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Feminismo en las cárceles: redes para desarmar la ...

Feminismo en las cárceles: redes para desarmar la violencia estructural

A raíz de la pandemia se produjo un recrudecimiento de las violencias en distintos espacios y las cárceles no fueron la excepción a la regla. Las diferencias se acrecentaron especialmente en los complejos penitenciarios destinados a mujeres y disidencias. Durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), tanto mujeres cis como la comunidad travesti trans, dejaron de recibir visitas de parientes y allegadxs: las dificultades para permitir la habitual circulación de organismos oficiales y organizaciones sociales generaron mayores niveles de abatimiento e incertidumbre entre lxs privadxs de su libertad.

Desde la opacidad de los discursos hegemónicos circula una mirada única y homogénea que no deja ver los matices y las diferencias de las lógicas que atraviesan las cárceles de hombres y mujeres (y si se expresa en términos binarios es porque de por sí el sistema penitenciario opera de esa forma). ¿Cuáles son las especificidades de las instituciones penitenciarias destinadas a mujeres cis, personas trans y no binaries? ¿A qué tipo de vulneraciones se tienen que enfrentar? ¿Cómo se sostienen los vínculos por dentro y por fuera del encierro? ¿Cuáles son las posibles salidas? ¿Cómo se entretejen las redes y se forjan las alianzas feministas? ¿Cómo es el trabajo que llevan adelante distintos colectivos intramuros? ¿Qué sucede una vez que esas mujeres y comunidades LGBTIQ+ recuperan su libertad? En esta nota, las voces de activistas y profesionales que se mueven en un territorio complejo en pos de generar una transformación en la vida de esas mujeres e identidades feminizadas, tanto por dentro como por fuera de las cárceles.

Ayelén Stroker es presidenta y fundadora de la Cooperativa “Esquina Libertad”, una organización conformada por familiares, privadxs de su libertad y activistas. Entrevistada por Feminacida cuenta que la emergencia sanitaria impactó en dos grandes ejes: por un lado, generó graves consecuencias en el sostenimiento de los vínculos, imposibilitó la entrega de mercadería por parte de lxs familiares y friccionó convivencia cotidiana. Por otro lado, la sobreinformación durante los primeros meses de la pandemia se tornó más compleja hasta que empezaron a llegar protocolos de salubridad, que distaban mucho de poder adaptarse a las condiciones materiales de las mujeres y de la población travesti trans. En consecuencia, se generó una lógica de mecanismos de sobrevivencia y de cuidado colectivo dentro de lo posible en cada lugar.

“Los feminismos nos enseñan que lo que ocurre en las cárceles no tiene que ver con problemas aislados, más bien, son vivencias colectivas que tienen raíces claras”, comenta, en diálogo con Feminacida, Ana Camarda, licenciada y profesora en Letras e integrante del Programa de Extensión en Cárceles de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Allí dicta el Taller de Formación Sindical y Derechos Laborales en el Centro Universitario Devoto.

“Si uno revisa las causas por las que están condenadas, si es que es que lo están, o bien, las razones por las que están privadas de su libertad, en el 50 por ciento de los casos se debe al narcomenudeo y eso nos habla de la feminización de la pobreza. Por qué esas mujeres cayeron en la venta de estupefacientes? ¿Cómo son las familias que están tratando de sostener? ¿Qué las lleva a ese nivel de exposición?”, indaga Camarda.

En ese sentido, Pierina Garófalo, docente de historia e integrante de la organización de educación popular “Atrapamuros” amplia y sostiene: “A partir la desfederalización de ese delito, a lo largo de estos últimos 10 años hubo un aumento sostenido de la prisionización femenina. Ya no se trata de una lucha contra el narcotráfico, sino que identificamos una persecución a los eslabones más frágiles de esa cadena, más fácilmente reemplazables. Esto constituye una criminalización a las mujeres que son jefas de hogar, que son las únicas que están a cargo del sostén económico”.

