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Back, la última boite marica

Back, la última boite marica

Back fue un boliche marica de los años ´90. Ubicado en la ciudad de La Plata, y a metros de la casa del gobernador, fue el único reducto donde putos, putas, travas, trans, tortas, maricas, viejos y jóvenes, compartían el sudor de lo escondido hasta el amanecer.

En esta crónica, la pluma de Bruno Crocianelli repara las historias de La Loca Bianchi, Daniel Bebilacqua, Cris Miró, Mario Ruci, La Vinchuca, La Hormiga, Sophia, La Diabla, La Xuxú, La Wendy, La Moma, La Romi, Fabián y Sabrina.


“Together, We will learn and teach
Together, Change our pace of life”

Go West, Pet Shop Boys.

A finales del 1800 fue la casa de una familia acomodada, con ventanas y puertas altas, celosías, piso de pinotea y un fondo con árboles que ya no está. Pero a mediados de los años ´90 tampoco tenía las aberturas originales: era una gran pared camuflada de bordó oscuro. Tenía dos puertas, una sobre calle 5, de madera, pequeña y redondeada arriba como las de los cuentos infantiles. La que daba a calle 53 era doble, de chapa negra y solo se abría sigilosamente a partir de las 5 de la mañana.

Cuando se alumbraba la escalera del estrecho ingreso, marcaba el ON de la noche platense. Era una zona donde muchos boliches explotaban todos los fines de semana. Ciudad universitaria, grupos, gritos y el crash de alguna botella.

Pero esta casa en la esquina no tenía grandes letreros, ni filas interminables, ni ruidos. No había gente en la puerta, ni luces de promoción, la casa parecía estática, ausente, casi vacía.

Subiendo por el primer tramo de peldaños estaba la boletería, con una pequeña ventana como las de la cancha, donde te cobraban $5, lo que salía cualquier boliche. Siguiendo aún más arriba entrabas al edén. Back era el único reducto donde putos, putas, travas, trans, tortas, maricas, viejos y jóvenes, compartían el sudor de lo escondido. A pocos metros, la casa del gobernador estaba custodiada.

El primer paso era el semi nivel, la barra. Donde se acodaban las maricas viejas de traje y la mayoría con whisky en las manos. La Loca Bianchi usaba un abrigo largo sobre los hombros, que dejaba caer lentamente como si fuera de chinchillas.

Las mayoría de las mariquitas escuálidas pasaban rápido por ahí, y bajando la escalera estaba al corazón del puterío: la pista.

“Piel morena, mi delirio y mi condena”, saturaba en los parlantes Thalía. El escenario estaba  justo contra la esquina, enmarcado por paredes negras. A los dos costados se levantaban tres escalones donde se sentaba la tribuna a ver los cuerpos desatados de música latina, pop y mezclas profundas. Donde no se podía caminar, pero sí bailar. Casi pegados, parejas, grupos, solos y solas en busca de compañía, de sexo, de amor, “porque solo a tu lado solo soy feliz… tú me tienes prisionera”.



Ese centro era el latido de todas las fiestas, los shows de transformismo, Jean François Casanovas y Walter Soares del grupo Caviar, Marito de La Melange, Guillermo Gil, Raúl Gala, Gustavo Liza, aniversarios y feriados especiales para el baile.

El dueño del boliche se metía en la noche porteña a los bares Sitches y Search para contratar los shows. El acuerdo contemplaba un taxi para llevarlos a La Plata, esperarlos y regresarlos a sus casas. Ellos eran los referentes del transformismo con espectáculos de humor y play back de grandes clásicos de la música. Amaban el silencio y el respeto platense que los hacía volver. Back era el único lugar para ver esos espectáculos y se armó un público under queer. El resto quedaba en la gran ciudad, con la distancia en tren o el Colectivo Río de la Plata.

En los concursos de Carnaval los desfiles se llevaban varias reinas. Incluso la mismísima Eva Duarte de Perón ganó un año, que con su traje entallado saludó entronizada a las de segundo y tercer puesto.

Durante esas noches especiales el lugar reventaba, como cuando fueron tres strippers vestidos como policía, obrero y hombre leader. Los tipos reventados en músculos serpentearon el aire mojado y ¡boom! Había gritos desde la tribuna y la primera fila del concierto de carne. Para algunos del público fueron los primeros, y como salidos de una película, guiñaron los ojos a quienes seguían con devoción los cuerpos de fantasía. Como los del suplemento de hombres de Eroticón, la revista Nexo o los almanaques condicionados.

