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Cambio climático: ¿cómo construimos una vida posible?

Emergencia ígnea a nivel nacional, sanciones de leyes que favorecen a las megamineras a espaldas del pueblo, aprobación de la exploración sísmica para la futura explotación de hidrocarburos en el mar argentino, pueblos fumigados y mucha (pero mucha) desinformación. Este fue el panorama ambiental en los últimos meses en la Argentina que, con suerte, logró llamar la atención de muches e hizo que las preguntas comenzaran a surgir por todos lados. ¿Cómo creamos un futuro vivible para todes? ¿Es posible vincular el crecimiento económico con el cuidado del ambiente? ¿Cuál es el desarrollo que queremos y necesitamos?

¿Directamente desde el infierno?

La imagen circuló en todas partes: un mapa de Argentina con un manchón rojo oscuro que cubre las provincias del norte y centro del país como si el territorio se estuviera sumergiendo en el infierno mismo. La masiva ola de calor se hizo evidente en estos días, en los que ni ventilador ni pelopincho fueron ni son suficientes y menos con el corte de luz que se vivió en el AMBA, el cual dejó a más de 700 mil usuaries sin electricidad. Las temperaturas máximas alcanzan los 35° y 42°C, según el Servicio Meteorológico Nacional (SMN).

La frase “no es calor, es desmonte” se esparció por las redes como el fuego en los campos desertificados. Y si bien es innegable que allí existe un vínculo, es importante recordar que, como la mayoría de las veces, la situación es más compleja. Es cierto que los picos de temperatura son una manifestación del cambio climático inducido por les humanes, como sostienen desde el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en el informe publicado en agosto del 2021. “A nivel global hay un contexto en el que se están haciendo mucho más extremos los eventos climáticos”, explica la licenciada en Ciencias Ambientales y columnista de Ambiente en Feminacida, Eugenia Polesello. Sin embargo, las causas de esta ola de calor son múltiples y van más allá de la deforestación. La emisión de gases de efecto invernadero, por ejemplo, es otra gran causa y un problema que enfrenta la humanidad en este momento para lograr mantener el calentamiento global entre los 1,5° y 2°C, como urgen desde el IPCC. 

Pero hay algo más detrás de esta frase que motiva a les ambientalistas a vincular estas dos escalas de análisis —una global y otra local—. A fines del 2021 el Consejo Federal de Medio Ambiente (COFEMA), junto con el Ministerio de Ambiente, declaró la emergencia ígnea por un año debido al riesgo extremo de incendios. Durante diciembre se conocieron focos que arrasaron con la flora y fauna de las provincias de Río Negro, Neuquén, Chubut, Entre Ríos, Santa Fe y Misiones.  

“Los incendios son algo esperable en Argentina. Sin embargo, cuando tenemos menos superficie boscosa el fuego tiene terreno fácil para avanzar, no tiene obstáculos y se exacerba. Es una cadena”, sostiene Polesello. La pérdida de biodiversidad y la quema de los bosques hacen que los ecosistemas no tengan las mismas capacidades para recuperarse y mantener un equilibrio. El 95 por ciento de los incendios son producidos por la actividad humana, muchas veces por negligencia o descuido, pero también por otras razones. 

El monocultivo en el agro, la megaminería que utiliza miles de litros de agua y el fracking son algunas de las actividades económicas que dañan los ecosistemas. “Lo que se observa es que los proyectos extractivistas acentúan la sequía, la falta de agua que genera los incendios. Por otro lado, está la desidia estatal y la quema intencional en algunos lugares”, explica Laura Brion de la Asamblea Fiske Menuco por el agua y por la tierra de General Roca, Río Negro. “Siempre decimos que así como en la estepa o en la montaña lo que sufren es el extractivismo de la minería, nosotros sufrimos el extractivismo urbano que es la pérdida de los territorios por el avance inmobiliario”, sostiene Ana Wieman, activista en la Asociación Civil Árbol de Pie de Bariloche y refuerza el argumento de que existen focos intencionales para despejar zonas para la construcción. 

El 4 de enero, en medio de las manifestaciones por la exploración sísmica en el mar argentino, el ministro de Ambiente Juan Cabandié twitteó un gráfico en el que muestra que las hectáreas incendiadas durante el 2021 fueron menos que los años anteriores, según él por el fortalecimiento del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, cuyo presupuesto aumentó 7 veces con respecto al 2020. Este gesto, si bien intentó marcar un suceso beneficioso, generó una gran indignación entre las personas que vieron sus territorios arrasados por el fuego en distintos momentos del año. 

Un ejemplo que pone en entredicho las intenciones de tener un desarrollo sustentable por parte del gobierno es la pérdida de estado parlamentario el 21 de diciembre del 2021 del proyecto de Ley de Humedales, que busca establecer presupuestos mínimos de protección ambiental que aseguren la conservación de estos terrenos inundados que son fuente de biodiversidad. Esta iniciativa es el logro colectivo de una lucha que se desarrolla hace años —el primer proyecto fue presentado en 2013— y que busca controlar el avance de los grandes intereses extractivistas a través de penalidades a los incendios intencionales, regulación de la aplicación de sustancias contaminantes y crea un Inventario Nacional de Humedales, entre otras medidas. 