En relación a la comunidad travesti trans Garófalo señala: “Es una de las poblaciones más hostigadas y criminalizadas por las fuerzas de seguridad y la justicia, aún más aquella que es migrante, a sabiendas de que han sido expulsadas del mercado formal del trabajo, que no tienen acceso a la vivienda. Es decir, en todo esto es que identificamos el accionar de la justicia patriarcal, que invisibiliza en los procesos judiciales, las experiencias las situaciones particulares, de las mujeres, lesbianas, travestis y trans”.

“Hay muchas mujeres que podrían acceder al arresto domiciliario y lo rechazan porque en la cárcel tal vez acceden a un salario por el trabajo que hacen. Uno de los problemas del arresto domiciliario es que no te deja moverte de tu hogar y eso no te permite salir a trabajar, salvo que puedas hacerlo desde ahí. De nuevo, ¿a qué nivel de exposición se llega para cuidar a tus seres queridos?”, continúa Camarda.

“Estoy presa ¡alguien mató a mi bebé! Nadie busca a su asesinx, el Estado ya encontró un culpable y soy yo. Por no haberlo cuidado más o por no saber que pasó. No cuestionan a su padre, solo a mí, no buscan a su asesinx, me condena el Estado, me condena la sociedad. Soy la más culpable, por ser madre, por ser mujer”/ “Estoy en cana, por ser pobre y adicta, las mujeres no debemos consumir y andar solas por la calle, no queda bien”/ “Me encerraron múltiples causas: vivo por fuera del Estado, tengo ideas, soy okupa, soy puta. Las mujeres de bien no podemos cobrar por lo que siempre dimos gratis”/ “Estoy en cana, soy ladrona para que mis cinco hijas y yo no dependamos jamás de un hombre. Dicen que estoy loca”/ “Estoy presa por séptima vez, soy una chica trans. Me tratan como mierda en mi casa, en el mercado, en el bondi. La cana me para todo el tiempo. Esa noche no tenía plata para darles, por eso estoy acá”/ “Mi marido me violó por última vez aquella tarde. Me dieron la máxima sin beneficios. Dicen que soy el claro ejemplo de lo que no hay que hacer jamás”/ “Estoy en cana, me dan la libertad en sesenta días y pido que el tiempo no pase. ¡No quiero irme! En sesenta días cumplo mis 4 años de vida, nací en la tumba. Ya me dijo mi mamá que ella no podrá venir conmigo”/ “Visité a mi hija el domingo, la pasamos bien, el lunes me dijeron que había muerto, la “suicidó” el Servicio. No hay responsables, ni acusados. Lleno parte de ese enorme vacío con la lucha por esclarecer su muerte, no sabían que su cuerpo era semilla”.


“Ni una menos en las cárceles también”
Por Anahí Salcedo. Relato dedicado a la memoria de la China Cuellar y lxs pibxs asesinadxs por el Servicio Penitenciario, disponible en “Desatadas” revista digital realizada en el Marco del “Taller Colectivo de Edición” en el Complejo Penitenciario Federal IV de mujeres en Ezeiza, en el marco del Programa de Extensión en Cárceles, Facultad de Filosofía y Letras UBA.

Criadas para ser buenas esposas, buenas madres, buenas mujeres

Usualmente cuando los varones cis son los que están privados de su libertad, ellas son las que se ocupan de sostener los vínculos. Esto lo vemos reflejado en las grandes colas que hay afuera de las cárceles para visitarlos. Ahí hay un patrón de repitencia, en este lugar que la mujer cis siempre se cargó sobre ella las tareas de cuidado. En este punto, Camarda aclara que es importante reparar en el concepto de cuidado porque hay un revés: cuando son ellas las que están detenidas, no aparece este mismo mecanismo por parte de los varones cis, si es que estaban presentes desde antes. También hay casos de mujeres cis que les piden a sus familiares que directamente no vayan a visitarlas para no exponerlos al contexto de encierro.