También estuvieron en la casa antigua devenida en boite y luego boite marica Celeste Carballo, Sandra Miahnovich, Lía Crucet y Gladys, la bomba tucumana, en donde en esas noches todo transpiraba aún más.


Back se vuelve puto

“Cuando yo me vaya
nadie te amará
porque está manchado tu corazón
con el pecado”

Pecadora, Pastor López.

Daniel Bebilacqua es el símbolo de los boliches gays de la ciudad desde los años ´90. Fue dueño de Back, Club 51 (el primer after platense), Speed, Eco Bar, Juana y el actual Hogan’s Club. Se crió en Villa Luro y al hacerse insostenible el tema de su sexualidad con su familia, a los 20 años se mudó. Esa lógica se replicaba una y otra vez, padres que no aceptaban la sexualidad de sus hijos, los echaban o simplemente ignoraban el tema. Hablar de eso no era lo común. Tampoco lo ayudaron con la garantía que necesitaba para alquilar el local para terminar los papeles, y le pidió ayuda a un cliente. La reconciliación llegaría muchos años después.

Trabajaba en la administración de la obra social PAMI en planta permanente. Cuando se mudó a La Plata con su novio, cerró al poco tiempo Groucho, un bar que abría entre semana, y Onda, un local bailable. Con 31 años se puso a buscar lugares heterosexuales que funcionaran mal para armar uno gay. Entró un viernes a Back, que había sido en los ´80 Chihuahua, un lugar para parejas. No había más de veinte personas y le propuso al dueño asociarse para abrir nuevamente la noche marica platense.

En 1995 Eduardo Duhalde era gobernador de la provincia de Buenos Aires. Vivía justo en frente de la boite con su mujer Chiche y los cuatro hijos. Tuvo dentro de sus políticas una gran cruzada contra los horarios de los locales nocturnos, obligando que cerraran a las 3:30 de la madrugada con el mensaje de cuidar a los jóvenes, aunque a esa hora no funcionaba el transporte público para poder regresar. Se lanzó un fuerte operativo en toda la provincia con grandes controles y multas. Con el tiempo, la potestad pasó a los intendentes y Julio Alak en la ciudad flexibilizó las medidas volviendo a los horarios habituales.

La impronta conservadora del gobernador y la sociedad de La Plata generaban mucha reticencia a lugares gays. Las leyendas urbanas hablaban de degeneración, drogas y demás trasfondos. Por eso, no era seguro que pudiera funcionar el proyecto y el dueño del local  no estaba convencido de hacer el pase. Pero propuso un trato, hacer una fiesta un viernes en “Juana”, en la calle 44 entre 10 y 11. Si demostraba que la gente se animaba a llenar un salón, abriría Back para los descastados de la noche.

El show de ese viernes fue de Cris Miró, que llegó con Lino Patalano, hizo dos performances, un monólogo y explotó de gente. La travesti que comenzaba a salir en televisión, estudiante de odontología de La Plata, “cautivó al público”, recuerda Daniel.

Cris Miró tenía rulos negros y una belleza que la tele tuvo que incluir. Se enfrentó con paciencia a las preguntas de los medios, cuando empezó a ser conocida como primera vedette de teatro de revista en la calle Corrientes. Murió en 1999, cuando los avances en el tratamiento de HIV no lograban detener al virus y la discriminación era profunda.  


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En noviembre del ´95 abrió Back y duró cinco años. La Plata era muy distinta de la noche de Capital. La calle era áspera para cualquiera que se le quebrara un milímetro la muñeca. Había que seleccionar minuciosamente qué ponerse para no llamar la atención y para los pocos que salían con pantalones blancos, de leopardo o tacones, era lo mismo que una provocación.

El boca en boca hacía correr la noticia de la apertura. Sin internet ni celular, Daniel recorría los sex shops, saunas, peluquerías y las casas de las travestis repartiendo tarjetas. “Usted déjemelas que cuando venga algún gay, yo se las doy”, decía la encargada de la pequeña tienda de calle 44 entre 4 y 5, con la colección más grande de películas porno. A veces le daba algunas para sorteos ocasionales en alguna fiesta de pre feriado.

El lugar se fue llenando y Daniel decidió renunciar a su trabajo diurno para meterse de lleno en la noche platense. Sintió que no había nacido para estar en una oficina y en ese momento sus padres lo condenaron. Dejar su cargo de supervisor frente a sus hermanos universitarios, terminó de separarlos. Fueron años difíciles.

Dice que no se imaginó en ese momento permanecer en ese negocio. Pero le gustaba organizar cada noche, los detalles, la música, los amigos que conoció y dejar atrás esa vida que nunca quiso.

