Corazón loco apesta a naftalina

Corazón loco, una comedia que derriba cualquier esperanza de cambio por parte de los grandes jugadores del medio.

La última película de Adrian Suar y Marcos Carnevale, estrenada en Netflix y puntera como la más vista en Argentina, es una confirmación absoluta de lo poco que entienden sus creadores sobre los tiempos que corren. Desde la gráfica de los títulos de apertura, traídos casi directamente del viejo film Comodines (1997), hasta el último plano de chivo de una empresa de estaciones de servicio queda claro por qué la película fue acusada de “atrasar” inclusive por críticos varones en todos los medios, incluyendo el diario Clarín, socio histórico de Suar. Pero aunque la crítica le rehuya, su éxito merece una reflexión respecto de con qué espectadorxs está dialogando el film, o mejor ¿qué espectadorxs crea este tipo de contenidos?

La trama gira en torno a Fernando Ferro (Adrián Suar), un traumatólogo que secretamente formó dos familias en paralelo. Una en la Capital Federal de Buenos Aires, con Vera (Soledad Villamil) una mujer decidida y “médica también” como se autoproclama. La otra en Mar del Plata, con Paula (Gabriela Toscano), o “Pipi” como le dice él, que es una dulce maestra jardinera. Ferro tiene dos trabajos, dos autos y cuatro propiedades que maneja de manera aceitada desde hace ya 9 años, hasta que es repentinamente descubierto por Paula.

Más allá de la enorme cantidad de elecciones cuestionables (chivos descarados, la voz en off que cambia caprichosamente de Suar a Toscano, la presencia de un nene no herido en una ambulancia, ningún personaje cambia o aprende nada, etc.), la película misma está basada en una premisa inverosímil y falsa. Ya sea en sentido narrativo, así como de cara a la realidad argentina en la que dice enmarcarse.

La sola idea de que Ferro se haya podido casar dos veces y la de que un médico pueda trabajar de lunes a sábado haciendo el trayecto Mar del Plata-Capital dos veces por semana y mantener un alto nivel de vida por duplicado cuando manifiesta haber estado 19 años pagando una hipoteca conseguida “con el Gobierno de De la Rúa”, es cuestionable. Pero, además, Ferro se llena la boca con el amor que siente por sus dos esposas bajo la narrativa de que su problema es tener “un corazón demasiado grande” -algo inicialmente sugerido como una cardiopatía, pero que luego no se sostiene como tal-.

 El personaje de Suar, en una charla que tiene con un amigo varón, llega a recitar de memoria la lista de países en los cuales la bigamia es legal. Sin embargo, no es capaz de gestionarla honestamente ante sus parejas y confunde los vínculos polígamos con el engaño sostenido. Parecería que la responsabilidad afectiva y el consentimiento no rinden y resulta más efectivo reinstalar el imaginario de que la poligamia solo puede ser ejercida por varones que le mienten a las mujeres porque “ellas no entienderían”. Así, se confunde el amor con la domesticidad idílica que logra el varón bien atendido por “sus mujeres” y lxs hijxs que lo reciben cuando llega y lo acompañan cada vez que sale.

En ese sentido, el discurso de la película no parece ser más reflexivo que su personaje principal. Sus acciones no son mostradas de manera satirizada, crítica o siquiera distante; sino que refuerzan todo su accionar como algo completamente válido. ¿De qué manera? Mostrándolo como un hombre cálido y atento con lxs hijxs y las dos esposas, completamente funcional, súper trabajador y amoroso; casi “el marido perfecto”. 

Las escenas de viaje entre ambas ciudades y esposas se musicalizaron con una versión sexy en voces femeninas de Hit the road, Jack mientras Ferro nos susurra su táctica para no ser detectado, haciéndolo quedar como una especie de dandy modelo de perfumes. Otras veces, se las musicaliza con Relax, don’t do it ya en modo héroe de acción como aspirando a ganarse un celebratorio “qué hijo de puta” por parte de la platea masculina más recalcitrantemente raulera. 