“Desde la lógica histórica un hombre que comete un delito es un delincuente, pero una mujer que hace lo mismo es una aberración”, ilustra Camarda y continúa: “Hasta los años 70 las cárceles en nuestro país y en gran parte de Latinoamérica estuvieron en manos de las monjas, bajo la Congregación del Buen Pastor. Justamente en esa década pasaron a depender del servicio penitenciario. Por eso, los talleres para ‘mujeres’ que se siguen ofreciendo en las cárceles, como bordado y tarjetería española, siguen pensados desde esa lógica estereotipada y desde el propósito de formar ‘buenas mujeres’. Ni hablar de la nula salida laboral. Encima ahí también hay un problema con el mandato de mujer que rige, incluso para la persona que está privada de su libertad”.

En relación a los talleres de oficio y la educación universitaria, Stroker explica que llegaron muy tarde a las unidades de mujeres y siempre son espacios muy atacados que hay que sostener con la lucha y con la organización de las compañeras para poder acceder al derecho de la educación. “Y si hablamos de la población travesti trans, son las últimas en poder acceder a las áreas de trabajo, porque no es que el trabajo está garantizado para toda la población, siendo también que es un requisito dentro de la progresividad de la pena que tenés que cumplir, pero no es así, no es tan sencillo, hay que saber redactar un escrito, hay que entender cierta lógicas, que nadie en ese proceso te explica y acompaña”, remarca.

Crédito: Valentina Gaggiotti

“Las mujeres son más sufridas en este contexto porque tienen que elegir trabajar o estudiar, aunque sabemos que la educación es un derecho, pero ahí no se respeta, se ignora. Lo peor de lo peor, es que si te enfermas y no podes ir a trabajar también te lo descuentan. Es decir, no hay derecho a enfermarse, porque si pedís salir a un hospital extramuros también te lo descuentan. De esa manera, el sufrimiento es doble, aparte de la causa”, amplia Yrene, integrante de la Cooperativa “Esquina Libertad”.

Yo diría que siempre podemos sacar algo bueno, de todo lo malo que nos pasa, y rescatar una sonrisa en un mar de llanto que te ahoga”.


Milagro Joya – ¿Qué tenemos para decir?
Fragmento de un poema – Revista Desatadas

La escritura como un acto de autonomía

“En las cárceles se acumulan todas las violencias posibles, sin embargo, hay formas de disputar y de resistir esos sentidos construidos”, afirma Sabrina Charaf profesora en letras (UBA) y, junto con Ana Camarda, también integrante del Programa de Extensión en Cárceles de la Facultad de Filosofía y Letras. Fue creado en 2005 y está conformado por docentes, militantes, educadores y estudiantes que recuperaron su libertad.

“Lo que intentamos generar en nuestros talleres es que circule la palabra, que se pongan en juego la mayor cantidad de voces posibles. Lo aclaro porque a veces se dice: ‘le dan voz a los que no tiene voz’ y no es nuestra perspectiva. Las voces existen y tienen lugar en los espacios de escritura del taller. Lo que sucede es que todas las personas que participan, a la vez tienen que comparecer ante un jurado y decir ‘Yo soy…’. Generalmente eso se usa como una herramienta de castigo, tanto por sus identidades relacionadas con el barrio, con su familia, con su género, porque se presupone que determinadas identidades van a cometer ciertos delitos y todos estos procesos de estigmatización que ya conocemos. En nuestros espacios reafirmamos que ese “Yo” no sea restrictivo, sino que sea un espacio no condenatorio, donde se pueda contrarrelatar todo lo otro que se dice sobre las personas que están privadas de su libertad”.

En primera persona

“Yo  le digo a lxs pibes que aprovechen a esa gente que se preocupa por ellxs, porque a veces es la única oportunidad de estar vivxs para muchos de nosotros”, cuenta Melanie Berón, quien estuvo privada de su libertad en un instituto de menores. Hoy en día recuperó su libertad, lleva adelante un emprendimiento de velas y se desempeña como tallerista en la organización “De los muros a la acción” en el Instituto Aráoz Alfaro, conformado por un grupo interdisciplinario. Desde el equipo brindan talleres grupales y herramientas para que lxs jóvenes puedan emprender. “Si de algún pibe, surge la demanda de que quiere armar su proyecto de vida, tenemos un área de mentorías y funciona como un procedimiento más personalizado. En este momento estoy con mi primera mentoría con C.”, relata la joven.

