Cuando quieras me vacuno

Toda la vida estuvimos expuestxs a información falsa o sin chequear. En el barrio, en la escuela, en el club. Contar un chisme otorga poder a lxs emisorxs y la información empodera a lxs destinatarixs. Y si de poder hablamos, entran en juego las redes sociales. Esos espacios donde cualquiera tiene voz y puede verter toda su ideología, toda su indignación, ser unx opinólogx con derecho a todo y hasta disfrutarlo. Ningunx pensó que ni con cuestiones de salud pública íbamos a quitarle el poder a esa voz.

Hace 100 años la principal causa de muerte en el mundo eran las enfermedades infecciosas. Gracias a la vacunación hoy la historia es otra. Luego de más de 200 años de investigaciones científicas, un gran número de vacunas ha permitido protegernos de enfermedades infecciosas tan graves como el sarampión, la tos convulsa, las meningitis, la rubéola, la polio, el tétanos, entre otras. Así es como las vacunas salvan de dos a tres millones de vidas por año y en los últimos nueve, hasta cinco vidas por minuto.

Entonces, ¿por qué con ciertas cosas no se jode? ¿Cómo combatir las fake news sobre vacunas? ¿Por qué es esencial estar vacunadx?

La vacuna salva vidas

Luego de la potabilización de agua, las vacunas son el principal hito de salud pública que más vidas ha salvado. Esto también la volvió víctima de su propio éxito. Si los “bichos” de los que nos protegen no están circulando, hay gente que se pregunta para qué nos vacunamos o directamente deciden no hacerlo y surgen los rebrotes como el del sarampión hace unos pocos años. Además, las vacunas son el medicamento más seguro ya que se dan a personas sanas. Por lo tanto, para que puedan aprobarse, la relación riesgo/beneficio debe ser mucho menor que la que se alcanza los fármacos para tratar personas enfermas. La anafilaxia, por nombrar uno de los efectos adversos que puede ser grave si no es atendido a tiempo, sólo ocurre en uno de cada un millón de dosis dadas.

Pero una de las consideraciones más importantes y menos aprendidas es la naturaleza altruista y solidaria que tiene el acto de vacunarse.

En primer lugar, recordemos que la vacuna mimetiza la infección natural, sin producir enfermedad, pero estableciendo una respuesta inmune fuerte con defensas que son específicas para el “bicho” en cuestión y que tienen la capacidad de recordarlo a fin de protegernos cuando se encuentren con él en condiciones naturales, o sea, “el bicho posta”. Vamos con un ejemplo. Si querés ver una peli, pero cada tanto te llevás un fiasco, la próxima vas a ver el trailer antes. La vacuna sería el tráiler de una película muy mala, que si igualmente la querés ver, al menos ya sabés lo que te espera y podés estar preparado. Siempre es más seguro pasar por el tráiler que por la película mala en sí. No es para nada gratis pasar por algunas enfermedades y la mayoría de las veces la inmunidad natural es pobre en comparación a la generada por la vacuna.

Ahora bien, hay personas (las menos) que no pueden acceder a todos los tipos de vacunas por razones inmunológicas, como las que padecen alergia a algunos de sus componentes o los que tienen debilitado su sistema inmune como los inmunosuprimidos e inmunodeficientes. Estos dependen entonces, al menos para algunas vacunas, de la inmunidad de rebaño, esa que es “culpable” de que lxs antivacunas se pregunten para qué nos vacunamos. La vacunación no sólo protege a unx mismx sino también al resto de la población, siempre y cuando se alcance un alto porcentaje de personas vacunadas. Así es como se logra un “escudo” o una “barricada” que protege a las personas no vacunadas o a las que por ejemplo, no respondieron inmunológicamente de forma óptima, ya que se reduce al mínimo el reservorio de los “bichos”. Por esto es que la vacunación no es solo un derecho. Es una obligación y, por ende, una política de estado.

En ese sentido, Argentina cuenta con el calendario nacional de vacunación más completo de Latinoamérica y se posiciona entre los mejores del mundo. De hecho, Carla Vizotti, secretaria de Acceso a la Salud, desde el Ministerio de Salud en 2007 a 2016, y antes de ser desafectada bajo el mando macrista, fue la responsable de la ampliación del calendario de vacunación gratuito y obligatorio que incluye 20 vacunas y representa uno de los programas modelo en el mundo.

Hoy, a sólo a un año y un mes del primer caso reportado de Covid-19, hay cientos de vacunas desarrollándose en tiempo récord, de las cuales veinte avanzan en la última fase clínica y la mitad de ellas están autorizadas y aplicándose en distintos países del mundo.