Sin embargo, Ferro está lejos de ser admirable. Es un tipo que le dijo a la “segunda mujer” que “la primera” se había muerto ahogada, que no es capaz de levantarse de la mesa a buscar algo, que amenaza a un empleado del planetario, maltrata a un camillero y acusa a las enfermeras de robarle. Todas esas marcas ideológicas, así como el chiste sobre cómo “los trapitos” no cuidan los autos, no ocupan un lugar central en la película sino que son deslizadas por lo bajo, como guiños -supuestamente graciosos- al sentido común reaccionario de cierta clase acomodada. En definitiva, lejos de presentarlo cómo un victimario -y aquí está el broche de oro- se lo hace pasar inclusive por una víctima cuando Toscano se entera de su doble vida y se alía con Villamil, quien la empuja a conducir una venganza cruenta. Y claro, ¿qué pueden hacer dos mujeres despechadas sino es unirse contra el hombre que las engañó para castrarlo?

La propuesta de la película parecería que es reavivar condescendientemente las fantasías más básicas de la frágil masculinidad; tal como es construida y sostenida por estos varones tradicionales. Entonces, una vez que Ferro es justificado y amparado en su accionar, se pueden mostrar escenas de pugilato, secuestros, envenenamientos con burudanga, amenazas de suicidio y atentados contra su integridad sexual como algo inofensivo con la intención (aunque no exitosa) de hacer reír.

En Corazón loco los personajes femeninos no son ostensiblemente más jóvenes que sus parejas, sus cuerpos no son foco de una sexualización pasiva y se las presenta como personas con ocupación y entorno propio. Las dos actrices, además, son profesionales de gran renombre y talento. Pero ¿alcanza con esto?

Cuando Paula descubre la infidelidad de su marido, le dice a su hermana: “agarraría la manguera de surtidor de super, me rociaría y me prendería fuego ahora mismo”. ¿Los creadores están al tanto de lo problemático que es este comentario y la resonancia que infunda con los casos altamente mediatizados de femicidios en nuestro país? Vera, por el contrario, redirige su bronca hacia Ferro y refiriéndose a su plan de castración, dice: “Cualquier mujer en una situación como esta, en lo primero que piensa, es en eso, ¿o no?”. Aquí la música ya no es ligera, sino que, a diferencia de lo que sucedía con las andanzas de Ferro, tiene el tono siniestro que merecen los acontecimientos.

Pero ¿cuántos varones son secuestrados, mutilados, quemados y/o arrojados al vacío por sus parejas o ex-parejas mujeres en nuestro país? ¿No estamos ante una apropiación de las experiencias casi exclusivamente reservadas a las feminidades por parte de los varones con mayor poder mediático del país? ¿Porqué se están agitando demonios de los más básicos con estos personajes femeninos al borde de lo psiquiátrico que buscan una venganza descarnada?

David Mammet, dramaturgo estadounidense, dice que los buenos finales son aquellos que como espectadores nos resultan sorprendentes a primera vista pero que luego se revelan como inevitables para el universo y los personajes presentados. Y aquí pasa algo parecido. No con Corazón loco, ya que el film prácticamente carece de un final propiamente dicho, sino con los propios Suar y Carnevale. ¿Pueden producir otra cosa estos jugadores privilegiados del medio audiovisual que llegaron a sus posicionamientos gracias al propio juego oxidado que alimentan? ¿Podemos esperar algún tipo de avance o renovación narrativa o de contenido desde los comunicadores más establecidos?

Es importante que más allá de los casos particulares, donde se evalúan las decisiones y responsabilidades de cada contenido, se incorpore una mirada integral. Estos escritores, directores y productores son parte de un sistema y de las lógicas de producción que son mucho más amplias que ellos mismos y con las cuales deben negociar todos lxs hacedorxs audiovisuales en alguna medida. En este sentido, el rol de Netflix es ineludible. No sólo por este film sino por la contundente coherencia de los contenidos argentinos que ofrece. Mucho de esto probablemente tenga que ver con que en vez de presentarse como una pantalla distinta de la televisiva y/o comercial, arriesga muy poco y se limita a trabajar con productoras muy establecidas y, por lo tanto, reproduce por completo su cosmovisión. Y si en algo les reditúa aún esta asociación en la actualidad, es hora de que se den cuenta que sus días están contados.


Martina Saleme Licenciada en Socióloga de la UBA y Mg. en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual de la Universidad de Sevilla. Trabajó en Derechos Humanos y en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Actualmente se encuentra desarrollando distintos proyectos audiovisuales y hace críticas de series con mirada sociológica en Todo lo que sí (@todo.lo.que.si).

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