“A mí me paso esto cuando tenía 17 años, ahora tengo 21 y en enero voy a cumplir 22 años. Para mí fue una experiencia de mucho aprendizaje, de superación propia, porque es como una piña a la realidad. Yo vivía en otro mundo, nunca pensé que iba a estar presa. Y de repente tuve que convivir con otras chicas que tenían una realidad totalmente distinta a la mía. Aprendí mucho. En mi caso, fue transformar lo negativo en positivo”, concluye Melanie.  

Con educación todo, sin educación nada

Anita Sicilia es periodista, conductora de IP noticias y hace cuatro años lleva adelante su proyecto personal “Libros en los pabellones”. Siempre cuenta que lo que comenzó como un taller de escritura en el espacio “El Ágora” en la Unidad Nº 9 de La Plata, invitada por el periodista Julián Maradeo, se transformó en un proyecto de vida. Anita se levanta todos los días a las seis y durante el transcurso de la mañana visita distintos penales de la provincia de Buenos Aires.

En su recorrido lleva libros y mantiene una charla mano a mano con la población de las cárceles. “Yo te milito el libro en el pabellón, porque siento que se puede transformar la vida de un ser humano, con un libro como llave, porque vi varias historias así”, asegura. Si bien su mayor experiencia está en las cárceles de varones cis, este año dio un paso más y comenzó a federalizar el proyecto. En Salta, llegó a visitar una cárcel de mujeres y comenta que la primera sensación con la que se fue muy fuerte porque las mujeres que conoció no dejaban de ser víctimas. “El sistema te expulsa de tal manera que haces lo posible para mantenerte como sostén del hogar, vendiendo drogas en tu casa o transportándolas dentro tuyo y si no, haces lo posible para sobrevivir defendiéndote de tu posible femicida. Hay un entramado patriarcal que termina envolviendo y fortaleciendo esas banderas que tiene todavía esa sociedad”, amplia la comunicadora.  

Créditos: Instituto Alfaro

“La cárcel no es una isla, no está aislada de la sociedad, las personas que están ahí, las experiencias que transcurren ahí tienen mucho que ver con la sociedad en la que vivimos. Y acá se pone de manifiesto que es necesario que las políticas públicas y las agendas que tienen que ver con el sistema penal y carcelario estén pensadas y retomen experiencias a partir de las propias voces de lxs protagonistas. Existen un montón de procesos de organización, de personas detenidas, ex detenidas, familiares de detenidxs, ya sea en lo cooperativo, en los centros de estudiantes. Adentro de las cárceles hay un montón de experiencias y de voces que tienen demandas específicas, que tienen la capacidad de construir agenda y de identificar reclamos y derechos que son necesarios garantizar”, explica a Feminacida Micaela Barrena, profesora y licenciada en Sociología e integrante de la organización “Atrapamuros”.

Defender el derecho a la alegría

Desde la celebración de una navidad, un cumpleaños, el día de las niñeces en el caso de las unidades con niñxs como la 33 de la localidad de Los Hornos, Garófalo y Barrena coinciden en que en ese tipo de prácticas también se entreteje feminismo popular en las cárceles. “Hace algunos años atrás empezamos a decir esto de la doble opresión, de la doble condena, de pensar las especificidades que conlleva el encierro para las mujeres y femineidades. También hemos podido recuperar y potenciar la dimensión de las resistencias en las mujeres presas que tiene que ver con algo particular que se pone de relieve ahí y son esas redes de solidaridad, de sostén y de resistencias que para nuestro trabajo fue fundamental aprender cuáles son y cómo ponerlas en valor”, enfatiza la docente de Sociología.

