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Todas las Ana Mendieta que existen

Todas las Ana Mendieta que existen

En el dolor de Ana Mendieta había una ausencia. Un párrafo que quedó sin escribir, una foto que en uno de sus regresos a Cuba, su tierra natal, y ya de grande, no alcanzó a sacar. En la historia de esta artista performática existe un vacío, un silencio, un paréntesis, un deseo insoportable por volver a su raíz, una reconstrucción y un cuerpo camuflado en la naturaleza como una forma de renacer. 

Ana extrañó siempre un suelo, aquel en donde crece el ron y aflora el habano, donde hubo mambisas que lucharon contra la colonización española y en donde hoy el el sistema socialista resiste dentro de un mundo contundentemente capitalista. Ese mismo en donde entre 1960 y 1962, poco después del triunfo de la Revolución Cubana, hubo un ataque por parte de la CIA y la iglesia católica en donde se lograron exiliar por vía aérea a más de 14 mil niñes para depositarlos en Estados Unidos y “salvarlos del sistema comunista”. Esta embestida se llamó operación Peter Pan.

En uno de esos aviones del destierro viajaba Ana, una niña de 12 años y medio, amante de las aventuras, y su hermana Raquel de 14. Hijas de una familia pudiente, de padre abogado y madre profesora de Química, formaron parte de la Revolución hasta que se dieron cuenta de que los ideales de Castro y los del catolicismo no eran compatibles. Fue por esos años, los de su crianza, que Ana se vinculó a través de sus cuidadoras con los ritos afrocubanos y ñáñigos; esos que después definirían alguna de sus obras más reconocidas en donde los invoca y los hace regresar. 

“Querida mamita, nada más unas líneas para darte la buena noticia de que voy a tener una muestra en Roma que se inaugura el 21 de marzo en la Galería Primo Piano. En fin, mis labores empiezan a tener fruto”, escribió Ana en una carta en 1984, tiempo antes de su femicidio. Para esa exposición, la  artista recibió un espacio para trabajar en el cual no se sentía muy cómoda: “Yo nunca tuve un estudio porque no necesité uno. Ahora he estado trabajando en interiores. Siempre tuve problemas con esa idea ya que siento que no puedo imitar a la naturaleza”. En ese momento, intentaba hacer unas esculturas de bajo relieve. Creía que “toda instalación es un arte falso” y así transcurrió la vida plasmando su legado con el fuego y con el cuerpo en la tierra, en el agua y en la naturaleza.

De casi todas sus obras dejó registro con una cámara Super 8 con la que grabó alrededor de 114 films que hoy forman parte del archivo que quedó en manos de su hermana, Raquel Cecilia Mendieta,  y que es mercantilizado por Galerie Lelong. Como si no hubieran comprendido que para Mendieta el arte no era de propiedad privada, sino más bien cumplía un papel espiritual y de influencia social para “contribuir con el desarrollo intelectual y moral del hombre”, como si no hubieran entendido que con el blanqueamiento de su arte se corre el riesgo de volverla “invisible”.

“Creo que todos sabemos que hay dos culturas dentro de esta cultura. Una es la cultura de la clase dominante, de la clase reaccionaria, que paraliza todo avance social del hombre esforzándose para que toda la sociedad se identifique con ella y sirva a sus intereses. Banalizan, mezclan, distorsionan y simplifican la vida. No hay ningún uso puro o real. Lo llaman estilización. Crean un producto, un estilo que domina los medios de comunicación, y ahora también las artes en todas sus manifestaciones. Lo llaman estilo cosmopolita e internacional. Créanme, amigos, el imperialismo no es un problema de alcance, sino de reproducción”, decía Ana el 18 de febrero de 1982 en el New Museum of Contemporany Art. Sus palabras ya dejaban entrever que sus raíces no solo habían atravesado su obra, sino también sus formas de pensar el mundo. 

