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Abordar el suicidio con los lentes de la salud comunitaria

El Día Mundial para la Prevención del Suicidio nos recuerda la importancia de hablar y reflexionar con respeto y responsabilidad sobre la muerte autoinducida y voluntaria. Sin prejuicios y sin estigmas. El suicidio existe y es el resultado de la convergencia de múltiples causas. No hay un único motivo y tampoco es un problema individual, sino una cuestión de salud pública e integral.

El suicidio es tabú porque interpela a la sociedad y porque existe cierto temor a la epidemia, al “contagio”, a “dar ideas”. ¿Podemos pensar en abordajes integrales no solo desde la salud, sino también desde la participación comunitaria?

El suicidio es la segunda causa de muerte en adolescentes y, sin embargo, es un tema del que no se habla en las escuelas. ¿Cómo simplificar las rutas de la ayuda tanto para quien la necesita como para quien la brinda? ¿Cómo podríamos coparticipar del cuidado de la salud mental de les demás? ¿Hay algo más allá del diálogo, la escucha y la contención? ¿Cómo hacemos para des-individualizarnos y pensar en conjunto?

La presión, la depresión: un suicidio cada 40 segundos según la OMS

Probablemente podamos acordar que vivir es una actividad bastante exigente. Las presiones a las que nos enfrentamos varían de acuerdo a nuestros entornos, realidades, edades y singularidades, pero están ahí. La sociedad en la que nos encontramos inmerses nos propone modelos inalcanzables de todo tipo y supone carencias que nos apremian, necesidades urgentes que muchas veces nos cuesta cubrir. Una velocidad que se nos impone y parece potenciarse año a año. La sobreinformación y la prerrogativa de tener que ser siempre un poco más productives parecen mezclarse con la sensación de no poder.

Estamos llegando al límite del agotamiento y esto se refleja en los padecimientos psicosociales, las enfermedades, la normalización del estrés y la ansiedad, y la prevalencia del suicidio como una vía para dejar de sufrir -aunque no necesariamente un deseo en sí mismo-. 

Santiago Levín es psiquiatra, docente y comunicador social. En diálogo con Feminacida, reflexiona: “Estamos educados para rechazar la tristeza. No es la única causa, pero es claro que la cultura de la alegría tiene un vínculo con la cultura del consumo y con la visión individualista de la vida en sociedad. ‘Como te ven te tratan’ es la frase de cabecera de una conocida influencer argentina. Hay que verse bien, estar delgado/a, consumir mucho y sonreir”. 

¿Es necesario reivindicar la tristeza en una sociedad que nos empuja cada vez más hacia la perfección (y el “estar bien”) sin que sea un riesgo para nosotres? ¿Cómo se relaciona con la depresión?

Se estima que dentro de pocos años la depresión va a ser la enfermedad más frecuente de todas. El psiquiatra explica que la tristeza es uno de los sentimientos básicos de la paleta humana. “Es importante dejar de temerle porque, cuando está, nos informa de una pérdida y de la necesidad de mirarnos para adentro y cuidarnos emocionalmente un poco mejor por un tiempo. Aunque la depresión se acompaña de tristeza, se trata de un cuadro que requiere de ayuda profesional. Ausencia de capacidad de disfrutar, deseo de nada, vacío, dolor moral, incluso deseo de muerte: esto de la depresión. Si bien no es la única puerta al suicidio, hay un vínculo bastante cercano entre ambas”, desarrolla Levín.


Violencias y vulneración de derechos: ¿Dónde pedir ayuda o acompañamiento?

Las adolescencias, primero

Quienes trabajamos en escuelas tenemos el privilegio de acompañar las trayectorias y el crecimiento de les estudiantes. Podemos intuir y preguntarles cómo están, qué sienten y qué piensan. Reconocemos los cambios en la cotidianeidad escolar y en el carácter; detectamos hostigamientos, bullying y consumos problemáticos, y contamos con indicadores y recursos para sospechar que existen situaciones de violencia y abusos (y poder brindar asistencia). 