En las salidas de noche todos se vestían para la ocasión. Jeans de tiro altísimo, camisas amplias, pelos con manzanilla y zapatos o borcegos altos. A veces algunos le pedían al dueño usar la puerta del costado para que no los vieran entrar. Otros, en cambio, llevaban a sus madres para que conocieran el lugar, y se iban luego de tomar antes un pronto shake azul, un vaso de champaña o un cointreau en la barra.

Antes de visitar el programa de TV de Mauro Viale, donde el espectáculo era ser un hombre trans, Mario Ruci iba a bailar con su novia. Llevaba tiradores y un peinado a la gomina que quedaba mejor con Chihuahua que con Back. Aún entrado en la fama amarilla, Mario era uno más. Uno más de quienes buscaban un lugar para bailar sin ser tratados como especímenes, ni como degenerados, ni anormales, ni enfermos.

Una chica volvió como todos los viernes y gritó: “¡No me dejan ser lesbiana!”. Había tortas, pero no muchas. A veces, algún grupo y amigas heterosexuales de los maricones. Para ellas era una aventura, bailaban sin preocuparse del hostigamiento de los hombres y cada tanto ligaban un paqui o heterocurioso que proponía una diversión más abierta, sobre todo en la cama.

En la ciudad de La Plata hay una plaza cada seis cuadras, con grandes avenidas y diagonales que las cruzan. Las plazas del centro estaban vedadas para todos los que regresaban a sus casas. La soledad de las calles y los grupos de pibes en el centro de los parques eran una trampa. Se veían bordear y cruzar veredas quienes a mil ojos movían las piernas lo más rápido posible. No pasaban casi autos, las calles eran oscuras y esperar el colectivo en las esquinas era latir hacia adentro.

La plaza Italia, cerca de la estación de trenes y de micros, tenía de día un feria hippie. Los fines de semana a la noche se veían los fierros de los puestos pelados. Por las dos avenidas corría un viento que se juntaba justo en el medio.

Cuando atacaban con palabras y a veces con golpes, eran  grupos de chicos. Si estaban con chicas, ellas se quedaban al costado de la rueda y reían. Seguir caminando, rezar o correr, eran la mejor opción si no los alcanzaban.

“Putos de mierda” era la frase a la salida de la disco. También en la zona del Giro, en la calle 62 con diagonal 78, donde el levante callejero se prendía a partir de las 22 horas. Algunos fines de semana, en despedidas de soltero ataban al novio semidesnudo en el árbol más próximo al boliche gay, ya que la humillación era que los putos lo vieran en pelotas.

Para los que venían en tren era aún peor. Los coches sin ventanas parecían que dejaban entrar más peligro. A Back iba gente de Berisso, Ensenada, Magdalena, Brandsen, Gutiérrez, Chascomús, Hudson, Quilmes, Berazategui, Avellaneda, Gleu, Alejandro Korn, todo el alrededor de la ciudad. Ir a capital era caro y el viaje, largo.


Chicas y mochilas

“When all else fails and you long to be
Something better than you are today
I know a place where you can get away
It’s called a dance floor,
and here’s what it’s for, so”

Vogue, Madonna.

En una de esas noches de paredes transpiradas, entró un chico rubio platinado con ropa ajustada, mochila y un culo de patinador que no podías dejar de mirar. En el baño de mujeres se estiró el pelo corto hacia atrás con gel y se maquilló aún con luz tenue. Sacó del bolsillo pequeño tres postizos y los dos más finos se los puso al costado de la cara con horquillas, como si fuese el pelo del flequillo. El más grande en la cabeza alta y cuando se lo ató, soltó la cola de caballo rubia. Un mechón quedó por delante del hombro derecho, levantó la vista y lo tiró hacia atrás, subiendo con la otra mano al último retoque labial.

El catsuit semitransparente hacía quedar al de Britney en “Toxic” como un trapo rejilla. La Vinchuca salió a la pista siendo más ella que nunca.

Ella se montaba todos los fines de semana. Una noche se olvidó la llave, se sacó la peluca, los zapatos y saltó un pared para entrar por una pequeña claraboya en la bajada del techo. Decía que entraba escondida, con los primeros píos de la mañana.

Un día festejó su cumpleaños número 17 en esa casa. Vivía con el padre y su novia en Los Hornos, tenía una medio hermana de ocho años. El grupo de amigos estaba muy sorprendido de poder ir a un festejo abarrotado de gays y lesbianas, junto a la familia del cumpleañero. Las amigas le habían decorado la torta con una Barbie princesa repleta de brillos. No se sabe bien qué pasó exactamente, si fue alguna palabra o simplemente una sumatoria de gestos que hizo explotar las cordialidades con los putos. Pero el padre echó a todos a los gritos.

