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8M: Para jugar hay que desordenar

Dos carteles en lo alto de unos palos negros tienen símbolos en blanco que todavía Lupe no sabe leer. Según su mamá, uno dice Callao y el otro Rivadavia. Se lo dice a los gritos, porque hay ruido de bombos, palmas, y música. Desde allí, solo ve mochilas: algunas le golpean la cara y sus dueñas le piden disculpas. Pero su mamá dice que hay que disfrutar estar en la calle, que nunca vio la plaza tan llena y que cuando sea grande va a poder ir con sus amigxs; aunque espera que la justicia sea un hecho y no un eterno reclamo. 

A la niña le gusta ver el brillo en las caras de muchas mujeres, los colores de los carteles que llevan, los besos que se dan y los abrazos que reparten. Aunque también cree que están tristes: algunas se abrazan y lloran. “¿Qué les pasa?”, le pregunta a su mamá. Y ella le cuenta que las mujeres sufrimos mucho, que no siempre pudimos elegir, que hay muchas que “no están”. Y aunque no termina de entender qué le quiere decir, siente que unas maripositas se mueven en su pecho, suben por la garganta y de la picazón siente ganas llorar. Como esas dos chicas que vio hace un rato, que después se abrazaban bajo bandera violeta que una de ellas tenía atada en el cuello, como una capa. ¿Será una heroína? ¿Acaso llorar será un superpoder?

De camino al Congreso, Lupe reconoce ese edificio que a veces ve en la tele y se cruza con muchxs niñxs. Se miran y se sonríen entre las mochilas. Es lindo poder cruzar la mirada con alguien que ve el mundo desde el mismo lugar. Siguen avanzando y la música suena cada vez más fuerte, hay mujeres tocando tambores. Lupe siente ganas de bailar, pero su mamá le pide que no le suelte la mano porque no quiere perderla entre la multitud. 

Marchar parece un juego y se dispone a hacer lo que más le gusta: jugar. 

Crédito: Victoria Eger

¡Advertencia! Infancias luchando

Ésta también podría ser la mirada Eloísa, Luana, Kiara, Aitana, Constanza, Martina, Gala, Anita, Amalia, Elena, Facundo o Juan; por mencionar algunas de las infancias que participaron de la Marcha del 8M en la Ciudad de Buenos Aires.

Eran las 17 cuando tres niñas marchaban hacia el Congreso tomadas de la mano. El humo de las parrillas y de las bengalas cegaba, las muchedumbres se iban acercando, pero aún así, entre la multitud parecía no haber nadie más que ellas tres tomadas de la mano. Lupe y Eloísa estaban comiendo las sobras de un choripán cuando les pregunté si sabían porqué estaban en esa plaza: “Mi profesor me contó que es el día de la mujer y que las mujeres son importantes”, dijo Lupe tras un silencio que fue más incómodo para mí que para ella. Y ante la pregunta de cómo cree que son las mujeres importantes, su mamá le chusmeó con el gesto de un brazo levantado en ele y el puño cerrado, que somos fuertes. Las gemelas sonrieron y destilaron más brillos que el glitter que tenían impregnado en sus caras y más colores que las banderas que llevaban atadas a sus cuellos.

Pero ellas no eran las únicas que sabían por qué estaban en la calle esa tarde. “Vinimos porque hoy es el día de las nenas”, contaba Gala de cuatro años con una voz que se perdía entre los bombos y la lectura del comunicado. Su padre se presentó con su hermano Benicio de seis años para agarrarla de los brazos de su madre, quien lo frenó advirtiendo que la entrevistada era la pequeña. Gala tenía dos colitas: una teñida de verde y otra de violeta, obra de su papá, quien también llevaba los párpados pintados en esos tonos. 

Si hablamos de grupos, no se podía pasar por alto la presencia de tres generaciones, representadas por Lucía, Julia y Elena de 4 años. Sonrientes para una postal familiar de la marcha recibieron la pregunta sobre cómo construir espacios de crianza respetuosos para las infancias. Para empezar, marcaron la importancia de sumarse a las marchas: Elena va desde los dos años, interrumpida por la pandemia, porque su madre considera que “es una buena manera de poder hablar sobre la deconstrucción del patriarcado, qué es la lucha y la sororidad a partir de participar, hacer el cartel, venir juntas.” La abuela Lucía agregó que es clave hablar en la mesa, conversar en la escuela y mostrarle a lxs chicxs la división de tareas en el hogar para que crezcan con otras perspectivas. Elena ejerce su derecho a no hablarme, pero me regala una sonrisa, semi escondida entre el cartel en el que ella misma escribió con plasticolas de colores: “Hola a todas las mujeres” y detrás le dibujó un corazón negro con otros corazones más adentro.


