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Los barrios: espacios de mujeres en lucha

Los barrios: espacios de mujeres en lucha

Desde siempre, las mujeres han motorizado procesos colectivos en los barrios. Pero, ¿qué carácterísticas tiene esa feminización en lucha?  Este es el caso de las vecinas de Campo de la Ribera, un barrio ubicado en la provincia de Córdoba. 

Por Gabriela San Martín

Comedores, copas de leche, apoyo escolar, cooperativas de trabajo, talleres de oficio y asambleas barriales; espacios y procesos que tienen en común a la mujer como actriz política motorizante. No todas las compañeras de los barrios se reconocen y autodefinen feministas, sin embargo ninguna duda en considerar el protagonismo de la mujer en las luchas de resistencia y organización barrial.

Campo de la Ribera es uno de los tantos barrios populares de Córdoba que son escenarios políticos en donde muchas mujeres, como Norma, Veronica y Soledad, se reúnen, se organizan y sobre todo, hacen. Y en ese hacer transforman sus realidades.

¿Qué viento las reúne? ¿Qué impulsa a estas mujeres salir de sus casas y asumir tareas comunitarias?  Los motivos por los que ellas salen de su espacio privado (muchas veces privativo) para empezar a habitar espacios colectivos son variados: desde la búsqueda de un ingreso económico y el deseo de aprender un oficio, hasta la necesidad de agruparse para reclamar mejoras en sus barrios, ayudar a otrxs, o sentirse acompañadas.

Salir de la esfera privada significa expandir aquello que históricamente se llamó el “universo femenino”. Un universo que tiene techo, paredes y medianera: la casa. Simone de Beauvoir en “El segundo sexo”, al referirse a la situación y el carácter de la mujer expone los limites del “yo femenino”. La filósofa explica cómo la mujer es privada de toda posibilidad de comunicación, no percibe la llamada ni los beneficios de la solidaridad, esta aislada por lo tanto no trasciende hacia el interés general y se la limita a una precaria soberanía familiar.

“A nosotras nos sirve estar organizadas. Participar de estos espacios me hizo tener más independencia: realicé cursos, aprendí y participé de espacios de mujeres que me hicieron quererme y valorarme. Las mujeres pensamos y hacemos, salimos de la casa para dejar de depender de los hombres y en eso nos encontramos con otras mujeres que están en la misma situación”, responde a Feminacida Verónica, integrante de la cooperativa textil Cociendo Rebeldía y referente de la Asamblea barrial de Campo de la Ribera.     

También forma parte de “Ribereñas”, un grupo de mujeres compañeras que construyeron con el tiempo redes de trabajo, militancia y contención afectiva. Muchas de ellas son las que todos los días abren las puertas del salón para hacer funcionar la copa de leche y el comedor para lxs niñxs.

La estadounidense Bell hooks en su libro “El feminismo es para todo el mundo” describe a lo que ella llama “grupo de conciencia”. Cuenta que a menudo estos eran espacios en los que las mujeres simplemente “daban rienda suelta a la hostilidad y a la rabia reprimidas por los abusos”. Se centraban poco o nada en las estrategias de intervención dentro movimiento feminista, pero no por ello dejaban de ser los grupos bases en donde se plantaba la semilla de dicha transformación.

“Cuesta mucho llevar un espacio como una cooperativa, cuesta más que si trabajáramos para alguien. Pero creo que las que lo hacemos salimos de la casa, de ese lugar en donde muchas veces somos controladas y manipuladas. Queremos cambiar ese pensamiento, es una forma de independizarnos”, cuenta a Feminacida Norma, integrante de la Cooperativa Textil Libre y dignas; y de la Casa Comunidad, espacio que presta contención a otras compañeras en situaciones de violencia de género.

Y agrega: “El rol de la mujer en los barrios sigue siendo el de estar en la casa, atender a los chicos, mientras que la del hombre es la de llevar, proveer. Muchas veces se cree que ir a los salones comunitarios es una pérdida de tiempo, no lo ven como una entrada económica grande, a pesar de que muchas veces generamos y que nos cuesta mucho más que a ellos generar lo que tenemos”.

Las mujeres en el barrio no sólo rompen con esos límites, también impulsan, arman, sostienen y guían procesos.

“Para mí, nuestro papel en cualquiera de los espacios es muy importante e indispensable, ya que nosotras promovemos las actividades. Nosotras somos las que mantenemos el orden para todo, ya sea en lo conflictivo y también para que se realicen las actividades, porque siempre tiene que haber una persona firme para que las actividades se cumplan. Por lo que noté en todos los espacios que hay en nuestro barrio, esas personas siempre son las mujeres”, dice a Feminacida Soledad, una joven estudiante de la carrera para profesora de educación primaria, que junto a un grupo de amigxs del barrio ofrece apoyo escolar a niñxs.

Recorriendo los salones comunitarios del barrio, nos encontramos con una presencia femenina mayoritaria, a veces absoluta, y sobre todo muy fuerte. Podríamos explicar que esta tendencia de la mujer a ocupar esos espacios está relacionado a su rol histórico, cultural y socialmente asignado, principalmente al cuidado de lxs niñxs e integrantes de la familia, así como el mantenimiento del hábitat (casa o barrio). Lo cierto es que la feminización de las luchas colectivas barriales hace rato está en marcha, quizás el siguiente paso y desafío es profundizarla desde una perspectiva de género, antipatriarcal y contra hegemónica de lo heteronormativo, llevar a sus espacios los viejos y nuevos debates del movimiento. Una toma de conciencia para desafiar las fuerzas patriarcales en sus hogares y barrios.


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