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ESI para desarmar el mito de la virginidad

ESI para desarmar el mito de la virginidad

Por Micaela Souquet y Rocío Bezenzette

¿Qué implicancias morales tiene el concepto de “virginidad”? ¿Cuáles son las diferencias construidas socialmente que distinguen la virginidad de las mujeres y de los varones? ¿Qué sucede con las identidades disidentes?

La construcción del mito de la virginidad

Un somero recorrido histórico desde la antigüedad clásica hasta nuestros días presenta a la sexualidad de la mujer en un rol de pasividad y sometimiento. Desde las vírgenes asexuadas y viriles de la mitología griega y romana hasta la idea de virgen casta, pero madre, del catolicismo, la virginidad es una construcción ciertamente cultural y política cuyo origen se encuentra en los mecanismos de dominación patriarcal sobre el cuerpo de la mujer. 

El concepto de “virginidad” refiere a la ruptura del himen con la penetración. No solo fue indebidamente relacionado con un aspecto físico y biológico. Además, con el advenimiento del catolicismo, adquiere una representación simbólica en la Virgen María, poseedora de todos los bienes morales, madre de la redención del hombre. Como dice Beatriz Rodríguez en su libro La femineidad y sus metáforas:  “Madre de todos los que viven por la gracia, en oposición a Eva, madre de todos los que mueren por la naturaleza; María, virgen antes, durante y después del parto, es modelo del único camino que se abre a la mujer, pues hasta las virtudes de las santas son apenas consuelo por una doncellez perdida. Medida en el comer y el beber, para ofrecer una imagen honesta y evitar tentaciones lujuriosas, la mujer debía ser modesta y sobria, evitar su locuacidad impertinente, pues una actitud prudente impone hablar poco, mesuradamente y solo en caso de necesidad. Humilde, discreta y laboriosa, ya que el ocio es peligroso para ella; misericordiosa, reservada, y por sobre todo casta, porque en el ánimo de los autores eclesiásticos de la época no hay apelación posible para la pérdida del ‘sello virginal’, y tal vez solo refugio en el arrepentimiento, la penitencia y la vida conventual”.

La virginidad y la castidad como tesoros divinos

“No sé todavía,

por cuáles milagros,

me pretendes blanca (Dios te lo perdone)

me pretendes casta (Dios te lo perdone),

¡Me pretendes alba!”

(Tú me quieres blanca – Alfonsina Storni)

Durante las décadas del treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado, en la Argentina se impuso el culto mariano sobre el cuerpo de la mujer, instaurando estereotipos y prejuicios establecidos sobre un prototipo surgido hace casi diez siglos atrás por el Antiguo Régimen europeo.

La Iglesia se encargó de desplegar una serie de dispositivos y mecanismos para la imposición de un imaginario popular en torno a la figura de la Virgen María. ¿Qué se podía resaltar a través de esta figura? Que la castidad y la virginidad eran tesoros divinos que se traducían en una superioridad moral y una buena maternidad. En el libro “Eva sueña”, Martina Kaniuka dice: “María es el modelo de mujer perfecta, en todos sus estados: es modelo de virgen, cuando se mantiene virginal e inmaculada, es modelo de esposa, cuando se mantiene casta y tierna, y es modelo de madre, cuando cría a Jesús con sus divinos pechos”.

Este modelo de mujer, construido a través de la opresión patriarcal histórica de la Iglesia, esclaviza el cuerpo de la mujer a los deseos del hombre o su futuro esposo. Por eso, podríamos decir que la pasividad de la mujer no es natural ni biológica, sino que es social e históricamente construida. El placer femenino era tachado como pecaminoso o incentivado por fuerzas satánicas. Lo único que importaba era garantizar el goce masculino. Sumando que el objetivo principal del matrimonio era la procreación y la monogamia. Y la buena esposa terminaba encarcelada en las cuatro paredes de la esclavitud doméstica, que visto en el imaginario social era por el amor a Dios.

No obstante, desde un punto de vista material, la Organización Mundial de la Salud (OMS), indica en un comunicado de prensa, publicado en octubre de 2018, que “la virginidad no es un término médico ni científico, sino un concepto social, cultural y religioso que refleja la discriminación de género contra las mujeres y las niñas. La expectativa social de que las niñas y las mujeres deben seguir siendo vírgenes (es decir, no haber tenido relaciones sexuales) se basa en el estereotipo de que la sexualidad femenina debe reducirse al matrimonio. Esta noción es perjudicial para las mujeres y las niñas a nivel mundial”.