En la adolescencia hay vulnerabilidades específicas: es un periodo de grandes cambios, que no se vive de la misma manera en las diferentes personas, y también varía según las realidades económicas, sociales y culturales. Puede vivirse con mucha angustia, ansiedad, cambios de ánimo e incluso pueden aparecer diferentes padecimientos psíquicos. 

De acuerdo un informe llevado a cabo por UNICEF en 2019, es la segunda causa de muerte en la adolescencia después de las lesiones de tránsito. El relevamiento de datos mostró que hubo un aumento de las tasas en las últimas décadas en el país entre adolescentes de 15 a 19 años. “En términos de magnitud, el fenómeno se presenta con mayor frecuencia en los varones y en aquellos que han alcanzado menor nivel educativo”, confirma el documento.

Los factores que se identificaron como preponderantes en relación con la conducta suicida en adolescentes fueron la ausencia o debilidad de instituciones que cumplan el rol de apoyos afectivos y las dificultades al atravesar las pruebas estatuidas socialmente en la transición de la adolescencia a la juventud como logros educativos, laborales, vinculares.

Ahora bien, el suicidio es prevenible, lo que tenemos que pensar es cuál es su abordaje. “Si vamos a hablar de adolescencias, hay que incluir la voz y la mirada de les adolescentes para no reproducir el adultocentrismo. Hoy vemos que la ansiedad y las exigencias vienen de todos lados. Hay una cuestión generacional: les adultes no sabemos, por ejemplo, cómo impactan las redes en la construcción de modelos de felicidad y de amistad. La experiencia adolescente es poco comprendida por la adultez en general y quienes hacen políticas públicas son adultes”, reflexiona Cristel Fabris, psicóloga y especialista en ESI, en una entrevista con Feminacida.

En diálogo con estudiantes de quinto año de la secundaria sobre el malestar psicosocial y el suicidio, una adolescente confesó haber pensado en algún momento en la idea de suicidarse, pero que recibió contención y pudo elaborarlo en terapia. Según ella, el problema es que se dice que “son problemas de la edad y que ya se les va a pasar”. El estrés por mantener el  nivel académico, la soledad, la presión social en una sociedad que nos impone modelos inalcanzables, los ataques de ansiedad, la competencia y las distintas formas de violencia son algunos de los factores que identificaron como condiciones que pueden llevar a una persona a intentar suicidarse. 

La recomendación de les alumnes es que como sociedad normalicemos el pedido de ayuda. También enfatizaron la necesidad de que la contención y el acompañamiento pudiera ocurrir en un marco de respeto por la confidencialidad y de cercanía, pero como parte de una estrategia transversal. Que no sea sólo acudir a les psicologues de la escuela, sino tratar la emocionalidad en las aulas.

“Sigue circulando el discurso que enfatiza que quien se siente mal o está triste debe pedir ayuda. Y así se aísla e individualiza la responsabilidad”, advierte la licenciada Cristel Fabris. La responsabilidad recae en la persona que padece como si fuera un problema de su voluntad y no una problemática social.  “Como docentes podemos generar ciertos espacios, estar atentes a lo que pasa, dar ciertas pautas y hacer un seguimiento involucrando a les estudiantes también. Tenemos que empezar a cuestionarnos por qué juzgamos que no tenemos las herramientas para acompañar a alguien”, agrega. 

Graciela Rugiero es rectora de una escuela en en la Ciudad de Buenos Aires. Consultada por este medio cuenta: “Estamos viendo muchas autolesiones y autoagresiones. No necesariamente como un problema que vaya a escalar, pero sí como un tema que aparece con frecuencia. Desde la escuela encontramos un montón de dificultades para pensar estrategias de abordaje y mucho miedo: no se sabe cómo intervenir y se teme al ‘efecto contagio’. Sin embargo, les estudiantes nos piden hablar y que brindemos información sobre cómo ayudar y cómo detectar signos de alarma”. 