Cuidar los mares 

“Atlanticazo”, así se llamó a las manifestaciones en contra de la aprobación de la exploración sísmica en el mar argentino por parte de la empresa Noruega Equinor, en conjunto con Shell e YPF. El 30 de diciembre, cuando todes ya estaban pensando en el brindis de fin de año, el Ministerio de Ambiente le dio vía libre a esta actividad que se desarrollará a kilómetros de la costa de Mar del Plata, en los bloques CAN 100, 108 y 114. Pero, ¿de qué se trata este proyecto? ¿Por qué las organizaciones ambientalistas están en contra? ¿Qué tanto hay de razón en los argumentos a favor? 

La exploración sísmica en el mar es la etapa previa a la extracción de hidrocarburos. Mediante cañones de aire se producen ondas sonoras que mapean el fondo marino para identificar dónde se encuentran los posibles pozos de petróleo o gas. El ruido que genera, el cual puede alcanzar los 250 decibeles —un avión al despegar produce 120 dB—, daña a la fauna marina que se desorienta, pierde capacidad auditiva y hasta puede llegar a encallar. 

Además, en caso de que a futuro se realice la explotación en estos territorios, hay una alta posibilidad de que existan derrames de petróleo. “Las expectativas más altas para la extracción de petróleo en el Mar Argentino, 10 mil millones de barriles, acarrearía entre 3 y 10 derrames mayores, y entre 80 y 140 derrames menores durante el lustro 2030-2035 que sería el de mayor apogeo para la extracción”, sostienen en el Análisis y Posicionamiento ante la Posibilidad de Nuevas Plataformas Extractoras de Petróleo Offshore desde la Universidad de Mar del Plata.

Uno de los argumentos a favor de la exploración sísmica es que la Argentina necesita de esta actividad para desarrollarse y crecer económicamente. A lo cual Soledad Barruti, periodista especializada en temáticas vinculadas a la industria alimentaria y al ambiente, responde: “Hay que dejar atrás todas las prácticas ecocidas en un proceso de transición que no veo que el gobierno esté tomando en ningún tipo de acción que emprende”.

Esta medida ya venía siendo discutida. A mediados del año pasado se realizó una audiencia pública en la que hubo 350 intervenciones, incluyendo ciudadanes de la costa bonaerense, organizaciones ambientales, académiques, científiques y representantes de distintos sectores empresariales. Allí una gran mayoría de les oradores dejaron clara su postura en contra de esta actividad que pone en riesgo el ecosistema marino y a actividades locales, como la pesca y el turismo. “Yo era la número 304. Tuve la oportunidad de decir lo mío, sabía la bolilla que me iban a dar. Fue el día que hubo un derrame y una explosión en el golfo de México. Lo que más me preocupó fueron los animales, el ambiente es uno solo”, cuenta Ana Wieman, quien participó de la audiencia. 

Malena Blanco, fundadora de Voicot, estuvo en las manifestaciones del 4 de enero en Mar del Plata. “Éramos miles de personas. El medio más conocido de Mar del Plata dijo mil, ¡ni loca éramos solo mil! Eran cuadras y cuadras, no llegabas a ver ni el principio ni el fin”, asegura en una entrevista con Feminacida. “Eran muchas personas diversas, cantando, gritando, pidiendo basta. Fue emocionante”, recuerda. Para ella, de este activismo autoconvocado a favor de los territorios que habita y que ve avasallados por el extractivismo tiene que surgir una pregunta colectiva: ¿cómo hacemos para salir de esto?

Resistir a los gigantes

Las empresas megamineras son un enemigo para muchos pueblos a lo largo y ancho del país desde hace muchos años. Andalgalá, Famatina, Esquel, Mendoza son algunos de los lugares en los que la resistencia le hizo frente a estos gigantes transnacionales que traen contaminación y se llevan los minerales de la tierra. La última victoria frente a esta actividad destructiva fue la del movimiento No a la Mina, que acumula más de 15 años de existencia, en Chubut donde lograron la derogación de la ley que permitía la diversificación productiva de la meseta e impulsaba la zonificación minera. 

Con 14 votos a favor, 11 en contra y de espaldas al pueblo, el 15 de diciembre del 2021 quedó habilitada la megaminería en las zonas chubutenses de Telsen y Gastre. “Se busca diciembre como un mes donde está la guardia más baja, donde luego no hay posibilidad de tratamiento legislativo, en los dos casos se quiso colar estas medidas que se sabía que tenían una fuerte oposición social”, sostiene Barruti en relación a esta aprobación y a la de la exploración sísmica. Sin embargo, aún con balas de goma y represión policial, la organización social pudo más que el gobierno de Arcioni y tuvieron que dar marcha atrás con la sanción. 

