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Changuita Despierta: trabajo cooperativo y feminis...

Changuita Despierta: trabajo cooperativo y feminista

Foto de portada: Evelyn Schonfeld

“Changuita Despierta” es una cooperativa de serigrafía feminista que tiene su propia marca de ropa. Son diez trabajadoras y apuestan a una nueva construcción del trabajo joven. Todas coinciden en una cosa: su generación no accede más a los trabajos formales.

Juana y Coco no se despegan de las piernas de Lelu (20), que mientras prepara el mate con burrito enchufa una plancha para el pelo. Mientras acaricia a los perros, ceba uno. Karen (20) es vecina, vive atrás de la casa de Lelu, al fondo de un pasillo del barrio Costa Esperanza. Todos los días se encuentran para ir juntas a trabajar. Se toman el 670 hasta José León Suarez y de ahí el tren mitre hasta la estación San Andrés, donde está el taller. Sofi (20) sabe hacer los colores. Le gusta imaginar, mezclar y ver qué pasa. Marilda es una de las más viejas y se dedica al estampado. Son diez, y cada una desarrolla un rol importante en la cooperativa de trabajo “Changuita Despierta”. 

Lelu es otra de las que participa del proyecto desde sus inicios en 2016. Cuenta que, en el esquema de trabajo cooperativo, otras compañeras compartieron el saber sobre el oficio que hoy  tienen todas. Las Changuita Despierta producen su propia marca de ropa con diseños estampados propios, y también ofrecen sus servicios de serigrafía.

Todas coinciden en una cosa: su generación no accede más a los trabajos formales. Según el informe del Registro Nacional de lxs Trabajadorxs de la Economía Popular (ReNatep), más del 65% de los trabajadores y trabajadoras que quedan por fuera del mercado formal de trabajo, son menores de 35 años. “Ya no se abren más fábricas, y a los talleres clandestinos no queremos volver”, cuenta Karen, que hace poco se sumó a la cooperativa. 

Un día de trabajo en la cooperativa. Crédito: Evelyn Schonfeld

Casi la totalidad del grupo de trabajo son mujeres jóvenes que viven en los barrios populares de San Martín. La mitad son migrantes paraguayas. “Nosotras no accedemos a nada. No sólo al trabajo. Tampoco a la salud ni a la educación”, dice Lelu, que emigró desde Paraguay cuando tenía 9 años, al igual que su prima, que también trabaja en la cooperativa. Y remarca que “con esta forma de organización integral del trabajo, también buscamos garantizar esos derechos”.

Construir su propio trabajo

“Sin patrón”. Un cartel llama la atención inmediatamente al ingresar. Está allí porque para las trabajadoras es una premisa fundamental del trabajo cooperativo. Ellas organizan sus horarios y días de trabajo, acordes a los pedidos que tienen. Trabajan entre 15 y 20 horas por semana, y se dividen en dos turnos para recibir y entregar pedidos. También preparan los diseños y los shablones, marco de madera o de metal que tensa la malla serigráfica: los graban, estampan y secan. Comparten el espacio del taller, ubicado en la fábrica recuperada “Disco de Oro”, con otra cooperativa textil con la que trabajan en conjunto la producción de remeras para estampar.

Quienes integran “Changuita Despierta” creen que es muy importante pensar políticamente qué significa armar y apostar a espacios de este tipo. “No es solo estampar, es pensar cómo percibimos nuestro trabajo y dar la discusión para que nos vean”, sostienen las trabajadoras.

Las changas forman parte de la Unión de Trabajadorxs de la Economía Popular (UTEP), y en ese marco cobran un programa social como el “Potenciar Trabajo”. “Tomamos ese salario, y lo usamos como base para construir. Nadie vive con 10 mil pesos”, aclara una de ellas.

Crédito: Evelyn Schonfeld

Muchas trabajaron previamente en talleres clandestinos de costura, entre otros rubros. Pero pueden identificar que no es casualidad que ninguna haya tenido una buena experiencia de trabajo previo al comunitario y cooperativo: “La única opción que te queda es organizarte y construir tu propio trabajo”, aporta Sofía.

También creen que es difícil competir con el mercado porque la sociedad no está acostumbrada a comprar en cooperativas. “Es muy difícil entender que ese precio es el precio justo de la remera, por todo el trabajo que hay detrás” cuentan. Por esto, y por sus experiencias previas, consideran que no fomentar el trabajo esclavo depende también de la forma de producción que vienen construyendo. 

El sol pega fuerte a través de los ventanales del taller. Al lado de los baldes de pintura hay un corcho: una lista de pedidos, una planilla de asistencias y el conteo del stock penden de alfileres en el cuadrado marrón. 

“Durante el Macrismo fue remar en dulce de leche. Era ir a lo urgente, y no siempre lo urgente era hacer los pedidos”. Las trabajadoras cuentan que el contexto de esos años las llevó a no ver una salida a este proyecto. “La esencia de lo que somos nos mantuvo unidas para sostener el espacio” dice Lelu, mientras saca las maniguetas, el utensilio que se usa para esparcir la pintura,  para empezar a estampar. Piensa un momento, y enfatiza: “Es re importante que el Estado nos apoye, y aporte a construir más espacios así”.

Ellas consideran que ser parte de una organización social les permite también pensar la política desde su espacio de trabajo. “Eso no sucede en todos los trabajos.

Acá la pensás, la discutís y la llevás adelante”. afirma Lelu.

Crédito: Evelyn Schonfeld

“Somos sobrevivientes”

La cooperativa fue creada en el 2016 como un dispositivo que pueda aportar a la independencia económica de mujeres que hayan atravesado o están pasando por alguna situación de violencia. 

“Somos sobrevivientes que nos organizamos y creamos nuestro propio trabajo”. Así eligen presentarse en sus redes sociales. Eligen esa palabra porque creen que es necesario resignificarla. 

Y es que no sólo pueden identificarse como sobrevivientes a determinadas situaciones de violencia de género. Saben, por sus recorridos, que han sobrevivido a muchas cosas más. “Sobrevivimos a ser pobres, mujeres y migrantes”. 

Mudanzas forzadas, denuncias y recuperación de la autonomía económica. Para muchas de las situaciones que atravesaron fue clave haber sido acompañadas por el equipo de trabajo. Y es que en el laburo comunitario, la vida es parte. No existe una separación forzada. 

“Para nosotras, tener la posibilidad de acompañarnos habla de trabajo digno. Porque implica aún más responsabilidad de cada una, con ese grupo del que se es parte”.

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