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Unos metros más adelante, la postal parecía repetirse, pero en versión pocket: una mujer adulta mayor, tres jóvenes, Anita y Amanda, de un poco más de un año, y Facundo creciendo en la panza de su mamá. Me ubiqué entre dos cochecitos y me dispuse a escuchar la historias de esas tres mujeres que se preparaban para cambiar a las dos niñas sobre un cambiador extendido sobre el carrito -porque la militancia y la maternidad muchas veces se ofrecen como puntos diametralmente opuestos de las vidas de la mujeres-. Viviana, Laura y Carolina contaron que estaban con Susana, la abuela de Anita, porque si bien ya habían participado antes, “la novedad es traer las nuevas generaciones para que de a poco y de chiquititas vean todo esto. Porque seguimos denunciando, ya que entendemos que hay una mayor visibilidad en términos de desigualdad y violencia pero los números de feminicidios no bajan y cada vez somos más conscientes de que las violencias nos atraviesan a todas; aunque antes pensábamos que esto solo pasaba a otrx o solo ocurría en ciertos sectores.”

Mientras advertían que todavía se estaban sacando de encima el peso negativo que sus familias les habían enseñado respecto a la militancia feminista, sentí algo en mi rodilla. Sujetada con diez deditos rechonchos, las dos manos de Anita se habían aferrado a mi pierna con el único objetivo de no caerse en el transcurso de su aprendizaje de cómo caminar. Ver a la pequeña aferrada a mi pierna, que le sirvió como pilar por unos segundos, funcionó como una tierna metáfora del sentimiento de sororidad, acompañamiento, respeto y empatía que se respiraba en las calles esa jornada de lucha. 

Endulzada por la experiencia con las pequeñas infancias que se habían sumado y con el firme objetivo de seguir recolectando historias, me dispuse a moverme hacia la plaza del Congreso. Fue entonces cuando entre los codos, los peinados ajenos que me hacían cosquillas en las zonas de las caras que no tapaba el barbijo, las mochilas que se clavaban en las costillas, sentí que algo me empujaba en los tobillos: eran las ruedas y la base de un carrito en el cual dos bebés descansaban entre el tumulto. Cada vez avanzábamos más lento, y la presión del carrito sobre los talones se volvía proporcionalmente más fuerte. ¿Será acaso que las infancias nos empujan hacia adelante? ¿Son las nuevas generaciones quienes nos muestran que debemos movernos para sentir las cadenas, que es nuestra naturaleza defendernos y luchar por los derechos que nos son negados?


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Una mujer con un antifaz de glitter acompañaba a dos niñas: Martina de seis años y Constanza de once. Desde su incipiente adolescencia, dijo: “Vine a marchar por las mujeres que murieron reclamando igualdad, ya que les pagaban mal. Incendiaron el lugar donde estaban reclamando a propósito porque sabían que ellas estaban adentro, y querían silenciarlas”. Tras desear que se acabe la desigualdad porque está cansada de ver situaciones de violencia y de escuchar sobre las violaciones, Constanza confesó por qué eligió un sombrero puntiagudo para venir a marchar: “Antes se creía que a las mujeres que leían eran brujas por saber leer. Solo por saber eso, era la mentalidad de antes”. Y se estalló en una risa que le achinó los ojos pardos que miraban por debajo del alero de su sombrero de calaveras y flores. Inmediatamente contagió de sus carcajadas y el eco de nuestras voces pareció estallar todos los mandatos que oprimían a las mujeres que deseaban conocer y conocerse.

Crédito: Victoria Eger

No todas las infancias son libres

Así como nos unió al grito de “¡Se va a caer!”, la marcha también evidenció las desigualdades que atraviesan a lxs niñxs y las identidades feminizadas. En una de las esquinas de la plaza, adentro de un “corralito” realizado con tejido plástico naranja, erguido por cuatro palos de madera que se instaló para proteger el pasto, dos niñas jugaban sobre una manta. Su madre estaba vendiendo papas fritas y hamburguesas en un carro, de espaldas a ellas. A su lado, una adolescente que pelaba papas y cada cuatro o cinco cortes relojeaba que la más pequeña no se devorara ninguna de las pieza del yenga.

En la misma avenida Callao, sobre las piernas de José de ocho meses que iba en el carrito impulsado por una mujer joven, descansaba un recipiente con comida. “Lo traje porque no tenía con quién dejarlo”, aseguró Julieta y luego desapareció entre la multitud al grito pelado de “empanadas caseritas”. 