Ilustración: Taller Dibujar Mal (EspacioVirgen)

ESI: la importancia de hablar de sexo en la escuela

Entre feministas, militantes de la ESI, educadoras, madres, tías, identidades feminizadas, surge entonces el interrogante sobre cómo deconstruir este concepto de virginidad que,  aunque hoy en día haya mutado y ya no se exija colgar las sábanas al público después de la noche de bodas, hay ideas que siguen latentes. Preceptos que aterrorizan a lxs pibxs, les impone un antes y un después al que deben exponerse sabiendo que dolerá.  Como si el patriarcado quisiera decir que si se busca gozar, primero hay que sufrir.

“El término sexualidad se refiere a una dimensión fundamental del hecho de ser humano”. Así comienza a definir la sexualidad humana los lineamientos generales de la ESI y tal vez desde aquí es desde donde se puede empezar a pensar el proceso deconstructivo.

La sexualidad es un aspecto de nuestro ser que se desarrolla a lo largo de toda la vida, y como tal se forma a través de procesos de conocimiento, exploración, relacionales y emocionales. Establecer un hito común para todas las personas que marque un antes y un después en la vida sexual resulta absolutamente ficticio y dañino (como todas las creaciones perversas del patriarcado).

La ESI es la herramienta desde la cual se debe construir sexualidades con cuidado y respeto a los cuerpos y emociones. Nuestra sexualidad comienza en las primeras infancias, con las exploraciones individuales, con la paulatina toma de conciencia de quiénes somos y qué nos genera placer. Más adelante, ya en la adolescencia, la sexualidad empieza a ser compartida con otrxs comenzando nuevas etapas de investigación, pero esta vez en conjunto. 

Es indispensable educar para comprender que cada unx es dueñx de su propio goce, que muy lejos de la realidad está el concepto heteronormativo machista de que las mujeres necesitan del acto de la penetración vaginal para gozar de una vida sexual.

La pérdida de la virginidad como primer acto de la vida sexual implica un reduccionismo absoluto respecto del desarrollo de la sexualidad que repercute en construcciones de pensamiento patriarcal como el falocentrismo y la heteronorma que se expresa en comentarios del estilo: “¿Cómo tienen sexo las lesbianas?”, “¿quién de ustedes es el varón?” o “no tuvimos sexo porque no hubo penetración” y tantas otras. Como puede leerse en el libro Educación Sexual Integral. Guía básica para trabajar en la escuela y en la familia, “la sexualidad está presente a lo largo de toda la vida y es necesario acompañarla y contemplarla dentro del sistema educativo para garantizar el desarrollo de personas sexualmente saludables”.

Sin embargo, como sostiene Graciela Morgade en su publicación Educación Sexual Integral con perspectiva de género, “en algunos sectores, entre algunas docentes, persisten de manera contradictoria algunos nudos vinculados con el mandato ‘moralizador’, los sentidos hegemónicos de género y clase propios de los inicios del sistema educativo, la invisibilidad de la propia condición de género en relación con su propio cuerpo sexuado y en la relación con la autoridad. Porque, si de ‘pedagogía’ estamos hablando, y sobre todo, de un proyecto pedagógico que tiende a discutir las relaciones sociales de poder y poner en cuestión los mandatos y las tradiciones que hacen a los sujetos, este programa no puede hacerse sin tener en cuenta quiénes somos y cuáles son las marcas de la construcción social del trabajo de enseñar”. Para erradicar estos mandatos y poner en cuestión los mitos relacionados con la virginidad que controlan la sexualidad y los cuerpos de mujeres, niñas e identidades disidentes, es indispensable que la sexualidad integral sea un tema público, social y no permanezca reservado a lo íntimo y doméstico.

La penetracion vaginal es solo una más de las miles de maneras de tener sexo con otra persona, pero no es ni la única ni la más importante. Sexuales nacemos y sexuales morimos: eduquemos por el placer, para el respeto y el cariño. ¡Que el himen no importe, que solo importe el goce!

– Este artículo fue producido en el marco del Taller de Producción y Edición Feminista en Medios Digitales de Feminacida –

Ilustración de portada: Shubhankar Singha


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