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Las Madres: una raíz del feminismo

Las Madres: una raíz del feminismo

Es imposible pensar al movimiento feminista actual desvinculado de la historia de las Madres y Abuelas de Plaza de mayo. Los pañuelos, marca imborrable de esta lucha, lo dejan en evidencia. La fuerza arrolladora de esas mujeres fue la semilla que floreció con pañuelos verdes colgados sobre el cuello. A 44 años de su primera ronda en Plaza de Mayo, proponemos repensar ¿qué sería de las pibas sin su ejemplo? Sus raíces se arraigaron y hoy hay tierra fértil para sembrar.

Era 30 de abril de 1977. Las Madres decidieron juntarse en Plaza de Mayo. Eran apenas algunas pocas con la idea de reunirse, de verse las caras, de sentirse en compañía. Sentadas en la plaza, se encontraron. Un policía las vio a todas juntas, les indicó que el país estaba bajo estado de sitio y que ahí no podían quedarse. “Marchen, caminen”, les ordenó. Las mujeres le hicieron caso y marcharon. Los brazos entrelazados hicieron la ronda. Unas con otras, todas juntas caminaron con la mirada hacia delante. Cuando nadie salía, cuando todos callaban y miraban al costado, unas locas decidieron alzar la voz.

Los pañuelos blancos llegaron meses después en una peregrinación a Luján a modo de identificación entre ellas mismas. En realidad, no eran pañuelos, eran pañales: los de sus hijxs, que estaban desaparecidos. El símbolo las igualó, las hermanó y las fundió en una misma lucha.

Quien evoca a un pañuelo blanco, también lo hace con uno verde. Si se piensa en un arquetipo de mujer argentina y empoderada es inevitable imaginar que ese ejemplo sería el de las Madres. Irreverentes, “locas”, como les dirían, y poderosas, ellas corrieron todo límite de tiempo y espacio cuando decidieron desafiar al poder.

Con la mirada en el futuro

El enemigo estaba ahí, enfrente, en la Casa Rosada y también las había mandado a secuestrar. Ellas siguieron. La mayoría eran trabajadoras del hogar, jóvenes de la clase media que nunca habían estado involucradas en política hasta ese momento. “Al otro jueves nos pusieron policía como para la guerra, hasta en los árboles, con ametralladoras apuntando para abajo, pero igual nos quedamos. Nos golpearon, nos pusieron perros, pero igual dijimos que no podíamos dejar de ir, y que esa plaza había que conservarla porque era la lucha, porque era el futuro, porque ahí sentíamos que sí era una manera de recuperar esto que tanto queríamos que era tener un estado de derecho o constitucional”, declaró Hebe de Bonafini, una de las fundadoras de la organización, el 6 de julio de 1988 en una conferencia de prensa.

Para ese entonces, el feminismo era otro y la conjunción con la Madres no fue fácil. La unión llevó su tiempo, hubo un largo camino deconstrucción por el cual ellas mismas se sintieron interpeladas. El punto de unión entre ambos movimientos: los derechos humanos. “Lo personal es político”, diría la teórica Kate Millet y ese sería el lema feminista de los años 70’.  

Romper con los mandatos sería el anclaje ideal para tratarlas de locas por salir de la casa, revelarse, y pelear contra un gobierno que les había quitado a sus hijos e hijas. La furia las enfrentó con la Dictadura, con los militares, con los cementerios y con la iglesia. El mensaje del régimen militar durante los años que duraría el golpe hizo hincapié en la desvalorización de la mujer como uno de sus puntos patriarcales más poderosos. Venían a reforzar el estatus quo de los varones y ellas, sólo con apoyar un pie sobre la plaza, lo ponían en cuestión.  

Los encuentros y las Madres

En mayo de 1986 se gestó el Primer Encuentro Nacional de Mujeres, donde estarían las Madres en carácter individual debido a que el derecho a abortar aún no era de consenso general. El contexto era en democracia, pero con la disputa por los derechos aún en auge. La patria potestad todavía era de los hombres, el divorcio no era legal e Hilda Nava de Cuesta, estudiante detenida por el régimen, todavía era una presa política. Entre las pocas valientes que se animaron a participar del primer ENM estaba Nora Cortiñas y otras tantas feministas de la época como Liliana Daunes, Claudia Korol, Mabel Belucci, entre otras.

La violencia sexual en el cuerpo de la mujer se había estampado como un sello de demostración de poder entre 1976 y 1983. La violación, como acto de tortura, aún no se identificaba como parte del accionar siniestro del Terrorismo de Estado. El acto de violar formaba parte del “Disciplinamiento del género” que el gobierno de facto quería imponer, y que no sólo aplicaba para las mujeres sino para cualquier persona que se “desviara” y no respondiera a los géneros binarios cis heteronormativos.

¿De qué se habla cuando se piensa en esta lucha a través de los años y los distintos momentos políticos? De las Madres que representan la fuerza para ir contra todo y de sostener esa lucha en el tiempo. La misma fuerza que luego le llegó a las piqueteras, a las cartoneras, a las sindicalistas y las feministas de la actualidad. Del empuje que inspiró a más de una cuando el cuerpo pedía un descanso. Del empoderamiento cuando había que salir a pelear para poner el pan en la mesa. La voz y la inspiración que atravesó tantos años y que se hace presente en cada Paro Internacional de Mujeres, en cada Ni Una Menos, en cada derecho por ganar. 

Foto y texto: Micaela Arbio Grattone

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Co-directora, tallerista y editora de Feminacida. Periodista egresada de ETER, Escuela de Comunicación y fotógrafa de la Escuela Nacional de Fotografía. Trabajó como editora en Revista Sudestada. Compiló, junto a Agustina Lanza, el libro Ahora que si nos ven. Fue productora en Radio Con Vos y formó parte del equipo de La Hoguera Violeta, programa de Radio La Retaguardia. Coordinó talleres de feminismo y espacios de educación popular en el barrio 31 y en el 21-24.

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