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La guerra no tiene rostro de mujer

La guerra no tiene rostro de mujer

“Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida”. 

Un día cómo hoy, pero hace 80 años, la Alemania nazista invadió la Unión Soviética. El nombre en clave de la acción fue “Operación Barbarroja”. Para Adolf Hitler, anexar territorios ajenos formaba parte de su plan de crear “el gran imperio alemán”. El dictador alemán creía que sus tropas derrotarían en pocos meses al Ejército Rojo. Pero fue el principio del fin de uno de los regímenes autoritarios más sangrientos de la historia. Las mujeres soviéticas participaron activamente de la resistencia armada, tanto militar como clandestina, al régimen nazista. Y fueron muchísimas: los registros arrojan casi un millón de ellas, muchas adolescentes. “La guerra no tiene rostro de mujer” es un libro de la nobel de literatura Svetlana Alexievich que recupera los testimonios de estas veteranas y nos acerca el relato de la violencia de la Segunda Guerra Mundial en primera persona. 

Cuarenta años después de finalizada la sangrienta Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich comenzó su labor: recuperar y registrar la memoria de ese millón de mujeres soviéticas que combatieron en el frente (y detrás) de batalla. Viajó por toda la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) para visitar a las sobrevivientes en sus casas, en geriátricos y en reuniones de veteranas. Así Svetlana descubrió que, a pesar del tiempo transcurrido y la edad avanzada de todas ellas, tenían muchísimo para contar. Y nunca antes alguien las había escuchado con tanta atención. 

La escritora toma el té con ellas. Desde lavanderas, panaderas y enfermeras hasta aviadoras, francotiradoras, artilleras y conductoras de tanques que durante cuatro años —de 1941 a 1945— aguantaron la embestida del ejército alemán y, más tarde, lo hicieron retroceder hasta Berlín. Después de cientos de entrevistas y una enorme correspondencia por carta, dibuja un mapa con sus recuerdos transformados en relato escrito. Son pequeñas historias que forman una más grande, extraoficial, que nunca llegó a los manuales escolares y que asombra y horroriza por igual. 

“Los libros que hablan de las guerras son incontables. Sin embargo, siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la voz masculina. Las mujeres mientras tanto guardan silencio”, escribe la autora. Y continúa: “Después de verter algunas lágrimas en compañía de sus amigas de armas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, una guerra que desconozco. De una guerra desconocida para todos nosotros. En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, como unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles”. 

La palabra de las protagonistas

Muchas de las veteranas se alistaron siendo menores de edad, también lo hicieron de manera voluntaria. “No me admitían en el ejército a mis 16 de ninguna manera. Yo les trataba de convencer, argumentaba que era alta (…) Les preocupaba lo que pensaría el enemigo de nosotros si aceptaban en el frente a chicas tan jóvenes. Me quedé clavada en su despacho: ‘Ponga en el formulario que tengo dieciocho’”, relata Klara Vasilievna, soldada. 

Vera Vladimirovna, teniente mayor, recuerda como le decían que la tarea de ir a combatir solo podía ser masculina: “¿Dónde se ha visto que una mujer pueda matar? Si son unas subnormales, unas deficientes”. “En las tropas de vehículos de combate, a las chicas nos aceptaban con desgano. Mejor dicho, no nos aceptaban. ¿Qué cómo logré entrar? Me metí en el camión de improviso, no llevaba nada”, concluye Vera. 

“No olvidemos lo catastrófico que fueron los primeros meses de guerra: nuestra aviación fue destruida, nuestros carros blindados ardieron como cajas de cerillas. Millones de soldados cayeron prisioneros en un mes y medio. Hitler se había acercado muchísimo a Moscú. Las chicas se desvivían por ir al frente, voluntariamente. Un cobarde por sí mismo jamás iría a luchar”, acota María Nesterovna, que tenía el rol de cabo mayor. 

Las mujeres que se unieron al Ejército Rojo tuvieron muchas complicaciones, como el talle de los uniformes. “Nos ordenaron vestirnos de uniforme, yo mido un metro cincuenta. Cuando me metí dentro del pantalón, las otras chicas consiguieron atármelo por encima de la cabeza (…) Finalmente acabe en la celda de arresto por haber incumplido la disciplina militar”, contó Nina Yakovlevna. Muchas de ellas también se unieron a los partisanos: milicias civiles armadas que luchaban en los bosques.

“Te estás preparando para morir por tu patria, y vas y llevas calzoncillos de hombre. En fin, tienes un aspecto ridículo. En ese entonces eran largos, anchos. Los usamos en invierno y en verano durante cuatro años”, testimonia Lola Ajmetova, soldada tiradora. El manual de disciplina militar indicaba la obligación de llevar el pelo bien corto: “Entró el comandante y dijo: ‘córtele el pelo como a un hombre, no es una mujer, volverá a serlo después de la guerra’”. 