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Quizás parte del problema es que no sabemos qué hacer cuando le otre dice que se siente mal. Juan José Fernández es médico psiquiátra y trabajó en el Programa de Prevención del Suicidio de la Provincia de Buenos Aires. En diálogo con Feminacida, recomienda: “Tenemos que acercarnos y brindarles una escucha atenta y empática. No criticarlos, no juzgarlos pero sí orientarlos y acompañarlos a hablar en conjunto con otras personas. Cuando ves a alguien que está sufriendo, hablar es permitirle que saque la presión que tiene adentro. Mejorar la escucha de los adultos a los adolescentes es fundamental”.

“A veces no ven la salida porque nadie los escuchó o porque nadie les dijo ‘te doy mi mano, agarrate de acá’”, continúa el psiquiatra. Y hay una pregunta que aun persiste: ¿A quién acuden les estudiantes, a dónde acudimos les profesionales y con qué recursos contamos?


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Algunos recursos normativos

La ley de Educación Sexual Integral participó del giro respecto al lugar de les niñes y adolescentes en la sociedad. Es decir, hoy ya no son considerades objetos tutelados, sino sujetos de derechos con un rol activo en la creación de conocimientos y sentidos, y debemos garantizarles un espacio para que puedan desplegar sus diversidades y singularidades en condiciones de respeto, de igualdad y de inclusión. 

Aunque en la ESI no aparece tematizado el suicidio, podemos pensarla como una estrategia de prevención primaria que serviría para atenuar muchos de los factores que podemos considerar previos al suicidio. Por un lado, porque enfatiza el respeto por la diversidad e intenta erradicar todo tipo de discriminación. Además, reivindica el valor de la sensibilidad, las emociones y los sentimientos e intenta integrarlos al proceso de aprendizaje.

Esto implica la apertura de espacios de diálogo, de expresión y de contención, que pueden funcionar como una vía de desahogo emocional, frente al malestar, el aislamiento y la sensación de estar “por explotar”. A la vez, la ESI nos propone repensar los vínculos y repensarnos vincularmente: ya no en una soledad individualista y competitiva (tan funcional al capitalismo feroz en el que vivimos). 

También existe una “Guía Federal de Orientaciones para la intervención educativa en situaciones complejas relacionadas con la vida escolar” que enumera algunas herramientas para prevenir autolesiones, intentos de suicidio y suicidios. “Frente a la posibilidad de que se presente un intento de suicidio en una escuela, se dará inmediata intervención al servicio de salud, a la autoridad de aplicación de la Ley 26.061 y a la familia o adulto responsable”, expresa.

Se sugiere, por ejemplo, favorecer el diálogo y la escucha, fomentar la búsqueda de referentes adultos, construir alternativas de expresión, desarrollar junto con les alumnes un lenguaje para la comunicación de situaciones dolorosas (teniendo en cuenta que tenemos muy pocas palabras para describir lo que nos pasa), propiciar estructuras democráticas, respetar la intimidad, fortalecer la autoestima, romper el círculo de silencio y también reconocer las situaciones que requieren una respuesta interinstitucional.

El aislamiento institucional también es un malestar de la época y genera mucho desgaste en les profesionales. Por eso, la creación de redes interinstitucionales es indispensable para dar respuestas comunitarias pensadas intersectorialmente e interdisciplinariamente. 

Hace unos días el Boletín Oficial comunicó la creación del “Programa de abordaje integral de la problemática del suicidio” para dar cumplimiento a la Ley 27.130. Está pensado para todas las etapas de la vida, tiene una perspectiva federal y una concepción de la salud integral y de la salud mental comunitaria.

El programa busca fortalecer el abordaje integral a través de estrategias de promoción de la salud: sensibilización para la población general, capacitaciones sobre el abordaje integral de los suicidios (para los ámbitos de salud y educación), formación para la actuación en urgencias orientada a las fuerzas de seguridad, el desarrollo de sistemas de información estadística y análisis de datos no solo de los suicidios, sino también de los intentos de suicidio.


