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Madres, 45 años

Era 30 de abril de 1977 y las Madres habían decidido juntarse en la Plaza de Mayo. Eran apenas algunas pocas con la idea de reunirse, de verse las caras, de sentirse en compañía. Sentadas en la plaza, se encontraron. Un policía las vio a todas juntas, les indicó que el país estaba bajo estado de sitio y que ahí no podían quedarse. “Marchen, caminen”, les ordenó. Las mujeres le hicieron caso y marcharon. Los brazos entrelazados hicieron la ronda. Unas con otras, todas juntas caminaron con la mirada hacia delante. Cuando nadie salía, cuando todos callaban y miraban al costado, unas locas decidieron alzar la voz.

Los pañuelos blancos llegaron meses después en una peregrinación a Luján a modo de identificación entre ellas mismas. En realidad, no eran pañuelos, eran pañales: los de sus hijes, que estaban desaparecidos. El símbolo las igualó, las hermanó y las fundió en una misma lucha. Irreverentes, “locas”, como les dirían, y poderosas, ellas corrieron todo límite de tiempo y espacio cuando decidieron desafiar al poder. En esta nota, nuestro homenaje a algunas de ellas.


Esther fue secuestrada y torturada en la última dictadura cívico eclesiástica militar. Nació en Uruguay y creció en Paraguay, donde se graduó como doctora en Farmacia y Bioquímica. Se exilió en Argentina tras la instauración del régimen militar en el país limítrofe y tuvo tres hijas. En 1976 secuestraron a Ana María, una de ellas, embarazada de tres meses. Esther intensificó su búsqueda y se unió a otras mujeres en la misma situación. Hasta que el 8 de diciembre de 1977, se presentó en la organización un joven que buscaba a un hermano. En la iglesia Santa Cruz se estaba desarrollando una reunión de madres y militantes donde redactarían una solicitada para publicar en el diario La Nación. A la salida la secuestraron a Esther junto a María Ponce. El muchacho infiltrado era el genocida Alfredo Astiz.


Azucena buscaba a su hijo Néstor y a su nuera por cárceles y ministerios. No podía encontrarlos, no había registros en las listas. Fue una de las mujeres que estuvo en la primera ronda de madres, su fundadora: fue ella quien, ante la orden de circular, hizo marchar a sus compañeras de dos en dos alrededor del monumento. El operativo que secuestró a diez personas en la iglesia Santa Cruz, terminó con la detención de Azucena en su casa de Sarandí durante la mañana siguiente. En 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó sus restos. Habían sido enterrados como NN en el cementerio de General Lavalle desde diciembre de 1977, tras hallarlos en las orillas de San Clemente del Tuyú. En ese momento nadie hablaba de los vuelos de la muerte.


Desde que se llevaron a los chicos, Hebe nunca más paró de pensar, de escribir, de hacer. Busca a sus dos hijos: Jorge y Raúl. Sin embargo, mucho antes de luchar por ellos y por los 30 mil, Hebe de Bonafini ya practicaba la primera de las consignas de la Asociación que hoy conduce: socializar la maternidad. A sus 24 años, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo amamantó a una beba que no era su hija para salvarle la vida. En 1952, durante una epidemia de poliomielitis, la hija recién nacida de una vecina de Hebe había contraído esa enfermedad y el doctor sugirió que la mejor opción para protegerla era la leche humana. Como la mamá no tenía, accedió a alimentarla durante varios meses. Hoy no lo recuerda como un acto heroico, sino como un acto de humanidad y de entrega por el otro. Pero fundamentalmente, como un acto de amor.


Le gustaba jugar a las cartas y tenía jaquecas recurrentes. El 15 de septiembre de 1976 un grupo de tareas secuestró a Alberto, su hijo menor. A sus 64 años, Cota salió a la calle a pedir por su aparición y nunca más volvió a tener dolores de cabeza. Doblaba el pañuelo en tres partes iguales y lo ponía en una bolsa. Usaba cartera con correa larga donde guardaba su billetera, un labial, un espejo y el documento. A los 94 años, Cota le pidió a los hijos que la lleven a la ronda de los jueves a despedirse. Las fotos de la plaza que le había llevado Hebe adornaron las paredes de su cuarto hasta su último suspiro.


Buscaba a su hija Cristina. Chela empezó a ir a las marchas de los miércoles en La Plata. Vivía en Lomas de Zamora y llegaba a la plaza en camión o en lo que podía. Después de hacer trámites, se calzaba el pañuelo y ya se sentía diferente, acompañada. Cuando se enfermó no quería estar en la cama, sino en la plaza. ¿Será que por su obstinación no tuvo tiempo de preguntarse por qué nunca aflojó?


Que la recuerden viva, pidió en un entrevista. Elsita o la dulzura caminando, según sus compañeras. Nunca faltó a la plaza. En la Casa de las Madres era la encargada de poner la mesa: platos, cubiertos, vasos iguales y la mantelería en composé. La mejor cebadora: el mate de la tarde lo preparaba ella. Elsa podía tener alguna dolencia, pero cuando llegaba a la plaza se le pasaba: la búsqueda de la verdad sobre su hijo Daniel y su nuera primaba. A pesar de estar muy enferma, siguió yendo a la plaza hasta pocos días antes de su muerte.


Juanita fue a la Casa de las Madres hasta que cumplió sus 101 años, sin faltar un día. Escribía a máquina y traducía inglés. Buscaba a su hijo Alberto. A sus 91 reconoció que había perdido la noción de muchas cosas, pero que había un compromiso de por vida que no se podía parar. Fue junto ahí cuando dijo: “Llevamos 1850 jueves marchando sin parar”. Todo está guardado en la memoria.


Buscaba a su hija María Marta, militante de la JP que trabajó en comunidades mapuches de la Patagonia y en una villa del Bajo Flores. Emilia, una amiga, le comentó que había mujeres que se reunían en la plaza los jueves y se animó a ir. Marta estaba sentada en una mesa frente a Azucena. “Si a mí me pasa algo, ustedes siguen”, le dijo vehemente. Falleció en 2017 a los 90 años siendo la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.


La picardía que hoy conserva Norita en la voz la llevan a contar la historia de la mascota que tuvo cuando era una niña: un chancho al que llamó “Violeto”. ¿Habrá sido la elección de ese nombre la primera premonición de pronunciamiento mundial, de un grito de esperanza y justicia, un presagio feminista? Norita lleva el pañuelo blanco, el pañuelo verde y una foto de su hijo Alejandro colgada en el pecho. En las marchas siempre está detrás de las banderas. Por las mujeres kurdas, las zapatistas. Por el aborto legal, seguro y gratuito. Junto a las madres de víctimas de gatillo fácil y de abuso sexual en la infancia. Su conciencia política y feminista se sigue ampliando hasta el día de hoy: tiene 92 años y está en todos lados.


La marcha del 24 de marzo de 2021 no se hizo en la plaza por la pandemia. Desde la ventana de su casa, Taty recita “Bésame, bésame mucho”, un tema que le cantaba su padre en la infancia mientras lo pasaba en el disco de pasta. “Que tengo miedo a perderte, perderte después”, sigue. ¿Será que también la susurra por las noches cuando duerme? Busca a su hijo Alejandro y todavía tiene el sueño de que se lo devuelvan, porque cada día lo extraña más.


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