La Hormiga era su amiga drag, morena, delgada como una espada. Tenían juntas algo de inocentes, acaso por su edad. Se habían lanzado de a poco armando los outfits en sus casas, para luego desarmarlos, acomodarlos en las mochilas con los cierres a punto de estallar, para detonarlas en una bomba de magia en el boliche. Pelucas, postizos, hebillas, medias, rellenos, track 2, maquillaje, ropa y, por supuesto, los zapatos altos. 


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La Hormiga llevaba puesto un conchero encajado hasta las lágrimas un día de Carnaval. Dos pinceladas de purpurina tapaban sus pezones, que hacían juego con los párpados que latían con el fondo  de los ojos y del postizo azabache lacio hasta la cintura.

En esos años caminar montada no era una pasarela de Ru Paul. Se asemejaba más a tirarse al vacío, con la misma incertidumbre de ir terminando un cuento de suspenso.

Lucas vivía en el centro de La Plata con su familia. Era muy flaco, con rulos rubios hasta debajo de los hombros. Usaba jeans Le Uthe y remeras micro mini. La tanga de truque la llevaba puesta y a dos cuadras de Back alguna amiga le sostenía la mochila.

Adentro tenía una cartera negra grande, donde metía las zapatillas y la mochila estrujada. Se ponía las sandalias negras altísimas, remerita corta con breteles, maquillaje debajo de la luz amarilla de la calle, corpiño con un incipiente relleno y, por último, se soltaba el pelo con un giro L´Oreal que podría ser la mejor publicidad de un tono sobre tono. Así se convertía en Sophia: “Vamos nena, estoy toda cortada”.

La noche se ponía intensa a la vuelta. Algunas madrugadas se escapaba de las palizas de los machitos borrachos que salían de bailar. Otras no zafaba.

La Diabla viajaba en bondi desde las afueras de La Plata. Era performer de bandas de rock en algunos bares. Para subirse al escenario procuraba chupar todo lo posible, porque no bastaba con poco para encarar al público heterosexual.

Tenía una peluca larga rubia con suaves ondas, un vestidito ajustado corto y la máscara de diabla desde la nariz hasta los cuernos rojos, como los labios, la ropa y la pasión por volver también esa mochila en la calabaza de la libertad.

Cuando volvía de Back, esperaba el Costera Criolla por Belgrano en las madrugadas de Plaza Italia. Más de una vez terminaba dormida hasta la rotonda de Apargatas, mientras algunos gritos la acompañaban, casi siempre.


Las habitaciones de atrás

“Maybe we’ll turn it all around
‘Cause it’s not too late
It’s never too late”

Never Too Late, Kylie Minogue.

Como toda casa, había tenido varias habitaciones. Además de la barra, abajo de la pista descendía un tercer desnivel abierto bajando cinco escalones. Estaba pintado de rojo y tenía sillas y mesas redondas que apenas entraban los tragos. Con ese encierro se podía acodar algo ahí debajo, lejos de las miradas para beber arrumacos. Junto con la barra que balconeaba hacia el latir del baile, eran los dos espacios que acercaban el boliche a una boite. El color, el olor, la luz tenue, la mezcla de música de los ´80, las manos agarradas: los extremos del todo se unían ahí.

Al nivel de la pista se extendía un pasillo largo de paredes de ladrillos toscos que llevaba a los dos baños, con los azulejos pintados y un poco arrugados. En ese túnel quedaban los bailes que no entraban del otro lado, los que llevaban un vaso y los que buscaban a sus presas con sigilo.

Daniel, el dueño, tenía sus fans dentro del grupo de jóvenes maricas. Estaba siempre presente y hablaba con los históricos de la noche. Invitaba a los siguientes shows y promocionaba las fiestas especiales. 

Las chicas travestis tenían su público fiel. Dos o tres chongos las seguían paso a paso, constantes, mientras sonaba “Que vengan los bomberos”, pero pacientes a que alguna de ellas diera el sí, acercate, vení: “Esto es un infierno”.

La Xuxú, La Wendy, La Moma y la más famosa de Back, La Romi. Tenía una cintura de avispa que se remarcaba con su tremendo culo. Los rulos eléctricos y abultados imponían respeto. Cuando vio entrar a una potencial compañera con cara de ángel que miraba absorta los vestidos, le dijo “nena montate, sabés los chongos que te comés”.