Muchas infancias se ven privadas de su derecho al juego, a la educación, y a la libertad. De acuerdo al Observatorio Lucía Pérez de lavaca.org, en el año 2022 las infancias que han quedado huérfanas por el asesinato de sus madres a mano de un femicida asciende a 57. En comparación, durante el 2021 el mismo organismo relevó que los femicidios y travesticidios han sido 323, dejando como saldo colateral a 269 niñxs sin sus criadorxs. 

La Ley Brisa (N° 27.452) sancionada en 2014  garantiza que los hijos y las hijas de mujeres víctimas de femicidio o de homicidio en contexto de violencia intrafamiliar y/o de género deben ser protegidos para crecer en un ambiente sano y libre de violencias. Pero la reparación económica mensual que ofrece a lxs niñxs para que puedan acceder a una cobertura integral de salud y ser acompañados de manera integral durante su crianza, no alcanza. 


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Según los informes presentados por la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en 2020 hubo un aumento de las solicitudes de reparación, aumentando de 353 en 2019 a 775 en 2020; dejando ver otro coletazo de la pandemia y el aislamiento. Además, la misma fuente asegura que en 2021 la cifra ascendió a 887 requerimientos, de los cuales un 52% son mujeres, y la mayoría (304) son niños de entre 13 y 17 años.

En adhesión, lamentablemente la violencia ejercida contra las infancias no siempre es indirecta. De acuerdo a UNICEF, la violencia contra las infancias se había incrementado con la pandemia, alimentada por el aislamiento intrahogareño y la falta de espacios de contacto para que las infancias pudieran alertar a otrxs adultxs sobre su situación. En 2020-2021, tal como afirma el fascículo N°9 de la serie Violencia contra Niñas, Niños y Adolescentes: Un análisis de los datos del Programa las Víctimas contra las Violencias 2020- 2021 realizado junto al Programa las Víctimas contra las Violencias, Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, se recibieron 15 por ciento más de llamadas para denunciar violencia y abuso, mientras que alarma relevar que el 74,2 por ciento de las víctimas fueron violentadas por alguien de su entorno cercano o ámbito de confianza. 


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¿Dale que jugamos a ser libres e iguales? 

Mientras la desigualdad y la eficacia del sistema patriarcal para oprimir a las infancias y mujeres desde su nacimiento hasta la adultez parecen volverse palpables en el transcurso de unos metros a pie por la avenida Callao, surge la pregunta por un presente de lucha, y por un futuro con infancias y mujeres libres.


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Y así lo sueña Cecilia para Juan, su hijo de siete años o “casi ocho”, como se corrige él al presentarse. Ambos están cerca de la parrilla donde dos generaciones de niñas y mujeres se ven privadas de la fiesta de la marcha por el deber de cumplir con tareas de cocina para la supervivencia. Tironeando del pañuelo violeta que lleva atado a la muñeca, como una estrategia para disipar la vergüenza, Juan cuenta lo que sabe sobre el día de la mujer y opina: “Está mal que a las mujeres les hagan eso y también está mal que les den menos que a los hombres”. Orgullosa, su madre lo escucha y luego agrega: “Me gustaría que Juan transite el mundo de la lucha colectiva, que viva en una sociedad donde se salga de la mirada del propio ombligo y participe en la construcción de una sociedad de iguales a partir de la lucha de y con todxs”.

Con los ecos de fondo, voces colectivas de reclamo y activismo, recuerdo la canción infantil “Todo en su lugar” de Cantincuénticos que aclama: “Para jugar hay que desordenar”. Las infancias nos invitan a desordenar las relaciones que nos oprimen, a romper con lo esquemático de las piezas de un rompecabezas añejado, a pintarrajear las paredes con colores nuevos, a crear nuevas rondas de crianza y aprendizajes, a proteger con más empatía a las infancias que sufren abusos, a ponernos anteojos bien grandes para ver las desigualdades y las injusticias que aún lxs atraviesan, a abrir la puerta y salir a luchar. En la semana del 8M, brindemos con chocolatada para que el desparpajo y la libertad de las infancias se nos vuelvan banderas en un nuevo juego social.

Foto de portada Victoria Eger

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Nació en Buenos Aires en 1992. Es Licenciada en Comunicación Social y Profesora de Educación Media y Superior de Comunicación Social (UBA). Actualmente estudiante de la Maestría en Comunicación y Cultura de la Universidad de Buenos Aires. Fue redactora en un periódico local de su ciudad natal, participó de proyectos de radio independientes y actualmente se desempeña como docente de escuelas medias.

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