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Karina Batthyány y el desafío de incorporar al cuidado como un objeto de política pública en la región

Por Marina Almada y Noelia Méndez

Karina Batthyány es socióloga y especialista en temas de cuidado. Desde el 2019 se encuentra al frente de Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Entrevistada por Feminacida, desafía a las gestiones de América Latina a poner a las políticas de cuidado en el centro de la toma de decisiones. Además, hace un repaso sobre las desigualdades de género en las trayectorias profesionales y apunta sobre la mayor exposición de las identidades feminizadas frente a la pandemia.

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Karina Batthyány es socióloga y especialista en temas de cuidado. Desde el 2019 se encuentra al frente de Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Es la segunda mujer en ocupar la Secretaría Ejecutiva del organismo luego de que Amancia Rivera lo hiciera en la década de los noventa. CLACSO, creada en 1967, es una institución no gubernamental con status asociativo en la UNESCO, alrededor de la cual se aglutinan 654 centros de investigación y posgrado del campo de las Ciencias Sociales y Humanidades de 51 países de América Latina y otros continentes.

Sos la segunda mujer y primera uruguaya en ser secretaria ejecutiva de CLACSO. ¿Cómo fue para vos este proceso?

Personalmente significó un proceso intensamente competitivo, como generalmente ocurre cuando las mujeres nos presentamos a cargos jerárquicos dentro de las instituciones. Si bien había una convicción de parte de CLACSO de que era tiempo de que hubiera una mujer al frente del consejo, en una disciplina como lo son las Ciencias Sociales, donde la mayoría de quienes nos dedicamos a ellas lo somos, no fue sencillo. Sucedió a su vez que no siempre hay más de una candidatura en CLACSO y esta vez hubo tres: la de dos varones y la mía. Para mí fue todo un desafío esa postulación como también lo fue asumir la conducción de CLACSO.

¿Qué ocurre con la paridad de género en el ámbito académico?

Lo que sucede en la academia es un poco lo que ocurre en la sociedad, no está exenta de eso. Es decir que las mujeres nos vamos encontrando con obstáculos a lo largo de la trayectoria profesional que en muchos casos nos dificulta más y nos impide avanzar en el desarrollo profesional. Eso que llaman techos de cristal o pisos pegajosos tiene que ver con la condición reproductiva, con el cuidado y con la tenencia de hijos, hijas o el cuidado de personas dependientes. En tanto que es una tarea que hacemos las mujeres en la sociedad. Que si bien no tendríamos que hacer de manera exclusiva, en la realidad, los datos nos muestran que son las mujeres las principales responsables en un 80 por ciento de asumirlos. Y en las trayectorias profesionales, particularmente en las académicas, se nota mucho. La ausencia de políticas de cuidado hace que las mujeres se retiren parcial o totalmente del mercado laboral como también de la academia. Quizá con el agravante de que esa edad reproductiva coincide justamente con algunas etapas de la formación que es dilatada en  la mayoría de los casos y a su vez, también se entrecruza con algunas etapas muy competitivas de la vida académica en términos de concursos o de las oposiciones para acceder a los cargos en las universidades o instituciones académicas. En cualquier facultad vas a encontrar que en la base de la pirámide, es decir, en el inicio de la trayectoria académica hay muchas más mujeres. Y cuando se mira la punta de la pirámide, hay una distancia muy significativa.

En este sentido, la definición del derecho al cuidado no solamente hace referencia  al acto de cuidar sino que también a ser cuidadxs. ¿Qué tenemos que entender exactamente por el derecho al cuidado?

El cuidado es un derecho de nueva generación y de tardía o reciente reconocimiento en América Latina. Y en tanto derecho debe ser tomado en cuenta como un componente más del bienestar social. Al hacerlo permite la consideración colectiva de los bienes y los servicios -en sentido amplio- como esenciales para una sociedad y que por lo tanto tienen que estar garantizados con accesos para todos y para todas. Eso es el bienestar social.

¿Por qué es tan importante su reconocimiento?

El reconocimiento de ese derecho trae por consecuencia que se deje de privilegiar como la primera opción el cuidado, como es hoy en día en muchos casos, que se produce en el marco de las familias principalmente por mujeres de manera no remunerada. Esa es la forma que predomina hoy en América Latina.

Desde tu perspectiva, ¿por qué se generan tantos obstáculos al momento de reclamarlo como tal?

Porque hay que reconocerlo y no todos los estados lo han hecho. Sucede con el cuidado lo mismo que ha ocurrido en la historia con otras cosas que hoy no pestañamos en considerar que son un derecho: la educación, el trabajo, la vivienda. Se trata de un tema que en América Latina empieza a discutirse en el ámbito académico y en el movimiento feminista recién a comienzos de este siglo. Luego, y de manera muy lenta, fue permeando la discusión de la agenda pública o la política pública hasta cobrar la fuerza y vitalidad que tiene hoy para las sociedades. En la actualidad no hay un país en la región que no lo esté discutiendo.

