguir manteniendo la luz de ella, que es lo mínimo que se merece y merecía como mamá. Seguimos luchando para que esto no se olvide y no vuelva a pasar”.


Esta nota forma parte de Sin memoria no hay ni una menos, un especial de Feminacida que intenta reparar la ausencia de aquellas mujeres asesinadas por razones de género. Entre ellas, Verónica Soulé, Celeste Luna, Marianela y María Laura Rivera.

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Editora y tallerista en Feminacida. Responsable de Comunicación de Lectura Mundi en la Universidad de San Martín (UNSAM) y creadora de contenidos para redes sociales. Fue redactora en Diario Con Vos, editora en Revista Sudestada y colaboró con distintos medios de comunicación. Co-coordinó el podcast de Feminacida. Estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.

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