Asistencia y posvención

¿Cómo entender las causas personales del suicidio? ¿Cómo y por qué se toma esa decisión? ¿Cuál es la gota que rebalsa el vaso? ¿Es un impulso o una decisión premeditada? Podemos conjeturar en base a las últimas notas que dejan las personas que ya no están y a las explicaciones que encontraron quienes les rodeaban (las deudas, las violencias, la presión social, los abusos, las injusticias y la depresión). Podemos analizar estadísticas y pensar entonces en relaciones causales entre algunos indicadores y la  muerte autoinducida. Pero aunque queramos agotar las explicaciones para pensar alternativas, salidas y programas para su erradicación, la respuesta sigue teniendo puntos inconclusos. Y por eso, la conversación tiene que estar sobre la mesa.

¿Podemos pensar estrategias comunitarias no sólo desde las disciplinas, sino desde la empatía? Es decir, ¿cómo podríamos coparticipar de la salud mental de les demás?

“El suicidio es un tema complejísimo. No se deja simplificar ni admite ser analizado desde una sola óptica. No todos los suicidios tienen un trasfondo abordable desde la psiquiatría. Pero si lo hubiere, sería ampliamente preferible, primero, ofrecer la posibilidad de un alivio sintomático antes de tomar la decisión final”, dice el psiquiatra Santiago Levín.

Las estrategias de posvención se orientan a qué hacer luego de que el suicidio es un hecho consumado. En primer lugar, mitigar el impacto post suicidio en familiares y amigues y a no aumentar el daño emocional de quienes rodean a la persona que se suicidó. Esto implica revisar el engorroso y doloroso camino legal que incluye autopsias, reconocimiento del cuerpo, interrogatorios, por ejemplo. En segundo lugar, realizar una cobertura mediática responsable. Y por último, tener en cuenta el impacto en les niñes y adolescentes. 


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¿Qué pasa cuando acompañamos a alguien que queremos, nos preocupamos, insistimos, y sin embargo, muere? Pesan las preguntas, los “qué hubiera pasado sí”, las imágenes, las maneras de morir, el encubrimiento por el qué dirán, los sentimientos de culpa de quienes creen haber sido “testigos”. ¿Cómo elaboramos esta pérdida? ¿Cómo seguimos adelante? 

Como parte de esta sociedad, podemos pensar estrategias comunitariamente: para que el peso de la prevención, de la vida y muerte de las personas no recaiga en une (ni en el que muere, ni el que vive, ni en el que acompaña). Porque así, parece insostenible. Poder hablar, poder poner en palabras lo que ocurrió, también puede ser un alivio para quienes acompañaron a alguien que se suicidó. 

Hablemos. Naturalicemos el diálogo y el pedir ayuda. Preguntemos “¿cómo estás?” e involucrémonos. Dialoguemos y pensemos en conjunto. Busquemos soluciones. Quizás une no tiene respuestas pero otre sí. Debatamos sobre el sentido o sinsentido de la vida. El mundo es un lugar muchas veces difícil e injusto como para que participemos de él en aislamiento, como si fuéramos las únicas personas que sentimos dolor. Intentemos desarrollar un lenguaje cuando nos falten las palabras, para darle matices a lo que sentimos, para desentrañar lo que nos pasa. Si el capitalismo nos vuelve individualistas, que la empatía nos vuelva a reconectar. Sufrir, lamentablemente, vamos a sufrir. Pero quizás podemos cambiar la manera: vivir intersubjetivamente. Somos todes parte de este mismo entramado: quienes estamos, quienes ya no están, quienes la están pasando mal y quienes acompañan.



Línea de prevención del suicidio: Si vos o algún familiar o allegado está atravesando una crisis emocional de cualquier tipo, siente que nada tiene sentido o se encuentra atrapado en una situación a la que no le encuentra salida, comunicate al (011) 5275-1135, todos los días de 8 a 00 hs.

Línea 102: es un servicio gratuito y confidencial, de atención especializada sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes.

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Filósofa egresada de la UBA, feminista, militante por los derechos humanos y especialista en Políticas Públicas y Justicia de Género. Trabaja como docente.

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