La menstruación también llegaba a ser un problema en la lucha contra nazis: “Hacía calor. Había que andar 30 kilómetros. Caminábamos y dejábamos manchas rojas sobre la arena, unas huellas rojas. Bueno, teníamos eso, lo nuestro… ¿cómo ocultarlo? Los soldados iban andando detrás y fingían no verlo. No nos suministraban nada. Esperábamos hasta que dejaran sus camisas colgadas en los arbustos y nos llevábamos una o dos”, rememora María Petrovna, soldada de infantería. Y cuenta: “En un bombardeo tremendo, los hombres corrieron a esconderse. Acabábamos de llegar al paso de un río. Nos llamaban, pero a nosotras no nos importaba, corrimos hacia el agua. Nos quedamos allí hasta sentirnos limpias… expuestas al fuego… la vergüenza nos asustaba más que la muerte”. 

El reconocimiento de su lucha

En las fuerzas aéreas se volvió famoso el Regimiento de Bombarderos Nocturnos Nº588.  Estaba compuesto solo por mujeres: pilotas, comandantes y mecánicas; y les dieron material inútil: sus aviones eran pulverizadores para cultivos, no estaban hechos para combatir. Así que solo volaban de noche, a una distancia baja y muy lento. Los alemanes las apodaron “Brujas de la noche” por su planeo sigiloso. Los nazis estaban tan asombrados por su habilidad que difundieron rumores de que el gobierno soviético mejoraba la visión de las mujeres con medicina experimental. 

“En la guerra temía recordar la infancia. En la guerra estaba prohibido recordar lo más tierno… lo tierno estaba prohibido. Era tabú —cuenta Sofia Adamovna—. Cuando acababa el ataque, era mejor no mirarse a las caras, las caras son distintas, no son las que suelen tener las personas. No soy capaz de expresarlo. La sensación era que todos estaban fuera de sí, en los ojos había algo animal”.

Las mujeres que sobrevivieron a la matanza y a la brutalidad, regresaron a sus hogares y continuaron luchando. “¡Como nos recibieron al volver! No puedo contarlo sin llorar, nos gritaban: ‘¡Sabemos lo que estuvieron haciendo! Son las putas del frente’”, recuerda Anastasia Ivanovna, soldada. No aplaudieron su valor ni les agradecieron, las juzgaron: decían que solo fueron a luchar para buscarse un novio.

La subteniente Stanislava Petrovna explica la posguerra de las mujeres combatientes así: “¿Me atrevería a confesar que me habían herido, que tenía lesiones? Si lo reconoces, después nadie quiere darte trabajo, nadie quiere casarse contigo. Nos lo teníamos callado. No le confesábamos a nadie que habíamos combatido. Transcurrieron por lo menos unos 30 años hasta que empezaron a rendirnos honores, a invitarnos a dar ponencias. Ni siquiera enseñábamos nuestras condecoraciones. Los hombres se las ponían, las mujeres no. Los hombres eran los vencedores, los héroes; ellos habían hecho la guerra pero a nosotras nos miraban con otros ojos”.

La miseria, el frío, el hambre, las violaciones, parir en la guerra, morir en la guerra. Y después de la gran victoria, el silencio y el olvido. “Nosotras, las muchachas del frente, pasamos muchas penas. También después de la guerra. Terminada una, nos tocó otra. Igual de terrible. Los hombres nos dejaron con la espalda al descubierto. No nos protegieron. En el frente era diferente, te cuidaban”, dice Tamara Stepanovna. 

“Entiendo que aquí —en sus casas— la guerra ni se ha acabado ni se acabará nunca”, reflexiona la escritora Svetalana Alexievich. Y concluye: “Pasó mucho tiempo hasta que pude asumir que nuestra victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa, cubierta de cicatrices. Mirarla es doloroso”.

Sobre la autora

Svetalana Alexievich nació el 31 de mayo de 1948 en la Ucrania Soviética. “La guerra no tiene rostro de mujer” fue su primer libro, publicado en 1985. La publicación se demoró unos años por censuras del gobierno soviético, y fue traducido al español en 2015. Mismo año en que Alexievich ganó el Premio Nobel de Literatura “por su obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. Por el estilo de su escritura periodística se la ha apodado “la voz de los sin voz”. Entre sus libros también se encuentra “Voces de Chernóbil”, en el cual está basada la serie de HBO. 

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Estudiante inconforme de Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba y periodista frustrada recopilando preguntas e indagando en respuestas desde la escritura, los libros y la cámara. Las entrevistas a seres ordinarios y sin fama alguna son su debilidad.

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