La vuelta de las rodillas raspadas

Un toldo azul cubre la superficie de toda la cancha. En la entrada del predio, una mesita de plástico con un mantel rojo sangre sirve como recibidor. Ahí espera Tuto, el encargado, con un cigarrillo en una mano y el termómetro en la otra. Pecha, que se puso al hombro la organización del torneo relámpago, es una de las primeras en llegar a pesar de que son apenas las 10 am y Champions, su equipo, juega recién pasado el mediodía. En el medio de la cancha, la pelota espera inmóvil sobre la línea blanca.

  A medida que llegan las pibas, el pasillo ancho entre el alambrado que rodea el césped y los vestuarios se llena de bicicletas. Tuto delega la tarea del termómetro en alguien más para encargarse de la parrilla. Minutos después llega Tati, que trae colgando del manubrio de la bici una bolsa con bebecito, el parlante mediano que va a acompañar con música toda la jornada. A las 11 se larga el primer partido y empieza el torneo.

A lo largo del día los equipos se trenzan en encuentros que duran dos tiempos de 20 minutos. Lejos de ser un evento tradicional, la imagen es un símbolo en sí misma. La pelota enredada entre los botines pegados con cinta, la mirada cómplice para articular una pared, el pelotazo para despejar, un bombazo al arco, el abrazo de gol. ¿Cuántas de estas pibas habrán sido la niña que espera al borde de una cancha para entrar a un partido de pibes? ¿Cuántas habrán sido parte de algún cumpleaños infantil donde la cancha era para los varones, teniendo que enterrar el deseo de jugar entre las bolas huecas del pelotero? ¿Cómo se resignifica un deporte que les fue arrebatado por el simple hecho de ser mujeres?

En el fútbol de las pibas se disputa mucho más que el resultado. El acto de jugar, de construir a partir del espacio conquistado, es la respuesta de una generación que de niñas no tuvo lugar en los potreros, porque los vestidos siempre resultaron incómodos para barrerse y evitar el corner. Hoy en la cancha hay más de diez jugadoras, porque atrás de esa pelota corren todas las que tuvieron que quedarse afuera cuando el fútbol era patrimonio de los hombres.

Pasan las horas, y el fresco de la tarde empieza a suavizar el calor del verano inminente. Entre el toldo y el césped sintético el viento flamea una bandera del orgullo que cuelga en el alambrado, pero no alcanza para secar las camisetas de las pibas, empapadas después de cuatro partidos. Al costado de la cancha Dory, ya sin los guantes que empujaron al corner más de una bola que se metía en ángulo, sube el volumen de bebecito al máximo y “Eye of the Tiger” decreta el duelo: empieza la final.

A medida que avanza el encuentro, la música que al principio insinuaba un partido picado entre Todas menos una y Santa Juana cambió de frente y reveló el guiño. La final se jugó al ritmo de Britney y Cachitas Now. Cada pelota disputada con fuerza, incluso alguna que otra patada sancionada, terminó en una disculpa y apretón de manos. La violencia naturalizada, que muchas veces es concebida como inherente al deporte de contacto, no encontró lugar para filtrarse ni si quiera en las jugadas más discutidas.  

Para las pibas en cada pelota se juega más que un par de puntos. La victoria pasa a segundo plano cuando el hecho de pisar la cancha sigue siendo un acto de rebeldía. El carácter revolucionario no se encuentra solamente en la práctica del fútbol femenino, sino también en la construcción de un deporte inclusivo, que sea a la vez espacio de discusión y lucha. Las rodillas raspadas son una respuesta política ante el mandato de la femineidad, que obturó el deseo de muchas pibas que, lejos de conformarse con el permiso para jugar y una palmadita en la espalda, van por todo.

La tarde se apaga, los reflectores alumbran los últimos minutos de un partido áspero, rasposo, peleado hasta la última bola. En el medio de la cancha la Huevo se queda con un rebote y abre la pelota para la Pitu, que recibe a la izquierda del área, se la lleva con la derecha y con la misma pierna saca un remate potente al ángulo de abajo. Tapada por las defensoras, Lucila, encargada de arbitrar el encuentro, no la ve entrar y cobra saque de arco. La jugada planta una polémica que condimenta el ocaso de la jornada, el aire se tensa. Si fue o no fue lo sabrán la arquera y la delantera. Afuera, la tribuna espera la definición de un tres a tres que obliga a bajar la música. Bebecito queda a un volumen moderado, y las charlas se convierten en susurros. Faltan pocos minutos cuando la pelota se pierde en el fondo. La China corre a tirar el corner, acomoda la pelota mientras levanta la cabeza cuando la ve entrar a Clota, que le marca el pase rápido. Clota la roza y por la izquierda entra Moral, que sacude un derechazo al medio del arco para marcar el cuatro a tres definitivo. Minutos después termina el partido, y el equipo que lleva una simbólica pechera verde se consagra campeón.


Nació en La Plata en 1992. Estudia Periodismo y Comunicación Social en la Universidad de La Plata. Casi jugadora de fútbol y lesbiana.

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