Las vacunas que se encuentran en fase III han completado todas las etapas anteriores por medio de las cuales se ha validado su seguridad tanto en animales (etapa preclínica), como en humanos (etapa clínica, fase I y II), y se ha comprobado la generación de respuesta inmune protectora. Es en la última fase antes de la autorización, la famosa fase III, donde se demuestra la eficacia de la vacuna y se sigue monitoreando la seguridad. Aquí se ve realmente si estas defensas generadas por la vacuna tienen la capacidad de protegernos frente a la infección natural, y esto se demuestra en ensayos clínicos bien diseñados con un grupo control o placebo, que no recibe la vacuna. Esta fase es la que más demora porque depende del encuentro con el virus naturalmente.

El desarrollo de las vacunas contra el Covid-19 fue acelerado, sí, pero por varias razones: porque en comparación a otras vacunas desarrolladas pre-pandemia la circulación viral es altísima, lo que aumentó las chances de encontrarse al virus y además global, con lo cual permitió que la fase III fuera multicéntrica en simultáneo, los voluntarios se reclutaron en tiempo récord y la inversión en los desarrollos fue algo épico. Además, no nacieron de un repollo. El centro Gamaleya, por ejemplo, ya contaba con una vacuna aprobada para ébola que utiliza la misma tecnología y ya había desarrollado una contra otros coronavirus, con lo cual rápidamente pudieron ponerse manos a la obra.

Casi todas de las que hasta hoy se encuentran aprobadas de emergencia en base a análisis intermedios (porque ninguna terminó completamente la fase III) han reportado valores de eficacia de más del 90 por ciento. Es decir, logran proteger a nueve de cada 10 vacunados. Una joya. A fin de comparar, menos de la mitad de las vacunas de nuestro calendario logran más de un 60 por ciento de eficacia. Pero, hay un punto clave. Lo que estaba en manos de la ciencia se logró. Ahora le toca a la población. La vacuna será efectiva en la vida real sólo si se logra que gran parte de la población se vacune.

Ciencia para prevenir las noticias falsas

Ingeniero Pablo Nogués, Buenos Aires. Jardín de casa familiar. Un vecino de unos 65 años, viejo conocido de la familia, pasa por la puerta y dice:

– ¿Por qué ya no viene tu mamá por acá?

– Y…por el Covid-19, es grupo de riesgo.

– Ahh, ¿ya se vacunó?

– No, porque recién se aprobó para mayores de 60 años.

Ahhh… Y bueno, que se vacune, pero… que espere un poco a ver qué pasa.

– Pero, ¿por qué dice eso? Confíe, está aprobada.

– ¿Vos decís? Yo estoy esperando los resultados.

– Pero los resultados están, está aprobada. Confíe, confíe.

– Vos me decís que confíe… En Cristina es difícil confiar.

Cuando nos llega una información, solemos seleccionar sólo la parte que se ajusta a lo que creemos y eso lo compartimos como una verdad. Se trata del sesgo cognitivo, el “sesgo de confirmación”. Es inconsciente e inherente al ser humano. Como plantea la bióloga y divulgadora científica Guadalupe Nogués, “no es que la evidencia cambia lo que creemos, sino que lo que creemos cambia la evidencia que aceptamos, algo conocido como razonamiento motivado”. Es decir, que tomamos todos los caminos mentales necesarios para llegar a la conclusión que ya habíamos sacado. Creemos que nuestra verdad es “la” verdad y encima, queremos decirlo; sumar adeptos; despertar a los que no piensan como nosotrxs; avivarlxs porque creemos que están equivocadxs al pensar distinto.

A la información que me llega de mi tribu, sí le damos veracidad. Se trata del sesgo de pertenencia o familiaridad, que hace que cada vez nos unamos más a lxs que creen y piensan como nosotrxs y nos distingamos más de lxs otrxs. Y si esa misma información llega por canales distintos al mismo tiempo, ¡clin caja! Combo perfecto para caer en las fakenews.

Hoy las redes sociales son el principal acceso a noticias: la información falsa se difunde hasta seis veces más rápido que la verdadera. En algunos países, se calcula que casi 9 de cada 10 personas que entraron a redes para informarse sobre el coronavirus salieron infectadas de fakenews. Más aún, según un estudio realizado por Twitter, el 59 por ciento de los links posteados nunca fueron clickeados. A razón de estos resultados, hace unos meses comenzaron una prueba: enviarles a lxs usuarixs un aviso cuando detectan que vamos a compartir una noticia sin haberla clickeado. Lo más maravilloso fue el resultado: un 33 por ciento más de lectorxs finalmente lo hicieron y, muchxs de ellxs cambiaron de opinión acerca de compartirlo.