El proyecto estaba dedicado sobre todo a la empresa Pan American Silver, titular desde el 2010 del proyecto Navidad, uno de los depósitos de plata más grandes del mundo aún sin explotar que se ubica en esa meseta. Para su mala suerte, Chubut tiene vigente desde el 2003 la Ley 5.001 que prohíbe la minería a cielo abierto y el uso de cianuro, lo cual impedía que la actividad minera de esta transnacional se desarrollara y por eso se buscaba una alternativa que, finalmente, no pudieron conseguir.

La megaminería ya no es la actividad tradicional que sacaba los minerales en veta. No, implica la extracción de los metales que se encuentran diseminados a través de explosiones que involucran incluso a cerros enteros. Para separar lo valioso de la piedra, se realizan procesos de lixiviación que gastan millones de litros de agua y la contaminan con productos químicos como el cianuro. 

Malena Blanco y Laura Brion están de acuerdo en que los discursos para imponer este tipo de actividad son siempre los mismos: las empresas y los gobiernos prometen empleo y entrada de divisas, pero esto nunca se cumple. Porque el dinero y los bienes naturales se los llevan las transnacionales y el trabajo es inestable y dura poco tiempo. “Lo que sucede con estos emprendimientos es que vuelven a generar un círculo de dependencia económica con los países industrializados y más pobreza, más desocupación”, sostiene Brion. Entonces, no solamente se destruye el ambiente sino que también se acentúan problemáticas sociales centrales en el país. 

Escenarios posibles y colectivos

Frente a este panorama —que también incluye el agronegocio, la fumigación, el fracking, el manejo de los residuos y muchos etcéteras— a veces parece que la única opción posible es largarse a llorar. Pero como suele suceder, también acá la salida es colectiva. “Hay que hacer un nuevo acuerdo ecosocial, no podemos seguir bajo las mismas dinámicas y narrativas que hoy en día sostienen este desastre. El llamado es hacia una forma de resistencia creativa que involucre a la economía, la política, la cultura, la sociedad toda”, sostiene Barruti. 

Y en eso, Malena Blanco acuerda: “Creo que hay que pensar otro sistema posible. Es una respuesta que se debería crear de manera colectiva, desde diferentes lugares, áreas y realidades”. La transformación debe ser profunda, estructural, y eso lleva su tiempo. “Lo que nosotros observamos sobre la acción de los gobiernos a nivel provincial nacional es que no hay un interés en pensar estas problemáticas y en resolverlas. Esto tiene una razón muy clara: tanto los gobiernos de corte nacional popular como los de corte neoliberal llevan adelante una política económica que privilegia un modelo extractivista”, sostiene Laura Brien. 

Crédito: Agustín Marcarian / Reuters

¿Cómo seguimos? Se puede empezar por debatir —una vez más en la historia— el concepto de desarrollo que guía la política económica en el país. ¿Cuáles son las consecuencias a futuro de las actividades que se permiten? ¿Vale la pena entregar territorio y bienes naturales por dólares, aunque eso signifique hambre y pobreza para mañana? ¿Cómo pensamos estrategias que dejen atrás las prácticas ecocidas y piensen en un reproducción sustentable de la vida? Por lo pronto, de nada sirve caer en la dicotomía desarrollo/ambiente, sino construir escenarios en los que ambas realidades sean posibles. “Me da risa, como si no se necesitara del ambiente para el desarrollo y como si el cuidado del ambiente fuera para ‘estancarnos’”, ironiza la licenciada Eugenia Polesello. 

Las mujeres y disidencias suelen estar en la primera línea de resistencia, las madres de los pueblos fumigados, las mujeres de Famatina y de Andalgalá, la figura de Ramona Bustamante, defensora de tierras cordobesas, son solo algunos ejemplos. Y también son las principales afectadas por la crisis climática que profundiza violencias preexistentes. “No es casualidad que seamos en su mayoría mujeres o disidencias quienes conformamos el movimiento animalista, porque justamente somos quienes hemos percibido y recibido en nuestra piel todo esto que nos fue impuesto”, advierte la fundadora de Voicot.

Desde los feminismos, la respuesta también es la organización. Para Barruti, la relación entre la lucha ambiental y la feminista está muy presente en los territorios, en las agrupaciones de mujeres indígenas, pero todavía se encuentra latente entre los feminismos urbanos. “Entendiendo el paralelismo total que existe entre la explotación de los cuerpos-territorio como un todo, las respuestas resultan ser muy integradoras cuando unen las teorías feministas con las ambientalistas y se construyen estas formas de ecofeminismo que son tan interesantes y que son un movimiento en sí mismo”. 

Foto de portada: Agustín Marcarian / Reuters

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Periodista y tallerista en Feminacida. Nació en diciembre de 1996. Estudia Ciencias de la Comunicación en la UBA y escribió en la Agencia de Noticias de la carrera (ANCCOM). Co-coordinó el podcast Intimidad Corrompida. Actualmente trabaja como creadora de contenidos para redes.

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