Una noche le robaron de la cartera que usaba cruzada y la apretaron con fuerza contra una pared. Con los tacos y las piernas larguísimas La Romi lo miró agarrándolo del cuello con las dos manos y lo zamarreó arrastrándolo por el piso mientras recibía piñas y llegaban sus compañeras para ayudarla. El pibe se pasaba de merca cada tanto y sacaba a pasear su oscuridad.


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Terminaron a los cascotazos con algún moretón más para maquillar, con la salvación de Fabián. Una marica y dos chicas trans se lo habían presentado al dueño. Buscaban a alguien que además de separar algunas peleas en la puerta, tratara bien a los clientes. Fabián medía casi dos metros, tenía el pelo largo ondulado moreno y se movía torpe como casi todos los que trabajaban en seguridad. Su tarea era cuidar a las maricas, tortas y travas. Una  poesía que se levantaba del lodo. Un hombre que te recibía en la puerta pequeña de cuentos y te vigilaba a la salida: “Chau chicas, hasta la próxima”. El ángel guardián era un chongo de esos que despertaban suspiros, pero que al amanecer desaparecía. ¿Acaso pensaba que a la luz estaban todas seguras?


El fin de la noche

“Más de lo que te imaginas,
me estoy portando mal y me fascina”

Más de lo que te imaginas, The Sacados.

El 90 por ciento de las personas que iban a Back vivían con sus familias. Y sin celular ni redes, inevitablemente el encuentro era ahí. Un sábado entró un hombre y pidió hablar con el dueño. Le preguntó por su hijo para que lo llamara. El chico había falsificado la fecha de nacimiento en el DNI con tapa verde, era menor. Su padre, que era comisario, amenazó con cerrar el lugar si lo volvía a encontrar en el local. Un año y medio después, con 18 años, el chico volvió.

Para una generación de jóvenes fue el primer lugar gay, como para Sabrina, que acompañó a un amigo a bailar. Un compañero del secundario con el pelo largo rubio como Tadzio, el personaje de “Muerte en Venecia”. La primera noche no entraron porque Tadzio se descompuso de los nervios en la esquina. Pero volvieron al otro día y se apuraron sin saber bien qué habría del otro lado. Al entrar se sonrieron cuando sonaba Erasure.

Sentados al costado de la pista, con los ojos más abiertos que siempre, ella le pidió un cigarrillo a una falsa Alanis Morissette que estaba con su grupo de tortas, tomando tragos de colores en vasos altos de plástico. Alanis le dedicó una sonrisa y Sabrina se acercó a su amigo diciéndole: “Tengo unas ganas de darle un beso”. El chico tragó el último sorbo de Sprite como si fuera un whisky. Hasta ese momento ella era paqui.

Entrada la noche Back era eso, donde podías ser vos. En un lugar sin ventanas, lejos de tus amigos, tu familia, tu trabajo y sobre todo, de la calle.

Adentro te podías poner el pantalón más ancho, o más entallado, esconder tu pelo largo o soltarlo. Hablar con quien te miraste sin miedo a una piña, quedarte hasta el final, antes de las 5 de la mañana, para bailar un lento.



Bajando el volumen aparecía el tema “Lady in red” de Chris De Burgh y “I want to know what love is” de Foreigner. Porque en esa pista donde el cachengue soplaba fuerte, las transformistas hipnotizaban, y los bultos y las tetas se meneaban en los últimos minutos del finde. Ahí podías abrazar y bailar como en una fiesta de 15, pero más pegados. O esperar a un costado, hasta que alguno de los dos decida que es ahora, que es ya, que en poco abrirán las puertas de chapa negra, donde el hechizo se rompe, se cae la noche, se desmorona el brillo, para ponerte ese traje que no es tuyo. 

El frío de la mañana pegaba en la cara y en los escotes. Cargando las mochilas entraban los primeros rayos de sol en la Plaza San Martín. Los grupos se abrían y se perdían en las calles. Como volviendo a una trampa donde las diagonales eran solo atajos cuadrados.

Pero ante el gris del cemento había algo de color, el teléfono anotado en un papelito en el fondo del bolsillo y esperar a que el próximo viernes empiece la fiesta.


Ilustración: Iván Retamar

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Es licenciado en Comunicación Social (UNLP), Magister en Documental Audiovisual Creativo (UAB) y maestrando en Periodismo Narrativo (UNSAM). Le gusta contar historias con fotos y crónicas. Su familia esperaba una nena el 21 de septiembre, pero nació maricón un día 22.

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