Si esto ocurre con millones de usuarixs, todos los días, en todo el mundo, ¿Cuáles serían las consecuencias de que estas noticias tengan información falsa que pueda afectar directa o indirectamente nuestra salud?

Según el informe “Desinformación, ciencia, redes sociales y medios de comunicación”, desarrollado en abril del 2020 por el Instituto Reuters y la Universidad de Oxford, las redes sociales constituyen una fuente de noticias para el 78 por ciento de lxs encuestadxs en la Argentina, frente a un 47 por ciento en Reino Unido o 39 por ciento en Alemania. Más aún, en los seis países analizados, cuatro de cada 10 encuestadxs dijeron que confiaban en la mayoría de las noticias la mayor parte del tiempo. Una de cal y una de arena: un 43 por ciento dijo confiar en la información de personas allegadas, pero más del 75 por ciento confiaba en los organismos de salud, científicos y médicos.

Para combatir la desinformación, primero debemos reconocer la presencia de estos sesgos, desconfiar hasta de nosotrxs mismxs y utilizar el pensamiento crítico, esa herramienta que puede ayudarnos a no caer en la información falsa y hasta a cambiar de postura cuando se nos presenta evidencia nueva. Sostenerse siempre en las evidencias científicas, ya que no conocen de banderas ni de ideologías, no se venden por dinero, rompen con todos los sesgos y ganan todas las discusiones.

La causalidad necesita ser probada, sino no es más que una anécdota. Y a la ciencia no le alcanza con anécdotas. Acumulando evidencias es como construimos consensos en la ciencia, como por ejemplo el de la seguridad de las vacunas.

El rol de los medios de comunicación

Quienes militamos la campaña de vacunación nacional y defendemos todas las vacunas desarrolladas para prevenir el Covid-19, nos enfrentamos a una campaña anti-vacunación nunca antes vista y a los intentos constantes de ideologización de la salud pública.

Por medio de las fakenews que se aprovechan de nuestros sesgos y la desinformación presente, tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación, en los últimos meses ha comenzado una sistemática campaña de desprestigio, desconfianza a los entes regulatorios y organismos sanitarios, a algunos científicos y personal de salud así como a sociedades científicas. Los medios masivos de comunicación, movidos por sus intereses y el alimentar a sus públicos selectos dándoles la información que esperan de les den, bien masticada y sesgada, se subieron a una campaña sin límites, causando miedo, inseguridad y hasta odio en una considerable porción de la sociedad.

Hemos llegado a un punto en el que repetimos lo que oímos, sin posibilidad de detenernos a pensar lo absurdo que se volvió todo. Reclamar por una segunda dosis de una vacuna que te hicieron “odiar” desde el día uno por una supuesta falta de “papeles”, por su manejo “secreto”, por su color. Ni los movimientos anti-vacunas, existentes desde hace añares, habrían logrado tanto.

Ir en contra de la ANMAT, ente regulatorio que controla todos los alimentos y fármacos que consumimos, no es gratis. Militar la desconfianza en la ciencia por proceder de forma “acelerada” ante la pandemia más importante que hemos tenido que sufrir, tampoco. Titular noticias de tal manera que la vacuna pareciera el peor de los diablos pero que cuando se leen completas “no es tan así”, es por demás imprudente. Tomar en un set de televisión, en prime time, una botella de un supuesto tratamiento milagroso que como medicamento es muy buen blanqueador de madera, sale caro. Muy caro, porque se pagó con vidas. Entonces, paremos la pelota. Las consecuencias ya se ven, y se verán por años y hay cosas de las que no se vuelve.

Hoy tenemos herramientas para combatir la infodemia. La desinformación es responsabilidad de todxs. Cuando te llega una noticia que te sensibiliza, que te alarma, primero desconfiá. Si podés, chequeá y si no al menos alcanza con que no compartas.

Y si tenés la posibilidad, salvá vidas. Vacunate.


Bióloga y doctora de la Universidad de Buenos Aires. En su doctorado y postdoctorado se especializó en Inmunología. Es Investigadora Asistente de CONICET y docente del Departamento de Química Biológica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Miembro del Comité Docente de la Sociedad Argentina de Inmunología y de la Comisión de Género del Departamento de Química Biológica, FCEN, UBA. Pertenece a la agrupación CienciaNuestra y de trabajadoras en CyT “Las Curie”. Fue parte de la Red Federal de Afectados de CONICET, creada frente al ajuste en CyT desde 2015 a 2019.

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