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Desde un principio Karina planteó la necesidad de introducir la perspectiva de género en la organización  que coordina a la par que se propuso llevar adelante una gestión feminista. No sólo en lo que respecta a otorgarle mayor relevancia a la temática dentro del organismo, sino que también en las líneas de investigación y los programas de las propuestas académicas. Recientemente publicó un libro llamado Políticas de Cuidado, el cual forma parte de la colección “Palabras clave” que CLACSO lleva adelante junto con UAM-Cuajimalpa. Uno de sus objetivos es acercar conceptos complejos de las Ciencias Sociales a nuevxs lectorxs.

En el libro hacés referencia a que en la actualidad se está produciendo un descubrimiento de los cuidados, lo cual suena irónico ya que los mismos forman parte desde siempre de nuestro cotidiano. ¿Por qué crees que está ocurriendo esto?

Porque siempre estuvieron ahí, pero fueron invisibilizados. Es decir, estaban en la parte que no se ve del iceberg. Y esto ha ocurrido desde todas las disciplinas. Por ejemplo, la economía se dedicó toda la vida a ver la punta de ese iceberg, es decir, todo lo que ocurre, para usar una imagen, puertas afuera de las casas, en el mercado. Pero hay algo que sostiene todo eso y ocurre puertas adentro: las actividades de cuidado. Es toda la parte del iceberg que nunca se tomó en cuenta, pero que es absolutamente necesaria para que cada una de nosotras pueda vivir y para que existan nuestras sociedades. El cuidado era considerado como algo natural porque lo hacían las mujeres. En consecuencia, no se visibilizaban y no se catalogaban como importantes.

¿Qué sucede cuando empieza a emerger esa parte que no se veía?

Lo que empieza a suceder es que las encuestas sobre uso del tiempo a nivel regional –las cuales se realizan actualmente en alrededor de 20 países -demuestran que del tiempo total del trabajo de una sociedad cualquiera, la mitad es tiempo no remunerado y la otra mitad es tiempo remunerado. Se distribuye en dos partes iguales. Y justamente, esa parte no remunerada, no se tomaba en cuenta ni tampoco se medía. Por tanto, no se visibilizaba. Por eso digo que es como un descubrimiento, no para nosotras, para las mujeres, que siempre hicieron estas tareas. Pero si un descubrimiento social y colectivo.

¿Cuáles fueron las implicancias que este descubrimiento trajo aparejado?

Inevitablemente implicó cuestionar algunos saberes que estaban establecidos y muy arraigados en la teoría social. El primero de ellos es la noción del trabajo en tanto que sólo contemplaba al trabajo mercantil. Permítanme simplificar, todos los demás trabajos que se hacían al interior del hogar, que también son proveedores de bienestar, para nada se tomaban en cuenta.

Son muchos los desafíos pendientes en la agenda de cuidado. Si  tuvieras que enumerar alguno, ¿cuál es el más urgente?

El desafío más urgente obviamente es incorporar al cuidado como un objeto de política pública. Si bien se han dado pasos en América Latina, todavía no se han terminado de concretar. Se trata de terminar de entender de una buena vez que al igual que la educación, el trabajo y la salud es un derecho, lo cual lo convierte en un elemento necesario para la sobrevivencia y para el bienestar.

¿Y qué crees que es necesario para que se concrete?

Se requiere de políticas. Si se reconoce  que algo es un derecho inevitablemente son necesarias determinadas políticas para garantizar su ejercicio si no queda en lo declarativo. Que sea objeto de política pública, y por lo tanto, deje de ser un tema individual para pasar a ser de todos y de todas. Ese es el desafío hoy en América Latina. No obstante, algunos países ya se encuentran transitando estos cambios. Argentina, Colombia o el caso de mi país, Uruguay, que ya lo transitó y por tanto, es el único que lo reconoce como un derecho. Se trata de políticas públicas que coloquen el cuidado en el centro de la vida y la sociedad, es decir, como elemento indispensable para todos y para todas. A la par que exige pensar cuales son las formas de organización colectiva que debemos implementar para que la cuestión del cuidado deje de ser un problema que cada uno o una resuelve de manera individual y se creen mecanismos de provisión colectiva. Estos pueden ser de carácter público, privado o mixtos. De acuerdo con la experiencia internacional, estos últimos deben estar relacionados con el tiempo, como lo son las licencias para madres y padres con horarios flexibles de trabajo que permitan la articulación de lo laboral con el cuidado; con políticas de servicio, como lo son la creación de centros de cuidado infantil o para personas dependientes y por último, con prestaciones, algunas se dieron durante la pandemia, tales como asignar recursos para que la gente con ese monto que recibe resuelva situaciones de cuidado.

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Karina Batthyány es muy crítica de la gestión de la pandemia en la región y plantea que las medidas que se tomaron no tuvieron en cuenta las dimensiones de género y de cuidado exponiendo aún más a las mujeres.

