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Había una vez un país sin derechos políticos para las mujeres

“No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo, metiste a las mujeres en la historia de prepo, arrebatando los micrófonos, repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero ¿Quién va a tirarte la última piedra? Quizás un día nos juntemos para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras, las madres incesantes, las rameras, las que te amaron, las que te maldijeron, las que obedientes tiran hijos a la basura de la guerra, todas las que ahora en el mundo fraternizan sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila y huyas de las estampas y el ultraje empezaremos a saber quién fuiste”.

María Elena Walsh.

Hoy se cumplen 73 años de uno de los hitos más importantes de la historia del feminismo en la Argentina: la sanción de la Ley 13.010 de Sufragio Femenino, el empoderamiento de un sector de la sociedad postergado de la vida política hasta ese momento.

Parece lejano, prehistórico, pero existió una democracia que nos excluía. Obligadas a encargarnos del hogar y las tareas de cuidado parecía imposible algún día proyectarse en un futuro diferente. ¿Cómo hacerlo sin poder decidir quién nos representara? ¿Cómo sin la posibilidad de pensarnos como seres políticos, capaces de reflexionar, elegir, y poder cambiar el curso de la historia?

La Ley Sáenz Peña sancionada en 1912, ley N° 8.871, estableció el voto secreto, individual, universal masculino y obligatorio para argentinos y naturalizados mayores de 18 años. Sí, existió una universalidad no universal, una universalidad sectorial, segregatoria que nos dejaba sin ciudadanía.

Ante esta realidad, los movimientos feministas de la época exigían la igualdad de derechos y oportunidades. La posibilidad de ser ciudadanas iguales, con participación en la política y en las decisiones del futuro del país. Las mujeres no teníamos ni representantes políticas del género ejerciendo un cargo, ni la posibilidad de elegir a quien nos represente. Nuestro destino dependía de la decisión de los varones. ¿Qué lugar quedaba para la construcción de una identidad propia? El solo hecho de ser mujer nos excluía de la vida de la nación.

Durante décadas, los movimientos de mujeres se agruparon en asociaciones y congresos, salieron a las calles para hacer visible la necesidad de igualdad de derechos civiles. Cecilia Grierson, Alicia Moreau, Sara Justo, Julieta Lanteri, Elvira Rawson fueron parte de estos reclamos y discusiones sobre la urgencia de participar de la democracia, pero el sufragio femenino no se hizo realidad hasta que no hubo decisión política de que así fuera.

Eva, evita, siempre militante de la justicia social, llevó en su voz y en su cuerpo la consigna, la pregonó y la hizo realidad. El sueño de miles de mujeres se materializó el 9 de septiembre de 1947. “Lo exige, en suma, la transformación del concepto de la mujer que ha ido aumentando sacrificadamente el número de sus deberes sin pedir el más mínimo de sus derechos, ahora que nos hemos conocido mejor, que estamos unidas por todo el país en un bloque solidario, la mujer del presidente de la república que os habla no es más que una argentina, la compañera evita, que está luchando por la reivindicación de millones de mujeres, injustamente pospuesta en aquello que de mayor valor en esta conciencia: la voluntad de elegir”, fue uno de sus discursos anteriores a la sanción de la ley que nos dio la ciudadanía.

Eva luchó por el sufragio femenino convencida de que consistía en elevar a la mujer a la categoría de verdadera orientadora de la conciencia nacional y lo consiguió. El 23 de septiembre de 1947 se promulgó la ley 13.010, también conocida como “Ley Evita”, que otorgó la igualdad de derechos civiles consagrando el voto obligatorio femenino.

La historiadora Julia Rosemberg, autora del libro Eva y las mujeres: historia de una irreverencia, asegura que “Eva habilitó otros modelos de mujer por la enorme politización que provocó el voto femenino, el partido peronista femenino y el peronismo en las mujeres. Además, Evita encarnaba otro modelo de mujer como figura, no fue madre, trabajaba todo el día, no fue un ama de casa entregada a la familia y al hogar como se esperaba a mediados del siglo XX de una mujer, sino que su propia biografía, su propia vida propone otra forma más abocada a la política, al trabajo y a su pasión”.

El día de ejercer el nuevo derecho llegó el 11 de noviembre de 1951, miles de mujeres salieron a las calles para poner su voto en la urna. 

En diálogo con este medio, Victoria Eizaguirre, politóloga, aclara que “lo que sucede inmediatamente después de la sanción del sufragio femenino, donde se otorga a las mujeres los mismos derechos políticos que a los hombres, es la inclusión en el padrón electoral, esto se hizo a través de la libreta cívica”.

Para la docente universitaria, “la ampliación del sufragio siempre significa mayor democracia, lo mismo sucedió con el voto joven”. “No tener acceso a votar es no ser ciudadano pleno de derechos, los derechos políticos y electorales son parte de nuestras garantías como humanos. La ciudadanía de las mujeres antes de poder votar era una ciudadanía trunca, a la que le faltaba una parte. ¿De qué manera podían representarnos personas que no habían sido elegidas por nosotras?”, agrega.

Eva, la gestora de la ley más importante del país para las mujeres, ejerció el sufragio una sola vez, desde su cama después de una operación de cáncer de útero. Pudo elegir casi de manera poética, como fueron su vida y su lucha para orientar la conciencia del país.


Es periodista y licenciada en Relaciones Humanas. Trabaja en Desarrollo Social de la provincia de Mendoza en San Rafael. Es militante feminista en Unidad Ciudadana.

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