Una revolución constante 

Sara Ann Otten era una estudiante de enfermería de la Universidad de Iowa que fue brutalmente violada y asesinada en el mismo campus donde estudiaba arte Ana Mendieta. Por un largo tiempo nadie habló del tema. Un día cualquiera, pero de 1973, en ese mismo espacio, sucedió Rape scene. Para ese evento Ana invitó a algunos amigos a su habitación, quienes al llegar vieron la puerta entreabierta, pasaron y se encontraron con la artista untada en sangre, recostada sobre una mesa, desnuda y atada de pies y manos. Ella era, sin dudas, una verdadera revolucionaria; y de desigualdad y patriarcado entendía mucho. 

Sus performances no sólo pusieron “en jaque el espacio aséptico de la caja blanca de las galerías”, también hicieron estallar el silencio de la indiferencia. No sería la única vez que utilizará la sangre como herramienta, ésta se transformaría en uno de sus recursos más potentes. Ese mismo año instaló una tela manchada con este elemento en la entrada de una tienda de Estados Unidos y con su cámara retrató el desinterés y la frialdad con la que la gente miraba al pasar por el lugar. 

Ana inquietaba, intervenía su propia imagen, usaba plumas para invocar rituales antiguos, se apropiaba de los cuatro elementos, interpelaba a los dogmas sociales, patriarcales y biologicistas. Era una “magma volcánica”, como la definió Karina Bidaseca, investigadora del Conicet, escritora feminista y autora del libro “Ana Mendieta, pájaro del océano” en donde recupera la obra de esta artista que, según ella, constituye un “legado cultural, político y artístico feminista y cuir”. 

La herencia de Ana llegó hasta la actualidad como una estrepitosa forma de burlarse de la posmodernidad. La muerte es efímera, la vida también. “Ella hacía una crítica feroz al capitalismo. En esa época su arte fue mal comprendido en términos esencialistas, como si fuese en referencia a la idea de volver a sus orígenes, en un retroceso, y no era en ese sentido que lo hacía, sino más bien en defensa de las multiespecies”, asegura Bidaseca en su texto

El destierro y su existencia como mujer migrante hicieron de la búsqueda artística de Mendieta un arma poderosa. Así fue que formó parte de la primera galería de arte gestionada por mujeres artistas en suelo yankee. Aún así, con todas esas revoluciones a cuestas, en una entrevista para un medio su sobrina aseguró que Ana no se consideraba feminista, porque se había dado cuenta de que este movimiento estaba sólo habilitado para las de piel “blanca”. Es que llamarse feminista en esa época no significaba lo mismo que ahora, pero las verdaderas reivindicaciones no comprenden de etiquetas.

“Hoy podemos hacer esta relectura de ella y entender que hablaba de la interseccionalidad de un feminismo no hegemónico. Ocupó los museos con la sangre y así nos trajo la visión de su cuerpo como territorio político. Su mirada conecta con lo afro, indígena y problematiza lo blanco. Es un archivo vivo que tenemos para fortalecer otros feminismos decoloniales y tan necesarios en la academia, instituciones y en nuestros quehaceres”, sostiene la brasileña Michelly Aragão, socióloga, activista de los seres y parte del colectivo Llama(r)Anas en donde se invoca el espíritu y el alma de Mendieta a través del arte. 

Algo más que regresar

En el recorrido que la investigadora Bidaseca, quien también es parte de Llama(r)Anas, hace de su vida, menciona dos asuntos que funcionan como hitos trascendentales para entender a Mendieta. El primero es la confirmación de que Ana alguna vez leyó “una tradición oral africana, que hablaba de cómo las jóvenes cuando se casaban y migraban a otra aldea, llevaban un saco de tierra y comían un poco de ella cada día, para apaciguar el dolor del desarraigo”. 

El segundo es que en 1980 en La Habana Ana talló esculturas rupestres en el Parque de Escaleras de Jaruco y Guanabo. “Una fusión con el territorio insular y con su ancestralidad indígena taína. Las formas que ella inscribió se refieren a antiguas deidades femeninas y maternas. Son vaginas, son rostros femeninos que deja esas obras en las paredes de La Cueva del Águila, basándose en la técnica que utilizaban los indígenas”, apunta.