¿Qué dimensiones consideras que estuvieron ausentes al momento de pensar los cuidados en la pandemia?

Si nos remontamos a marzo del año pasado, en general, las primeras reacciones en los países de América Latina y el Caribe no incluyeron para nada a los cuidados como un elemento central para el bienestar individual y colectivo. El cuidado estalló en la cara de todos nosotros porque lo primero que se nos transformó a todos y todas fue la vida cotidiana. Incluso a extremos tales que, en algunos casos, (probablemente no es el caso de los hogares de menores recursos) volvió a coincidir lo productivo con lo reproductivo en un mismo espacio geográfico, como en la edad media. Aún a quienes no lo querían ver les quedó muy claro la importancia del cuidado en el día a día. En el transcurso de la pandemia se empezaron a incorporar algunas medidas como lo fueron las prestaciones de apoyo o subvenciones a los fines de paliar la situación. No obstante, el cuidado no se consideró como una actividad esencial como sí se pensaron otras como el transporte o la actividad sanitaria. Tal fue el caso de niños y niñas más pequeñas, ya que se asumió que las familias se iban a hacer cargo y punto. Se cerraron en la mayoría de los países las instituciones y los servicios de cuidado por fuera de los hogares y cada uno se tuvo que arreglar como podía. Nosotras sabemos que dentro de los hogares las principales responsables de los cuidados son las mujeres.

En algunos países se dieron licencias para que las mujeres se queden en las casa…

Justamente, se volvió al modelo de asumir que son las mujeres las que se iban a hacer cargo de los cuidados, no sólo los que siempre hacían, sino que además se le sumaba todo el apoyo escolar de la tele-educación.

¿En cual de todas las dimensiones ausentes te basás para sostener que las mujeres estuvieron más expuestas durante la pandemia?

Considero que hay muchas dimensiones, pero creo que sería importante destacar tres. La primera, es la violencia de género y fue otro punto en donde las políticas fueron absolutamente ciegas. Decir “quedate en tu casa” durante las épocas de confinamiento para muchas mujeres se convirtió en un trampa mortal porque significó permanecer junto a su agresor. Se sabe que las mujeres tienen mayor posibilidad de sufrir violencia dentro de su casa que afuera. La segunda dimensión a considerar está relacionada con los cuidados. Nadie se hizo la pregunta de cómo se resuelve este tema. ¿Lo volvemos al ámbito de los hogares? ¿Están las mujeres en condiciones? ¿Qué pasa con las que tienen que seguir trabajando? ¿Qué pasa con el teletrabajo? Finalmente, la última dimensión está relacionada con el hecho de que las mujeres estuvieron más expuestas en el mercado de trabajo. Los sectores más afectados por la crisis sanitaria fueron justamente los sectores donde más se emplean las mujeres: el sector de servicio doméstico remunerado en los hogares, el sector del turismo, la gastronomía y el sector de los servicios en general. Todo eso tiene un impacto directo sobre sus condiciones de vida: disminución de ingresos, despidos, pérdida de la seguridad social, etc.  A su vez, al hablar de mercado de trabajo no se puede dejar por fuera de las consideraciones las condiciones de informalidad. Más de la mitad de las mujeres latinoamericanas que realizan  trabajo  remunerado lo hacen en el sector informal, un sector que el día que comenzó la pandemia se quedó sin ningún tipo de apoyo. Las dimensiones de cuidado, violencia y empleo fueron dramáticas para las mujeres. Es así que la CEPAL sostuvo que, en términos de autonomía, se produjo un retroceso de 10 años para las mujeres latinoamericanas lo cual otorga un indicador claro y diferencial del impacto de la crisis sanitaria, económica, social y política sobre las mujeres.

Por último, ¿es posible considerar a Uruguay como modelo a seguir en la región por haber sido pioneros en la instalación de un sistema de cuidados?

Personalmente  nunca me gusta hablar de modelos. No me parece que haya modelos porque considero que cada uno de nuestros países tiene que hacer su propia trayectoria. Sí creo que es una experiencia que está bueno conocer a fondo para tomar de allí algunos elementos que seguramente puedan ser útiles para otros países y descartar otros que, por distintas circunstancias, no pueden ser tomados. Sobre todo al ser la única a nivel regional. Es importante a su vez que aprendamos de la misma, sobre todo por los vaivenes de cambios ideológicos que se producen en nuestros países, tal como ocurrió en Uruguay. Es decir, tuvimos 15 años de gobierno progresista y ahora tenemos un gobierno de corte neoliberal. Sobre todo estar atentos a cuáles son y cómo hay que trabajar para que este tipo de políticas no se desarmen muy rápido cuando hay cambios en la orientación ideológica. Justamente está pasando hoy en Uruguay, muchos elementos del sistema de cuidados se están poniendo en cuestión.

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