Nos cuidamos entre todas

Desde hace algunos años en “Atrapamuros”, además de trabajar con los talleres de educación popular dentro de las cárceles y con la extensión de la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), decidieron apostar por el otro gran territorio que ellxs llaman “el post encierro”. Es decir, pensar en lxs liberadxs, en las mujeres con arresto domiciliario, y en el poder diagramar estrategias concretas para sortear lo que sucede después de la cárcel.

Para ello trabajan en articulación con cooperativas de liberadxs y familiares de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). En ese sentido, una de las experiencias que han llevado adelante el año pasado tuvo que ver con acompañar la elaboración de microemprendimientos de pastas en los domicilios de mujeres que están con arresto domiciliario. Se realizó en el marco del programa Articular que depende del Ministerio de Mujeres Género y Diversidad de La Nación, en conjunto con la Rama de Liberadxs y Familiares del Movimiento de Trabajadores Excluidos MTE/UTEP.

En esa misma lógica, Charaf comenta que el trabajo que llevan adelante como proyecto de extensión no se limita al interior de la cárcel y también forman parte de un espacio llamado “La Segunda” que consta de un acompañamiento en distintos ámbitos para las personas que recuperan la libertad. “Quienes conformamos este espacio somos casi todas mujeres y esto tiene que ver con las formas y las redes que se generan previamente, es decir, los vínculos que se establecen antes de la recuperación de la libertad. Desde acá, brindamos la posibilidad de conectarlas con programas como el “Hacemos Futuro”, el “Potenciar Trabajo”, articulamos mucho con cooperativas de trabajo, como ‘Yo no fui’, que es una colectiva transfeminista que tiene un gran trabajo tanto adentro como afuera de las cárceles de mujeres”.

Crédito: Valentina Gaggiotti

“Como siempre decimos que la cárcel es parte de la sociedad, ninguna de las cosas que hacemos es para reinsertar en ningún lado a nadie, no lo pensamos de esa manera. Primero se trata de garantizar derechos, de ponerlos en juego. A partir de las redes y las formas de cuidado colectivo después termina ocurriendo todo lo otro. Una persona dentro de la cárcel conoce a “Yo no fui”, después recupera su libertad, se organiza, arma una cooperativa de trabajo, todo eso que se teje forma parte de una lógica organizativa y colectiva para sobrevivir. En definitiva, se trata de proponer otras miradas y otros modos de ser posibles”, sintetiza la integrante del Programa de Extensión en Cárceles de la Facultad de Filosofía y Letras.

“Para nosotres, el cooperativismo es la herramienta que nos dignifica desde otro lugar, que le está dando respuesta real a lxs compañerxs que salen del contexto de encierro. La pensamos desde una clave de género, transversal en todos los espacios de la organización, eligiendo el cooperativismo como una forma de vida. Actualmente en la coope somos alrededor de 60 compañerxs, que trabamos en distintas áreas: imprenta, editorial, diseño, comunicación, somos productorxs de contenidos, nodos de productos agroecológicos, serigrafía, sublimación. También tenemos varias áreas, de cultura, varias asesorías legales de género, niñez, salud y cooperativismo que trabajan transversalmente con todxs quienes integran la organización- Además, acompañamos a familiares en distintos procesos y trabajamos fuertemente por la inclusión laboral. Para nosotrxs es fundamental trazar esa sororidad y construir ese vínculo”, cierra Stroker.

Imagen de portada: Ilustración de Araceli, publicada en el blog del Taller Colectivo de Edición, dictado en el Centro Universitario de Ezeiza del Complejo Penitenciario Federal IV de mujeres, en el marco del Programa de Extensión en Cárceles, Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
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Anabela Morales eses Profesora en Comunicación Social (UNLP) y diplomada en Educación Sexual Integral en la Universidad de Buenos Aires. Co-creadora de Proyecto Marea Roja y Repensar la ESI. Forma parte de la ONG Faro Digital.

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