Un hilo fino, casi imperceptible, unifica las acciones de esta artista en distintas partes del mundo en donde fue dejando sus “Siluetas”, otra de sus obras más conocidas en la cual se camufló para dejar su huella y un mensaje concreto que resuena hasta hoy y que invita a retornar a la tierra como un rito necesario. Su anhelo por volver a Cuba, a donde llegó con el temor de quien cree que alguna vez se olvida aquello que nos marca a fuego, fue fusionando esa búsqueda que concluyó, o no, en su eterna permanencia.

¿Dónde está Ana Mendieta?  

En mayo del 2015 el Palacio Velázquez abrió sus puertas para recibir la muestra del escultor estadounidense Carl Andre. Esa tarde decenas de mujeres se presentaron en la entrada con sus remeras manchadas de sangre al grito de “¡Frente a la injusticia, injusticia, y tu sangre, tu sangre, usamos nuestros cuerpos en señal de protesta…!” El reclamo tenía una finalidad: poner en evidencia que quien ingresaba por la puerta grande era el femicida de Mendieta, quien la arrojó a sus 36 años y con 1 metro 40 de altura de un piso 34. Un juzgamiento que, hasta hoy, la mirada feminista lo considera inverosímil porque reconoce la disparidad que existe cuando la que es víctima es una migrante. 

Esta tampoco será ni la primera ni la última vez que, con el anhelo del recuerdo que hace justicia por sí solo, el espíritu de la transmutación de Ana será invocado en la actualidad. Así como en su obra la “Respiración del Pasto” el latido debajo de la tierra se volvió orgasmo, el dolor no la hizo morir, sino nuevamente renacer. 

El 8 de septiembre pasado, en el aniversario de la muerte de Ana, el espacio artístico Llama(r)Anas organizó su primera acción poética invocando una de las obras de la artista llamada “Ñañigo brutal”. En este evento se invitó a varias personas a iluminar con una vela alguna parte de su cuerpo y a registrar ese momento para configurar un material audiovisual.

En esa jornada, y como parte de esta intervención, dos mujeres encendieron 47 llamas para conformar la silueta de Ana en un cuarto ubicado en una casa de Buenos Aires. Según sostienen algunas mujeres de la cultura Afro, utilizar velas negras para realizar un ritual es un acto de provocación y rebeldía. Una de ellas era Verona “Ona” Fischer, parte del colectivo, doula y artista de la danza de raíz.  “Siento que Ana nos está llamando para revivir su obra, como si siguiese viva en ella y a través de nosotras”, reflexiona mientras se le quiebra un poco la voz. 

La otra era Victoria Lagos, activista por los derechos humanos, licenciada en Composición Coreográfica y también parte de Llama(r)Anas, quien se ubicó detrás de la cámara para retratar el momento en el que Ona recostó su cuerpo desnudo dentro de la silueta de Ana. Ese día lloviznaba y, según creen, un vórtice mágico o un portal de sanación se abrió en aquel momento en el que no solo se dieron cuenta de que la fuerza arrolladora de las ancestras “nos sostienen”, sino también de que Mendieta cuando trazaba sus obras no lo hacía sola, posiblemente estaba con otras.

* Gran parte de esta nota fue posible gracias a la recuperación que realiza Karina Bidaseca, investigadora del Conicet y escritora feminista, en su libro “Ana Mendieta, pájaro del océano”, editado en 2021 por El Mismo Mar ediciones. Un trabajo que a la autora le costó 7 años y que gracias a ella la obra de esta artista es reconocida en muchas partes de Latinoamérica. Este material, único y necesario, lo pueden conseguir acá: https://mpago.la/2jRqvww

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Co-directora, tallerista y editora de Feminacida. Periodista egresada de ETER, Escuela de Comunicación y fotógrafa de la Escuela Nacional de Fotografía. Trabajó como editora en Revista Sudestada. Compiló, junto a Agustina Lanza, el libro Ahora que si nos ven. Fue productora en Radio Con Vos y formó parte del equipo de La Hoguera Violeta, programa de Radio La Retaguardia. Coordinó talleres de feminismo y espacios de educación popular en el barrio 31 y en el 21-24.

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